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Envidia

Por José Ceschi

¡Buen día! “No hay vicio que perjudique tanto la felicidad del hombre como la envidia, porque los envidiosos se disgustan de continuo y sufren con la alegría de los demás”. El pensamiento pertenece a Descartes, y es muy probable que usted lo comparta; como seguramente compartirá la advertencia que le hace Don Quijote a Sancho Panza sobre el mismo tema: “¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; que el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias”. Estuve releyendo una vieja nota de Rafael Squirru sobre “Imágenes de la envidia”. En ella nos recuerda un célebre cuadro de Botticelli, donde la envidia y la calumnia van tomadas de la mano. Porque, efectivamente, la una lleva a la otra. Y comenta:  “Consiste la envidia en algo así como dolerse del bien del otro, lo que conduce al envidioso no a la emulación, sino a tratar de destruir ese bien, esa excelencia que percibe en el envidiado.
Por ello alguien definió a la envidia como la polilla del talento, dando por supuesto que se trata del caso en que aquello que se envidia es el talento de la persona a quien se hará víctima de toda suerte de maldades que estén al alcance del envidioso, y que van desde la calumnia al mal de ojo, tal como se deduce del origen de la palabra envidiar: ‘invidere’, mirar para dañar. Por ello, desde todas las épocas han existido amuletos y encantaciones para alejar esas ‘malas ondas’ que arroja el ojo del envidioso. Lo tremendo de quien padece esta enfermedad (el modo más caritativo de definirla) es que se trata de una enfermedad insaciable, ya que existirán siempre motivos para desencadenarla, atentos a que nunca faltará quien tenga talento o posición social o riqueza o cualquier otro bien al que la envidia se prenderá como garrapata, alimentándose con esa negatividad de padecimientos autodestructivos...”. Y para cuando la envidia quiera enquistarse en el corazón, recordemos, con La Rochefoucauld, que “nuestra envidia dura mucho más tiempo que la felicidad de los que envidiamos”.         
¡Hasta mañana!

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Envidia

Por José Ceschi

¡Buen día! “No hay vicio que perjudique tanto la felicidad del hombre como la envidia, porque los envidiosos se disgustan de continuo y sufren con la alegría de los demás”. El pensamiento pertenece a Descartes, y es muy probable que usted lo comparta; como seguramente compartirá la advertencia que le hace Don Quijote a Sancho Panza sobre el mismo tema: “¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; que el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias”. Estuve releyendo una vieja nota de Rafael Squirru sobre “Imágenes de la envidia”. En ella nos recuerda un célebre cuadro de Botticelli, donde la envidia y la calumnia van tomadas de la mano. Porque, efectivamente, la una lleva a la otra. Y comenta:  “Consiste la envidia en algo así como dolerse del bien del otro, lo que conduce al envidioso no a la emulación, sino a tratar de destruir ese bien, esa excelencia que percibe en el envidiado.
Por ello alguien definió a la envidia como la polilla del talento, dando por supuesto que se trata del caso en que aquello que se envidia es el talento de la persona a quien se hará víctima de toda suerte de maldades que estén al alcance del envidioso, y que van desde la calumnia al mal de ojo, tal como se deduce del origen de la palabra envidiar: ‘invidere’, mirar para dañar. Por ello, desde todas las épocas han existido amuletos y encantaciones para alejar esas ‘malas ondas’ que arroja el ojo del envidioso. Lo tremendo de quien padece esta enfermedad (el modo más caritativo de definirla) es que se trata de una enfermedad insaciable, ya que existirán siempre motivos para desencadenarla, atentos a que nunca faltará quien tenga talento o posición social o riqueza o cualquier otro bien al que la envidia se prenderá como garrapata, alimentándose con esa negatividad de padecimientos autodestructivos...”. Y para cuando la envidia quiera enquistarse en el corazón, recordemos, con La Rochefoucauld, que “nuestra envidia dura mucho más tiempo que la felicidad de los que envidiamos”.         
¡Hasta mañana!