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Que el bosque no te tape

Los ejemplos abundan. Se muestran en lugares diversos donde la naturaleza dispone, para que las tomemos como nutrientes que fortalecen la visión de la vida. Con esa mirada displicente de las cosas no preparadas para la sorpresa ejemplar, uno aprende espontáneamente cómo se dan y nos abrazan de la forma más inesperada. 

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Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Una película, de esas perlitas que adolecen de la trascendencia descomunal de lo desmesurado, tranquila, armoniosa y apacible, cuando llegan al corazón uno aprende el amor de lo simple. La grandeza de lo inesperado en el todo de una obra cinematográfica, tal vez sin tantas ambiciones, pero de suculenta respuesta. Cuando mucho antes de producir, Robert Redford tomó el libro del escritor Bill Bryson, “Un paseo por el bosque”, y soñó poder filmarlo pensó hacerlo con su amigo Paul Newman, quien lamentablemente ya se encontraba enfermo. Es icónica porque marca límites; ser la película que no la pudo filmar Newman, y sí la última como actor de Redford que prosigue brillantemente como productor. Lo aguardó tanto como pudo, como hacen los amigos, pero al fin el amigo se fue. Decía entonces, Redford, que nunca un libro lo había hecho reír, recordando que lo hizo a carcajada limpia leyéndolo. Convengamos que su autor, Bill Bryson, es un especialista justamente en libros de viajes y, generalmente, lo hace en primera persona incluyéndose como personaje. Tal es así que la obra visualiza esos retos que deseamos darnos cuando pasamos la juventud, como sueños incumplidos que nos desafían a veces hasta lo insólito haciéndonos sentir plenamente vivos. “Paseo en el bosque” es la propuesta cierta del autor y personaje de poder recorrer el Parque Nacional de Los Apalaches de los Estados Unidos, cuya extensión por terreno escarpado se extiende a través de 3.500 kilómetros de saludable paisaje. Ante la ausencia física del compañero destinado a protagonizar, Paul Newman, Redford compone un equipo de producción que habrá de darle esa doble oportunidad de hacer la película y recorrer en parte la hermosura del ámbito puntualizado por Bill Bryson. Serían de la partida Robert Redford en su rol de protagonista y productor, Nick Nolte, Emma Thompson, con la dirección de Ken Kwapis.
Los diálogos simples, directos pero frescos, un bosque que inunda la pantalla con imagen develadora de un mundo imaginado repleto de sorpresas, esfuerzo y cansancio. El empeño que hubo que poner donde los personajes centrales, Redford y Nolte, aprenden a convivir en un ambiente rudo en que el cuidado por la vida es el límite. Sucede que estos dos amigos, cuyos nombres de rol son los mismos que le tocaron en vida a su autor Bill Bryson (Redford) y Stephen Katz (Nolte). Compañeros de la Universidad y que posteriormente se separaron por años, cada cual por su propio camino. Uno, Bryson, portando su talento trabajó como periodista en (Inglaterra) donde se afincó, desempeñándose como subdirector de Negocios de The Times, luego en The Indepent y, finalmente, desarrollando libros de viajes como “En casa: una breve de historia privada”, “Una breve historia de casi todo”, etc. Mientras que Katz, con una historia más pequeña, hizo una vida normal, a sobresaltos, pero normal como lo es la existencia humana. En uno de los tantos diálogos que se formalizan en charlas de campamento, Katz le reprocha a su amigo tanta ingratitud para con él hasta ahora. Sucede que a la invitación para que lo acompañen colegas y amigos, el único que se le animó fue Katz con la consabida intuición de que por ser simple, tan independiente, no sería fácil compartirlo.
Lo que tiene de bueno la película es la filosofía de uno y otro. Uno sorprendido por la rudeza del camino acostumbrado más bien al periodismo; el otro, hombre común acostumbrado a todos los golpes que siempre es capaz de conferir cuando contra el apremio del acelere mundano, palabras simples logran distender y demostrar que todo ellos son caminos imprescindibles no pensados, pero que siempre llevan a destino. La comprensión serena de las noches que repleta de estrellas son tan elocuentes para decirnos que la prisa, la ambición desmedida, el odio, lo material, nada tienen que ver con la grandeza espiritual, del afecto, de la felicidad cierta por haber comprendido cada una de sus reglas básicas. Serenidad para recorrerlas. Desacelerar para que no se nos escapen. Bendición a Dios por formar parte de este universo. Dice la crítica: “Una combinación de humor y patetismo, una comedia que se deriva de algo que es real, que tiene que ver con la humanidad”. Cuando creen estar perdidos al borde de un abismo en medio de una noche serena, brillante, se valoran con la sinceridad que siempre el final desenmascara: Bryson le pide perdón por haberlo subestimado, abandonado por años de sus líneas de comunicación. Katz, preciso y certero le responde: que si le ocurriera algo ante cualquier peligro, solamente  confiaría en él. Los finales, cuando la lección de vida ha sido comprendida, arrojan una moraleja difícil de olvidar, pero que generalmente saben muy bien. Si bien no fue candidata a ningún Oscar, “Un paseo por el bosque” permite poner las cosas en su lugar. Y, lo más maravilloso, Redford compró los derechos de la novela pensando en su gran amigo, Paul Newman, y que lo esperó hasta que la vida dijo basta. Una buena lección para reemprender los valores que hemos “tirado a la marchanta”, y permitirnos ubicarnos a la vera de la humildad. Ese trayecto que hace mucho tiempo olvidamos por altaneros, soberbios, caminando tanto tiempo equivocados sin la sinceridad y con el orgullo hecho jirones, para decirnos: nos hemos equivocado antes, durante y después. Volver a la vida. Reincorporarnos a la normalidad. A la paz interior de cada uno. A desechar la viveza criolla. Así como los protagonistas de la película aprovecharon la noche para aclarar serias dudas, esta noche que la tenemos hace tiempo encima nos permita alguna vez poder sincerarnos sin el peso de las culpas que las hemos desarrollado solamente nosotros. Que el bosque no nos tape. Que nos permita aprender a la sombra de su gigantesca naturaleza, que la vida es más simple y mucho más profunda para caminarla y vivirla.

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Que el bosque no te tape

Los ejemplos abundan. Se muestran en lugares diversos donde la naturaleza dispone, para que las tomemos como nutrientes que fortalecen la visión de la vida. Con esa mirada displicente de las cosas no preparadas para la sorpresa ejemplar, uno aprende espontáneamente cómo se dan y nos abrazan de la forma más inesperada. 

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Una película, de esas perlitas que adolecen de la trascendencia descomunal de lo desmesurado, tranquila, armoniosa y apacible, cuando llegan al corazón uno aprende el amor de lo simple. La grandeza de lo inesperado en el todo de una obra cinematográfica, tal vez sin tantas ambiciones, pero de suculenta respuesta. Cuando mucho antes de producir, Robert Redford tomó el libro del escritor Bill Bryson, “Un paseo por el bosque”, y soñó poder filmarlo pensó hacerlo con su amigo Paul Newman, quien lamentablemente ya se encontraba enfermo. Es icónica porque marca límites; ser la película que no la pudo filmar Newman, y sí la última como actor de Redford que prosigue brillantemente como productor. Lo aguardó tanto como pudo, como hacen los amigos, pero al fin el amigo se fue. Decía entonces, Redford, que nunca un libro lo había hecho reír, recordando que lo hizo a carcajada limpia leyéndolo. Convengamos que su autor, Bill Bryson, es un especialista justamente en libros de viajes y, generalmente, lo hace en primera persona incluyéndose como personaje. Tal es así que la obra visualiza esos retos que deseamos darnos cuando pasamos la juventud, como sueños incumplidos que nos desafían a veces hasta lo insólito haciéndonos sentir plenamente vivos. “Paseo en el bosque” es la propuesta cierta del autor y personaje de poder recorrer el Parque Nacional de Los Apalaches de los Estados Unidos, cuya extensión por terreno escarpado se extiende a través de 3.500 kilómetros de saludable paisaje. Ante la ausencia física del compañero destinado a protagonizar, Paul Newman, Redford compone un equipo de producción que habrá de darle esa doble oportunidad de hacer la película y recorrer en parte la hermosura del ámbito puntualizado por Bill Bryson. Serían de la partida Robert Redford en su rol de protagonista y productor, Nick Nolte, Emma Thompson, con la dirección de Ken Kwapis.
Los diálogos simples, directos pero frescos, un bosque que inunda la pantalla con imagen develadora de un mundo imaginado repleto de sorpresas, esfuerzo y cansancio. El empeño que hubo que poner donde los personajes centrales, Redford y Nolte, aprenden a convivir en un ambiente rudo en que el cuidado por la vida es el límite. Sucede que estos dos amigos, cuyos nombres de rol son los mismos que le tocaron en vida a su autor Bill Bryson (Redford) y Stephen Katz (Nolte). Compañeros de la Universidad y que posteriormente se separaron por años, cada cual por su propio camino. Uno, Bryson, portando su talento trabajó como periodista en (Inglaterra) donde se afincó, desempeñándose como subdirector de Negocios de The Times, luego en The Indepent y, finalmente, desarrollando libros de viajes como “En casa: una breve de historia privada”, “Una breve historia de casi todo”, etc. Mientras que Katz, con una historia más pequeña, hizo una vida normal, a sobresaltos, pero normal como lo es la existencia humana. En uno de los tantos diálogos que se formalizan en charlas de campamento, Katz le reprocha a su amigo tanta ingratitud para con él hasta ahora. Sucede que a la invitación para que lo acompañen colegas y amigos, el único que se le animó fue Katz con la consabida intuición de que por ser simple, tan independiente, no sería fácil compartirlo.
Lo que tiene de bueno la película es la filosofía de uno y otro. Uno sorprendido por la rudeza del camino acostumbrado más bien al periodismo; el otro, hombre común acostumbrado a todos los golpes que siempre es capaz de conferir cuando contra el apremio del acelere mundano, palabras simples logran distender y demostrar que todo ellos son caminos imprescindibles no pensados, pero que siempre llevan a destino. La comprensión serena de las noches que repleta de estrellas son tan elocuentes para decirnos que la prisa, la ambición desmedida, el odio, lo material, nada tienen que ver con la grandeza espiritual, del afecto, de la felicidad cierta por haber comprendido cada una de sus reglas básicas. Serenidad para recorrerlas. Desacelerar para que no se nos escapen. Bendición a Dios por formar parte de este universo. Dice la crítica: “Una combinación de humor y patetismo, una comedia que se deriva de algo que es real, que tiene que ver con la humanidad”. Cuando creen estar perdidos al borde de un abismo en medio de una noche serena, brillante, se valoran con la sinceridad que siempre el final desenmascara: Bryson le pide perdón por haberlo subestimado, abandonado por años de sus líneas de comunicación. Katz, preciso y certero le responde: que si le ocurriera algo ante cualquier peligro, solamente  confiaría en él. Los finales, cuando la lección de vida ha sido comprendida, arrojan una moraleja difícil de olvidar, pero que generalmente saben muy bien. Si bien no fue candidata a ningún Oscar, “Un paseo por el bosque” permite poner las cosas en su lugar. Y, lo más maravilloso, Redford compró los derechos de la novela pensando en su gran amigo, Paul Newman, y que lo esperó hasta que la vida dijo basta. Una buena lección para reemprender los valores que hemos “tirado a la marchanta”, y permitirnos ubicarnos a la vera de la humildad. Ese trayecto que hace mucho tiempo olvidamos por altaneros, soberbios, caminando tanto tiempo equivocados sin la sinceridad y con el orgullo hecho jirones, para decirnos: nos hemos equivocado antes, durante y después. Volver a la vida. Reincorporarnos a la normalidad. A la paz interior de cada uno. A desechar la viveza criolla. Así como los protagonistas de la película aprovecharon la noche para aclarar serias dudas, esta noche que la tenemos hace tiempo encima nos permita alguna vez poder sincerarnos sin el peso de las culpas que las hemos desarrollado solamente nosotros. Que el bosque no nos tape. Que nos permita aprender a la sombra de su gigantesca naturaleza, que la vida es más simple y mucho más profunda para caminarla y vivirla.