Especial Carlos Lezcano y Fernanda Toccalino
Diego Figueroa es artista visual, gestor cultural, curador y docente. Nació en Buenos Aires, pero vive desde muy pequeño en la provincia de Chaco. Conversamos con él en el programa “Todos los Vientos” en radio UNNE.
Contamos algo sobre tu infancia. ¿Siempre supiste que querías dedicarte al arte?
De niño, me pasaba horas construyendo cosas. Me encantaba armar maquetas de algunas de las batallas de las que siempre hablábamos con mi papá (él es profesor de historia y, sobre todo, un apasionado de ella). Conseguía soldaditos, tuve la suerte de tener algunos granaderos, pero en líneas generales, mi juego, era transformar soldaditos de cualquier tipo, en granaderos. Los modificaba con papel maché y témpera, o lo que tuviera a mano. Construía las batallas sobre una base de Telgopor que cubría con plasticola y después le ponía tierra o arena. Hacía los arbolitos con esponjas vegetales y ramitas.
Creaba lomadas o, en el caso de la batalla de San Lorenzo, el río y el convento. Para mí, eran perfectas. Las construía durante días y días, y después no jugaba con ellas. El verdadero juego era armar esas escenas y poder contemplarlas. En líneas generales, mi mayor placer siempre fue construir cosas.
El mejor lugar de la casa era el taller de mi mamá; ese siempre fue "mí" lugar. Tenía herramientas y muchos materiales para trabajar en mis "cositas".
También amaba y dedicaba muchas horas a construir aviones. Entiendo perfectamente por qué vuela un avión, y cada tanto vuelvo a construir alguno. Verlo volar me genera ese mismo placer y emoción de niño. El desafío es que vuele, pero el goce está en hacerlo con cualquier cosa. El mejor de los últimos años fue un pequeño planeador hecho con una birome y las bandejitas de telgopor de los fiambres. ¡Volaba increíble!
A veces pienso que también me hubiera gustado ser ingeniero.
Quise dedicarme a muchas cosas, ser biólogo, cantante, deportista… pero el arte siempre estuvo presente; crecí en la casa de una artista.
No era un interés en sí mismo, sino que, por ejemplo, dibujar aviones, animales, objetos, me acercaba más a lo que quería o imaginaba. Hoy en día, sigue siendo un modo de pensar y analizar las cosas.
De lo que sí estaba seguro era que quería hacer algo que me permitiera "flashear" (fantasear o crear libremente). Con el tiempo, me di cuenta de que en la actividad artística podía canalizar muchos de mis intereses.
¿Por qué elegiste a Eduardo Medici para ir a su taller?
Mi primer maestro fue Oscar Sánchez Kelly, en el taller de artes visuales de la UNNE. Llegué y le dije: "Quiero hacer pinturas grandes". Durante ese primer año, él siempre me dejó hacer y me facilitó las herramientas para que pudiera materializar lo que imaginaba.
Aclaro que no tenía la menor idea de qué era eso que quería hacer. Era un mundo sin internet y con un acceso a la información limitado; por lo tanto, mis referencias eran locales y lo que consumía a través de los libros de mi mamá.
Al año siguiente, Eduardo vino a Resistencia por una muestra itinerante del Museo Nacional de Bellas Artes, y pude hablar con él y mostrarle lo que venía haciendo. Ese mismo día me dijo: "Si ves cómo vivir en Buenos Aires, venite a mi taller y las clases son gratis".
Me lo tomé como si hubiera ganado la beca más prestigiosa del mundo. Vendí una moto que tenía, organicé una muestra en un café, y con el dinero de la moto y el de algunos cuadros que se vendieron, armé una valija y me fui. Eso fue a principios del 97.
Eduardo fue una persona increíblemente generosa conmigo. No iba a las clases donde estaban sus otros alumnos; me daba dos días a la semana para trabajar en su taller, me regaló materiales, recorríamos muestras y hablábamos de arte. Conocerlo me cambió la vida, me abrió a un mundo que ni sospechaba que existía.
Creo que nunca voy a terminar de sentir esa gratitud hacia él. En mi última exposición en Buenos Aires, en la galería Hache en el 2023, vino de sorpresa. Durante el rato que se quedó, para mí no había nadie más. Recorrimos la muestra juntos y charlamos como cuando lo conocí, solo que esa vez, la muestra era mía.
Hermoso lo que nos contas, y ahora hay una obra tuya en el Museo de Arte Contemporáneo de Corrientes. “Todo el tiempo en un segundo” es una obra de grandes dimensiones, de sitio específico que tuvo otras versiones similares en otros espacios.
No sé si llamarla otras versiones, fueron otras esculturas en las que sí puse en juego ciertas dinámicas que también están presentes en esta obra, junto a otras mecánicas y estrategias que no estaban presentes en las anteriores. Las otras cuatro esculturas las produje en un lapso de aproximadamente un año y medio entre 2014 y 2016, ( Muba, Rcia. CCU, Corrientes. CC Haroldo Conti, Bs As. Para Cultura de CABA en el marco de ArteBA 2016) . Transcurrieron 9 años desde entonces y en ellos desarrollé muchos proyectos, exposiciones, obras que de alguna manera nutrieron mis herramientas conceptuales y estrategias visuales, no sé bien cómo, pero sí estoy seguro de que en TODO EL TIEMPO EN UN SEGUNDO, está ese germen que apareció en 2014, pero que al ser repensado específicamente para el MACC inevitablemente, se amalgamo con particularidades que me interesaron de ciertas obras o proyectos de estos últimos años, yo no soy la misma persona ni el mismo artista así como ella no es una versión de otras obras anteriores. Ella es ella, ahora en este tiempo y lugar.
Trabajaste muchísimas horas, días, semanas en esta obra, y también tuviste mucho tiempo de producción recorriendo las calles, haciendo compras, buscando elementos o cartoneando, ¿no?
Así es, los primeros días no podía ingresar al museo, porque nos faltaban los seguros, así que estuvimos tres días con mi asistente, José Paulo Ayala, recorriendo Corrientes de día, de noche, buscando basurales, chacaritas, encontrando cositas en la calle, literalmente, lo que hicimos fue cirujear, creo que fue la mejor parte de la preproducción, en ese recorrer y encontrar hay un descubrimiento respecto a la idiosincrasia de una región, de una ciudad, estos elementos no los buscaba específicamente, no sabía que iba a encontrar, sino que fue la ciudad quien me los fue mostrando.
Las líneas que la construyen marcan direcciones calculadas. Señalan un lugar que no puede ser otro, y a la vista es como una explosión. Trabajaste intensamente durante más de diez días, pensando dónde debía ir cada elemento. ¿Cómo surge? ¿Empieza a partir de un punto mínimo no visible?
Fueron más de 20 días, jajajajaja. El cómo surge una obra es un misterio. Lo digo en líneas generales y, al menos, así me sucede a mí. Sé que desde hace ya muchos años cada obra se nutre de procesos anteriores y, a su vez, abre un nuevo paradigma.
Hay una parte de mi mente que siempre está atenta a ese proceso, llamémosle artístico. A veces es más vago (las obras funcionan mucho tiempo en mi cabeza; no sé si las obras en sí, sino las ideas que las motivan, los mecanismos visuales, etc.), pero en algún momento terminan bajando, a veces de forma espaciada, a veces en serie.
En otros casos, como lo fue para esta escultura, tenía un lugar específico y un tiempo determinado. En situaciones así, al menos para mí, es necesario acelerar las decisiones y todo lo que su materialidad implica. Es como entrar en el nervio de la obra y en su lógica interna: escucharla y entender cuál es el modo en que debe existir.
En algún momento apareció ese carácter expansivo, donde algunos objetos son precedidos por algún caño, madera, fierro, cualquier cosa que tenga linealidad, transformando la dinámica de ese objeto en el recorrido que realiza dentro de esa especie de big bang de elementos cotidianos con historia.
Hay también una cuestión de tiempo. Uno la puede recorrer, girar a su alrededor y tiene la sensación de que algo va sucediendo desde el centro hacia el espacio.
Cuando mencionas el tiempo como proceso de recorrido recuerdo como la imaginaba, tenía algunos datos básicos, sabía que iba a estar realizada con ciertos materiales unidos de cierta forma, algo se fue poniendo en foco a medida que los días avanzaban. Recuerdo que una tarde al final de la jornada me di cuenta que había logrado corromper la vida de varios objetos quebrando su existencia de alguna u otra manera para que su modo de habitar en nuestra mente requiera una reconstrucción y le adjudiquemos así un nuevo sentido, pienso que el arte nos empuja hacia adelante, decodificar una obra requiere elaborar una cadena de pensamientos que está delante nuestro, o sea, no existe hasta que la generamos, de alguna manera una obra que nos interpela, siempre nos lleva hacia el futuro, o en realidad existe en un presente perpetuo, así como una línea es una sucesión de puntos, una obra cuando está a merced de la mirada de los demás, sin la protección que le da el taller o la mente de quien la genera debería ser ese punto inicial, a la línea siempre la construye la mirada del otro.
Está girando un reel en Instagram, que hizo Ezequiel Miño (Shule), un Creador de contenidos y estudiante de publicidad UCP y siento un desdoblamiento total, es como si hubiera visto la escultura por primera vez. No sé si es la música que le puso o el recorrido que hizo, pero eso que mencionaste en la pregunta lo pude contemplar por fuera de lo que fue el proceso de trabajo, me dejó ver la posibilidad que tiene ese otro, que es la de moverse, los objetos están estáticos, sin embargo todo se mueve al movernos nosotros.
Se legitima al artista al incorporarse a la colección de un museo. Vos tenés un cuerpo de obra que está atravesado por este diálogo entre lo que está legitimado y lo que es netamente popular; muchos lo han señalado. Háblame de estos conceptos.
Creo que lo legítimo y lo popular no son tan opuestos como a veces se plantea. Lo popular, para mí, tiene que ver con la cantidad de personas que se sienten interpeladas por algo: cuantos más individuos se identifican o se interesan, más popular se vuelve. Lo legítimo, en cambio, remite a una verdad aceptada, algo que encaja dentro de ciertas normas de lo que es o debería ser. Pero muchas veces esas dos cosas coinciden. El gol de Maradona a los ingleses en el 86 es popular y es legítimo, y el David de Miguel Ángel también lo es. En planos distintos, ambos funcionan como verdades compartidas.
En varios de mis trabajos estos dos conceptos conviven en una misma pieza: un imaginario cultural que viene de esa tradición legitimada, mezclado con el universo real y palpable que transito todos los días. Es ese cruce entre lo que vemos a diario acá, en el norte argentino, y nuestra herencia del “buen gusto”, esa herencia europea que nos marca un ideal de lo que deberíamos ser y que muchas veces termina nublando eso que, en realidad, ya estamos siendo.
¿Qué pasó cuando te contactan desde el instituto de cultura para comprarte una obra? Yo sé que mucha gente recomendó la adquisición de alguna. Personalmente recomendé la compra de “Fuente”. ¿Qué pasó por tu cabeza, por tu corazón, cuando te contactan con este plan?
Es oportuno aclarar que la obra fue donada, el Instituto de Cultura de Corrientes costeó los gastos de producción con todo lo que ello implica. Me emociona saber que pensaste en esa escultura, hubiera sido hermoso que fuente exista en mi región, acá en nuestro Litoral maravilloso, con este calor a veces insoportable pero que nos es propio y nosotros de él, acá en donde un chapuzón no es un gusto sino casi una necesidad. Las piletas de lona son una posibilidad relativamente accesible para transformar ese calor en momentos de felicidad. En Fuente hay una promesa que ella no puede cumplir, pero tampoco puede dejar de prometer. De esa obra si hubo diferentes versiones, y si bien todas fueron distintas entre sí por tamaño y morfología propia de las piletas se titularon igual, como si fuera la misma sin serlo. Lo paradigmático con esa obra es que la única que está instalada y funcionando pertenece a una colección particular en Washington DC en donde las piletas de lona son tan ajenas a ellos como para nosotros el Capitolio.
También pienso que la obra, que ahora pertenece a la colección del MACC, me dio la posibilidad de poner sobre la mesa intereses más urgentes, me cuesta mucho pensar en lo que no fue, es como que me enfoco en lo que, si fue, y formar parte del acervo de este Museo, con esta obra en particular, a la cual integran, además, obras de artistas que admiro y respeto, es un honor.
Diego, ¿Qué es Fuente?
Las fuentes, en general, aluden a cierto estatus socioeconómico, sobre todo cuando tienen grandes dimensiones y están asociadas a espacios de representación institucional o privada.
Una vez iba por la Plaza 25 de Mayo de Resistencia, acababan de hacerle una reforma y había unas fuentes que eran unas piletas rectangulares, largas y finitas de más o menos 40 cm de altura, estaban pintadas de color celeste y en las líneas centrales de esos rectángulos cada más o menos 3 metros había unos cañitos verticales de los que salían unos pequeños chorros de agua, el diseño de esas fuentes, como fuentes era primario, básico.
Pero cuando llegaron los calores del verano los chicos las empezaron a usar para refrescarse. Esos chicos encontraron en las fuentes de la plaza principal de su ciudad un modo de pasar el calor del verano. En ese momento cayó ante mí una verdad irrefutable, una verdad que contenía en ella tanta información y tantas capas de lectura, que me fue inevitable empezar a trabajar en mi mente con eso que ahí había entendido.
En ese tiempo venía trabajando temas ligados a lo popular y a lo clásico, pero no los pensaba como cosas enfrentadas, sino como dos puntas de lo mismo. Me interesaba tirar de los dos lados al mismo tiempo, forzar un poco esa relación y ver hasta dónde podían estirarse sin que se rompiera ese hilo invisible que las une. En esa búsqueda empecé a hacer una serie de esculturas que eran como “covers” de obras de la historia del arte, pero realizadas con materiales muy comunes: cintas de embalar, bolsitas de nylon, objetos que encontraba por ahí. Me atraía justamente esa fricción entre imágenes cargadas de historia y solemnidad y materiales absolutamente cotidianos, casi descartables.
Por ejemplo, tomé La Piedad de Miguel Ángel. Respeté la postura de las figuras, esa composición tan reconocible donde la Virgen sostiene a Cristo después de bajarlo de la cruz. Pero en mi versión ya no eran esos personajes sagrados: era un pibe de barrio que había estado jugando a la pelota y que había recibido una puñalada en el pecho. El cuerpo descansaba en brazos de una mujer y la escena sucedía bajo un pequeño arquito de fútbol.
En el 2010 las curadoras Jimena Ferreiro Pella y Patricia Hakim me convocaron para que piense una obra para la muestra inaugural de la Fundación del Banco ITAU en Bs.As. Como tenía en mi cabeza todo esto que describo en algún momento vi la posibilidad de realizar una fuente, que además iba a estar exhibida sobre la avenida 9 de julio de Bs.As. a 50 metros del Teatro Colón. De alguna manera podía llevar esa verdad que había entendido y ese imaginario tan de la niñez, tan de nuestro Litoral, a la avenida más importante de Argentina.
Recuerdo esos dos o tres días posteriores a la inauguración en los que pasaba y me quedaba al margen, mirando la reacción de quienes pasaban, me dio cierta satisfacción que luego de la expresión de sorpresa y desconcierto emergía de la mayoría una sonrisa y con ella seguían caminando.
Hay un texto de Joaquín Barrera que dice haciendo como “un neobarroso realismo mágico chaqueño”. ¿Te ves así?
Puede ser, todo lo que un otro vea en eso que hago me parece válido y me permite pensar una obra propia desde esa mirada ajena, pero lo cierto es que al momento de trabajar en ellas no hay un mensaje claro, es como si fueran ecuaciones que existen para ser decodificadas por otra persona, solo tengo la certeza de cuando una pieza funciona o no, algunas son más eficientes que otras, pero al momento de abandonarlas lo que sucede es que las dejo porque ese vínculo que desarrollo mientras la voy trabajando se corta, casi emocionalmente, es como que eso que está ahí está bien, no me pide nada más para existir, la sensación es como si le hubiera ganado la partida a la obra en ese juego que le propongo.
Y te ubica en un tiempo y en un lugar también, ¿no?
Es inevitable. No es algo que me proponga de antemano. Vivo y trabajo en esta región y en este tiempo, y todo lo que eso implica: la memoria, el clima, lo social, lo político, lo cotidiano termina filtrándose en lo que hago. No podría trabajar desde otro lugar, aunque quisiera.
Mi obra está atravesada por esa experiencia concreta de estar acá, ahora. No como una declaración explícita, sino como una condición natural de existencia.
Para mí, cada obra es una verdad. Una verdad situada, que nace de ese cruce entre el contexto que me toca vivir y la manera en que lo atravieso.
Diego Figueroa (1975)
Entre sus principales exposiciones individuales se destacan: “Mi reina”, Galería Hache, Buenos Aires 2018; “Golpe en Seco”, Museo de la Memoria de Rosario, y “Todos esos recuerdos se perderán como gotas en la lluvia”. Hache Galería. Bs. As. 2023.
En forma colectiva su trabajo fue exhibido en el Museo de Arte Moderno. Bs. As. Museo Colección Fortabat. Bs. As., Museo Castagnino-MACRo, Rosario. Museo Carraffa. Córdoba. Museo MAR. Mar del Plata, Bs. As. MAC Salta. Museo Timoteo Navarro. Tucumán Museo Nacional de Bellas Artes, Neuquén; Museo Franklin Rawson, San Juan; Museo del Barro, Fundación Migliorisi, Asunción, Paraguay; entre otros. A lo largo de su trayectoria recibió premios nacionales y obtuvo Becas. Desde 2006 es Docente y Jefe de Talleres en TEAP Bellas Artes.