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Gelmi no era un tipo fácil

Humor. Tubos de cartón. Ironías. Y el poder que les tachó la suerte a algunos poderosos en Corrientes. “Don Carlos” fue una síntesis de dos siglos, con poca didáctica, pero con el objetivo cumplido de morir en la redacción de El Litoral.

Por Juan Manuel Laprovitta

@juanmalapro

De la Redacción de El Litoral

 

Elisa “Lilita” Carrió tenía anunciada una visita a Corrientes. Era la pomposa protagonista de una de esas intrascendentes conferencias de lobby de aeropuerto en las que acostumbraba acomodarse, con su olor a cigarrillo y su tintura progre de palabras del antaño de la política.

Periodistas: 2. Preguntas: 1. Discurso: uno y suelto en abundancia como a patadas, con cuestionamientos de los más variados y casi ninguna propuesta, para no variar.

El reporte de esa nota llegó a Carlos Gelmi con algunos detalles, los necesarios como para que organizara en un esquema que imaginaba el diario de mañana, lo que resultaría de ese artículo, muy digno de un recuadro minúsculo. Pero al viejo se le ocurrió que era una oportunidad para hacer una de sus maldades.

“Poné que ni el mal tiempo la acompañó, porque hubo sol y así y todo sus seguidores entraban en una cabina de teléfono”, me ordenó el hombre, para dejar claro el tono que debía tener el texto.

Por supuesto, al día siguiente se relamió con una robusta carta de lectores firmada por una fan de Carrió echando maldiciones sobre la nota, su autor y el diario.

Gelmi no era un tipo fácil. No le doraba la píldora a nadie, pero adoraba que lo desencajen con cosas que podrían resultar de la más corriente simpleza.

Ratificaba su condición de hombre difícil, por ejemplo, cuando a la tarde lo llamaba cierto editor de Buenos Aires que con amigable sorna lo identificaba como “yacaré urbano”. Intercambiaban un par de datos sobre las ediciones nacional y local que ambos conducían y cortaban el teléfono con tono elogioso, hasta que en el transcurso del tiempo que le tomaba apoyar el tubo pronunciaba un puntual “pero andate a la puta que te parió”.

Era humor, claro. Porque Gelmi fue siempre un hombre de ceño fruncido, pero con un sentido de la diversión de entrecasa, que sabía transmitir a los propios más allá, incluso, de las diferencias generacionales que fueron cubriendo la redacción de Yrigoyen 990 a lo largo de su trayectoria.

Mordaz, guardaba como si fueran envases retornables los tubos de papel higiénico o de servilletas en los que encapuchaba sus dibujos Mario “Chaque” Mauriño, quien hasta su última viñeta se la dirigió al esquinense en propias manos.

Ese sentido con el que abordaba situaciones del trabajo en el diario lo convirtió un día en indeleble cuando ridiculizó a un columnista.

Lo llamó por su apellido con la voz en alto en el medio de la redacción. “¡Sí, Carlos!” le respondió y Gelmi devolvió:

–¿Me prestás tu polera el martes?

–Pero claro. Seré curioso ¿Por qué?

–Porque tengo que pasar un papelón.

Era una confección de hilo en color mostaza, que apretaba como la humedad y dejaba en evidencia unos pectorales flácidos que hasta el más prudente echaba un vistazo.

Carlos Gelmi fue siempre un parámetro. No era un maestro. Su generosidad pasaba por otro lado, pero no por la didáctica del oficio. Tenía 6 décadas de periodismo que permitían, a quien conversaba con él, ubicarse en el terreno de la noticia, aunque no abundaban habilidosas ni habilidosos para entrar en la confianza de una charla.

Si una noticia de hoy fue noticia hace 20 años, el hombre lo hacía saber. No la tachaba, pero la adornaba antes de que se escriba.

Tuvo alcahuetes y detractores, sobre todo políticos. Era una síntesis de crisis y bonanzas, intervenciones, dictaduras y democracias, que, según dijo, aplaudió a su comprovinciano Arturo Frondizi y confió ser “desarrollista” aunque nunca mostró ficha de afiliación al MID. Ya no lo asombraban cosas que causan perplejidad, seguramente por el tranco que llevaba, pero también por haber atravesado la quiniela del destino cuando hay que contarlo. Que lo llevaron a jugarse una redoblona como la de si Axel Kicillof lograba o no bajar el precio del combustible. O si a Ricardo Colombi se le conocían los dientes en un rapto de sonrisa.

Colombi nunca lo quiso, a Gelmi eso no le importaba. Después de todo, Colombi –el hombre que se sentó en el Sillón de Ferré más que el propio Ferré- dejó de ser gobernador y el viejo siguió siendo director de El Litoral. Nada menos que el diario que los poderosos leen. Que han leído antes de tener poder. Y que Gelmi escribió.

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