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Iglesia: autocrítica

Por José Ceschi 

¡Buen día! La Jornada Mundial de la Juventud en Río fue una buena ocasión para que el papa Francisco se dirigiera específicamente a los obispos brasileños, pero pensando en toda América Latina. Lo hizo el 27 de julio de 2013 en un discurso medular y muy comprometedor. Va una muestra, comentando la experiencia de los discípulos de Emaús, desencantados por el aparente “final” de Jesús (Lc 24,13-15): “Es el misterio difícil de quien abandona la Iglesia; de aquellos que, tras haberse dejado seducir por otras propuestas, creen en la Iglesia -su Jerusalén- ya no puede ofrecer algo significativo e importante. Y, entonces, van solos por el camino con su propia desilusión. Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido. Tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones. Quizá la Iglesia tenía una respuesta para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta. El hecho es que actualmente hay muchos como los dos discípulos de Emaús; no solo en los que buscan respuestas en los nuevos y difusos grupos religiosos, sino aquellos que parecen vivir ya sin Dios, tanto en la teoría como en la práctica. Ante esta situación, ¿qué hacer?
Hace falta una Iglesia que no tengo miedo a entrar en la noche de ellos. Necesitamos una Iglesia capaz de encontrarlos en el camino. Necesitamos una Iglesia capaz de entrar en conversación. Necesitamos una Iglesia que sepa dialogar con aquellos discípulos que, huyendo de Jerusalén, vagan sin una meta, solos, con su propio desencanto, con la decepción de una cristianismo considerado ya estéril, infecundo, impotente para generar sentido”.
No recuerdo que ningún papa haya hablado en estos términos de las carencias de la Iglesia. Y qué bueno que sea el papa Francisco, tan auténtico, tan creíble, quien nos ayude a reconocer lo malo, pero también a encontrar caminos nuevos.
¡Hasta mañana!

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Iglesia: autocrítica

Por José Ceschi 

¡Buen día! La Jornada Mundial de la Juventud en Río fue una buena ocasión para que el papa Francisco se dirigiera específicamente a los obispos brasileños, pero pensando en toda América Latina. Lo hizo el 27 de julio de 2013 en un discurso medular y muy comprometedor. Va una muestra, comentando la experiencia de los discípulos de Emaús, desencantados por el aparente “final” de Jesús (Lc 24,13-15): “Es el misterio difícil de quien abandona la Iglesia; de aquellos que, tras haberse dejado seducir por otras propuestas, creen en la Iglesia -su Jerusalén- ya no puede ofrecer algo significativo e importante. Y, entonces, van solos por el camino con su propia desilusión. Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido. Tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones. Quizá la Iglesia tenía una respuesta para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta. El hecho es que actualmente hay muchos como los dos discípulos de Emaús; no solo en los que buscan respuestas en los nuevos y difusos grupos religiosos, sino aquellos que parecen vivir ya sin Dios, tanto en la teoría como en la práctica. Ante esta situación, ¿qué hacer?
Hace falta una Iglesia que no tengo miedo a entrar en la noche de ellos. Necesitamos una Iglesia capaz de encontrarlos en el camino. Necesitamos una Iglesia capaz de entrar en conversación. Necesitamos una Iglesia que sepa dialogar con aquellos discípulos que, huyendo de Jerusalén, vagan sin una meta, solos, con su propio desencanto, con la decepción de una cristianismo considerado ya estéril, infecundo, impotente para generar sentido”.
No recuerdo que ningún papa haya hablado en estos términos de las carencias de la Iglesia. Y qué bueno que sea el papa Francisco, tan auténtico, tan creíble, quien nos ayude a reconocer lo malo, pero también a encontrar caminos nuevos.
¡Hasta mañana!