Por Leticia Oraisón de Turpín *
Cuánto más grandes nos vamos poniendo más pensamos o sentimos que “la vida pasa volando”, aunque la sensación nunca será igual para todos, la reflexión se hace muy frecuentemente, con sus lógicos matices.
De niño, el tiempo parece detenerse, por el ansia de esperar algo, un regalo, un cumpleaños, un resultado, y sobre todo por esperar con anhelo crecer para “ser grandes”. Recuerdo con nostalgia, a una niña de 13 años que cumplía en noviembre, y decía con entusiasmo durante todo el año anterior, antes de llegar a los 14, “el año que viene cumplo 15”. Esa es la gráfica del sentimiento de los niños con respecto al tiempo.
Pensar que de grandes se añora con cariño esa edad y esos sentimientos.
En la juventud, los proyectos, las ilusiones, los estudios o trabajos en pos de una meta, no detienen ni apuran el tiempo, se está muy ocupado, entretenido y alegre, sociabilizando, en general solo se vive, y se goza o se sufre un poco.
Pero a medida que la vida avanza sobre la propia vida, uno se va poniendo más consciente del “paso del tiempo”, porque aunque la espiritualidad, el interior personal siga siendo el mismo, la materialidad del cuerpo nos anuncia -a veces con crueldad- que ya no somos los mismos.
Da para pensar, ¿cómo quedarnos un poco más, cómo hacer para no irnos del todo? Aferrados como estamos a la vida sabemos que indefectiblemente en algún momento nos tocará partir, y no queremos pensar en ello por un lado, y por otro, queremos ver de ¿cómo permanecer un poco más?
Hay variaciones, según cómo sea la fe y la esperanza de cada uno, pero aún los que sabemos que, “lo que nos espera es mejor de lo que aquí abajo tenemos”, terminamos, casi todos, prendiéndonos fuertemente de la vida terrenal.
En síntesis y con los que más temen irse, podemos reflexionar juntos, sobre la manera de detener el tiempo, porque por extraño que parezca, de alguna manera algo podemos hacer.
Pensar más en los demás, dejar atrás el egocentrismo, volcarnos fuera de nosotros con obras, donaciones, ejemplos, enseñanzas, asistencia, oraciones, cariño y ayuda a los que nos rodean o no, para que el tiempo corra más lentamente, ya que además nos dejará permanecer más en ésta bendita tierra, que el que vitalmente nos quede por vivir, porque nuestra presencia permanecerá junto a los que fueron beneficiarios de nuestra entrega, personal, efectiva y directa.
Porque la verdad es que, los que no queremos irnos es por temor a la muerte y aquí nos cabe pensar en lo que decía Santa Teresita: “Como voy a tener miedo a encontrarme con quien tanto amo”. Esta frase vale para todos los que creen en Dios, sean o no católicos, porque sabemos que el Creador y Padre nuestro nos espera con los brazos abiertos, prontos a cerrarse sobre nuestro ser, en filial y apretado abrazo.
¡Hasta el martes que viene, si Dios quiere!
* Orientadora Familiar