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Emociones

La emotividad es el ADN argentino. Estamos siempre enjugándonos lágrimas por todos lados.

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Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Las mismas que nos llevaron siempre a finales imprevisibles, porque la fuerte emoción que acostumbramos a imprimir a cada cosa es el arma letal que se nos vuelve en contra cuando la euforia aún nos empujaba hacia un supuesto cometido.
Tal vez porque lo latino está tan metido en nuestras costumbres, siempre con las lágrimas a mano y una sonrisa con ojos también humedecidos. Hacemos las cosas grandes, pero cuando caemos nos desbarrancamos con mucho ruido. Los dos extremos, la tristeza como la alegría están bañadas de emociones siempre fuertes. Hay una marcada diferencia entre los dos temperamentos que se tocan en el final de los sueños, alegrías consumidas por llantos no precisamente de “cocodrilo”, sino por la credulidad que habla de nuestra transparencia y sinceridad.
Los poderes, este, el otro, siempre se apoderaron de esa virtud transparente porque no hay nada mejor que la sinceridad inocente de un pueblo creído por naturaleza honesta, frontal y emotiva. Desde que recuerdo son los ciclos alterados los que marcaron una sucesión de mandatos, por revoluciones, por renuncias, por protestas, huelgas, por casi una costumbre irrefrenable que la historia nuestra se encargó de ir grabándola fielmente a como las cosas sucedieron, se dieron, aunque las dudas han sobrevolado cada acontecimiento, aún hoy discutidos.
La música popular argentina como lo es el tango refleja en su poesía certera como lo constituye también la música negra del blues, al igual que el tango reservorio de las andanzas del ser humano expresa y contiene amores y desamores, momentos críticos, radiantes e infinitamente felices pero breves, siendo mayor el esfuerzo por encontrarlos lo que marca la brevedad de la felicidad en su estado puro. Ese gran argumentista que ha sido el poeta nacido en San Pablo, Brasil, Alfredo Le Pera, quien junto con Carlos Gardel, compuso una serie de exitosos tangos canción de vigencia notoria, dice brevemente en su gran éxito “Cuesta abajo”, obra estrenada en el año 1934, una frase que ejemplifica el arduo quehacer argentino de los sueños rotos, de volver a empezar con las esperanzas demolidas: “Si arrastré por este mundo / la vergüenza de haber sido / y el dolor de ya no ser”… Ese estado de frustración, ese parate que obliga a reflexionar, a refrescar la memoria, a recapitular, a empezar de nuevo, no siempre en la plenitud de nuestro equilibrio emocional porque en la caída todo es negro. Allí juega con todo su poder la emoción, fortísima y malsana del ánimo condenado, hasta que vuelva amanecer porque la vela no dura tanto.
Los hechos de este país siempre han sido dolorosos, se los siente en el alma y en los bolsillos. Sin embargo, subsisten anomalías de un aprovechamiento de todo lo que signifique poder. Enriquecidos inexplicables. Saludables ejemplos que debería avergonzarnos; no obstante, son emblemas que hablan que con el poder de las emociones, fáciles, espontáneas, gratuitas por emotivas, se cometen los hechos más atroces que forjan nuestra historia y son también argentinos, “hermanos”, que aprovechados de nuestro talón de Aquiles, la bondad de fácil credibilidad, han logrado lo que inmerecidamente son.
Conozco tipos “hechos” que se han valido de esa emotividad que tanto distingue a nuestro pueblo, y son a la vez intocables, casi, casi, como un premio que, no obstante, el hombre común le tributa por su sincera honestidad desmedida. Pululan en todos los órdenes. A propósito, Francisco Rosell, director del diario El Mundo de España, el último domingo 18 de agosto titulaba su artículo fuertemente: “Cuando los pueblos aman a sus propios ladrones”, haciéndose eco de lo que ha sucedido por estas latitudes. Es que somos transparentes. Fáciles. Accesibles. Emotivos. Creemos. Confiamos rápidamente en el otro. La emoción es fruto de nuestra latinidad que nos puede mucho más, forjando en cada uno el fuerte sueño de la esperanza, cansados de tanta chatura y descreídos, pero por buenos desconocemos a nuestros enemigos íntimos.
Se habla de grieta, pero la grieta subsiste no en uno solamente sino entre todos, es decir, que la desconfianza por esa historia minada de violencia es guerra de todos contra todos. Qué bueno sería y es hora ya del reencuentro entre los argentinos, como el famoso pacto de la Moncloa que tuvo lugar en España el 25 de octubre de 1977, durante la transición española que facilitó formalizar el acuerdo en lo económico, jurídico, social y político, donde cada uno de los dirigentes tuvieron que deponer dejando afuera sus “trofeos” más preciados de “identidad”: “colores”, “banderas”, “escudos”, “consignas”, “cánticos”, “bullas”, etc., para encontrar con total neutralidad entre todos el buscado y apreciado abrazo fraterno de un pueblo todo. Es decir pensando por todos y no con el interés político de cada uno.
En esta escisión, “final del viaje” y cambio de pasaje, o no, nada más preciso que recordar al escritor uruguayo Eduardo Galeano, cuando dijo con acierto:  “Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen”.
Claro, que el tango “Cuesta abajo” está inspirado en la vida afectiva de una pareja y la intimidad de un país de gran emotividad como el nuestro, guarda similitud porque las emociones también hacen eclosión y es comparable: “Sabía / que en el mundo no cabía / toda la humilde alegría / de mi pobre corazón. / Ahora, / cuesta abajo es mi rodada, / las ilusiones pasadas / yo no las puedo arrancar. /
Tenemos que dejar de mentirnos porque nuestras “mentiras piadosas” que siempre nos “salvan” tienen que ser realidades preciosas que nos salven de las culpas que unas a otras hacen historia, pero que sirvan realmente para premiar el esfuerzo y la perseverancia tantas veces incumplidas. Erradicar las emociones que no tienen razón de ser, porque con ellas estamos “derrotados” antes de tiempo, llorar cuando realmente corresponde. Evaluar y premiar con criterio propio, dejando que se piense por el sentido común de cada uno. La sensibilidad en su justa medida. Seamos nosotros mismos y no “la vergüenza de haber sido / y el dolor de ya no ser…” /, como justo reza la canción.

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Emociones

La emotividad es el ADN argentino. Estamos siempre enjugándonos lágrimas por todos lados.

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Las mismas que nos llevaron siempre a finales imprevisibles, porque la fuerte emoción que acostumbramos a imprimir a cada cosa es el arma letal que se nos vuelve en contra cuando la euforia aún nos empujaba hacia un supuesto cometido.
Tal vez porque lo latino está tan metido en nuestras costumbres, siempre con las lágrimas a mano y una sonrisa con ojos también humedecidos. Hacemos las cosas grandes, pero cuando caemos nos desbarrancamos con mucho ruido. Los dos extremos, la tristeza como la alegría están bañadas de emociones siempre fuertes. Hay una marcada diferencia entre los dos temperamentos que se tocan en el final de los sueños, alegrías consumidas por llantos no precisamente de “cocodrilo”, sino por la credulidad que habla de nuestra transparencia y sinceridad.
Los poderes, este, el otro, siempre se apoderaron de esa virtud transparente porque no hay nada mejor que la sinceridad inocente de un pueblo creído por naturaleza honesta, frontal y emotiva. Desde que recuerdo son los ciclos alterados los que marcaron una sucesión de mandatos, por revoluciones, por renuncias, por protestas, huelgas, por casi una costumbre irrefrenable que la historia nuestra se encargó de ir grabándola fielmente a como las cosas sucedieron, se dieron, aunque las dudas han sobrevolado cada acontecimiento, aún hoy discutidos.
La música popular argentina como lo es el tango refleja en su poesía certera como lo constituye también la música negra del blues, al igual que el tango reservorio de las andanzas del ser humano expresa y contiene amores y desamores, momentos críticos, radiantes e infinitamente felices pero breves, siendo mayor el esfuerzo por encontrarlos lo que marca la brevedad de la felicidad en su estado puro. Ese gran argumentista que ha sido el poeta nacido en San Pablo, Brasil, Alfredo Le Pera, quien junto con Carlos Gardel, compuso una serie de exitosos tangos canción de vigencia notoria, dice brevemente en su gran éxito “Cuesta abajo”, obra estrenada en el año 1934, una frase que ejemplifica el arduo quehacer argentino de los sueños rotos, de volver a empezar con las esperanzas demolidas: “Si arrastré por este mundo / la vergüenza de haber sido / y el dolor de ya no ser”… Ese estado de frustración, ese parate que obliga a reflexionar, a refrescar la memoria, a recapitular, a empezar de nuevo, no siempre en la plenitud de nuestro equilibrio emocional porque en la caída todo es negro. Allí juega con todo su poder la emoción, fortísima y malsana del ánimo condenado, hasta que vuelva amanecer porque la vela no dura tanto.
Los hechos de este país siempre han sido dolorosos, se los siente en el alma y en los bolsillos. Sin embargo, subsisten anomalías de un aprovechamiento de todo lo que signifique poder. Enriquecidos inexplicables. Saludables ejemplos que debería avergonzarnos; no obstante, son emblemas que hablan que con el poder de las emociones, fáciles, espontáneas, gratuitas por emotivas, se cometen los hechos más atroces que forjan nuestra historia y son también argentinos, “hermanos”, que aprovechados de nuestro talón de Aquiles, la bondad de fácil credibilidad, han logrado lo que inmerecidamente son.
Conozco tipos “hechos” que se han valido de esa emotividad que tanto distingue a nuestro pueblo, y son a la vez intocables, casi, casi, como un premio que, no obstante, el hombre común le tributa por su sincera honestidad desmedida. Pululan en todos los órdenes. A propósito, Francisco Rosell, director del diario El Mundo de España, el último domingo 18 de agosto titulaba su artículo fuertemente: “Cuando los pueblos aman a sus propios ladrones”, haciéndose eco de lo que ha sucedido por estas latitudes. Es que somos transparentes. Fáciles. Accesibles. Emotivos. Creemos. Confiamos rápidamente en el otro. La emoción es fruto de nuestra latinidad que nos puede mucho más, forjando en cada uno el fuerte sueño de la esperanza, cansados de tanta chatura y descreídos, pero por buenos desconocemos a nuestros enemigos íntimos.
Se habla de grieta, pero la grieta subsiste no en uno solamente sino entre todos, es decir, que la desconfianza por esa historia minada de violencia es guerra de todos contra todos. Qué bueno sería y es hora ya del reencuentro entre los argentinos, como el famoso pacto de la Moncloa que tuvo lugar en España el 25 de octubre de 1977, durante la transición española que facilitó formalizar el acuerdo en lo económico, jurídico, social y político, donde cada uno de los dirigentes tuvieron que deponer dejando afuera sus “trofeos” más preciados de “identidad”: “colores”, “banderas”, “escudos”, “consignas”, “cánticos”, “bullas”, etc., para encontrar con total neutralidad entre todos el buscado y apreciado abrazo fraterno de un pueblo todo. Es decir pensando por todos y no con el interés político de cada uno.
En esta escisión, “final del viaje” y cambio de pasaje, o no, nada más preciso que recordar al escritor uruguayo Eduardo Galeano, cuando dijo con acierto:  “Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen”.
Claro, que el tango “Cuesta abajo” está inspirado en la vida afectiva de una pareja y la intimidad de un país de gran emotividad como el nuestro, guarda similitud porque las emociones también hacen eclosión y es comparable: “Sabía / que en el mundo no cabía / toda la humilde alegría / de mi pobre corazón. / Ahora, / cuesta abajo es mi rodada, / las ilusiones pasadas / yo no las puedo arrancar. /
Tenemos que dejar de mentirnos porque nuestras “mentiras piadosas” que siempre nos “salvan” tienen que ser realidades preciosas que nos salven de las culpas que unas a otras hacen historia, pero que sirvan realmente para premiar el esfuerzo y la perseverancia tantas veces incumplidas. Erradicar las emociones que no tienen razón de ser, porque con ellas estamos “derrotados” antes de tiempo, llorar cuando realmente corresponde. Evaluar y premiar con criterio propio, dejando que se piense por el sentido común de cada uno. La sensibilidad en su justa medida. Seamos nosotros mismos y no “la vergüenza de haber sido / y el dolor de ya no ser…” /, como justo reza la canción.