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Inocencia y libertad

 Por José Ceschi

¡Buen día! En “Las cuatro estaciones del arte”, Leopoldo Marechal relata un episodio que sucedió en París. Allá estaba él intercambiando opiniones con gente que discutía sobre las últimas tendencias del arte contemporáneo. Naturalmente, resultaba difícil establecer las coincidencias, y cuando las discusiones ya se prolongaban más de lo debido, apareció una niña de seis años, hija del dueño de casa, con un tulipán en la mano. Acercándose a uno de los “expertos”, le dijo simplemente: “Esta flor tiene dos ojos y te mira”.
Quienes la miraron y con sorpresa fueron los asistentes. “Ya ninguno de ellos tuvo valor ni convicción para referirse a las nuevas corrientes estéticas. La gran definición de lo que debe ser la belleza la acababa de dar la niña. Todo había consistido en humanizar la flor, en atribuirle dos ojos y una mirada que no se dirigía a otra flor sino a un rostro humano”.
Esta reflexión que acabo de citar pertenece a una bella nota de María Granata (“Los ojos del tulipán”, publicada hace tiempo en “Familia cristiana”). Y dice también: “Los ojos de la inocencia son los que verdaderamente ven y descubren. Con significativa frecuencia comprobamos que la mirada exploradora del niño es la que percibe el mundo en su realidad no desfigurada por los ropajes superpuestos de los convencionalismos, de la falta de naturalidad. Es la mirada en verdad penetrante porque responde a la necesidad de una hermosa relación con los seres y las cosas que nos circundan. Pero a la inocencia no le basta el conocimiento de algo: exige también la riqueza de emociones y sensaciones que puede resultar de ese conocimiento, exige que tenga calor.
 Por otra parte, nada se aproxima más a la libertad que la inocencia. Los ojos en estado de pureza no acondicionan su aventura a nada: ven no sólo formas, también esencias y sobre todo, posibilidades”. 
Más adelante agrega: “Es por ello que el niño hace de pronto observaciones pasmosas, tiene hallazgos merecidamente antológicos y es siempre inédito. Ve el mundo al que deberá adaptarse desde la libertad que todavía posee, desde un fondo de autenticidad que una sociedad no auténtica, como en gran parte es la del mundo actual, se encargará de falsear”.
¡Hasta mañana!

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Inocencia y libertad

 Por José Ceschi

¡Buen día! En “Las cuatro estaciones del arte”, Leopoldo Marechal relata un episodio que sucedió en París. Allá estaba él intercambiando opiniones con gente que discutía sobre las últimas tendencias del arte contemporáneo. Naturalmente, resultaba difícil establecer las coincidencias, y cuando las discusiones ya se prolongaban más de lo debido, apareció una niña de seis años, hija del dueño de casa, con un tulipán en la mano. Acercándose a uno de los “expertos”, le dijo simplemente: “Esta flor tiene dos ojos y te mira”.
Quienes la miraron y con sorpresa fueron los asistentes. “Ya ninguno de ellos tuvo valor ni convicción para referirse a las nuevas corrientes estéticas. La gran definición de lo que debe ser la belleza la acababa de dar la niña. Todo había consistido en humanizar la flor, en atribuirle dos ojos y una mirada que no se dirigía a otra flor sino a un rostro humano”.
Esta reflexión que acabo de citar pertenece a una bella nota de María Granata (“Los ojos del tulipán”, publicada hace tiempo en “Familia cristiana”). Y dice también: “Los ojos de la inocencia son los que verdaderamente ven y descubren. Con significativa frecuencia comprobamos que la mirada exploradora del niño es la que percibe el mundo en su realidad no desfigurada por los ropajes superpuestos de los convencionalismos, de la falta de naturalidad. Es la mirada en verdad penetrante porque responde a la necesidad de una hermosa relación con los seres y las cosas que nos circundan. Pero a la inocencia no le basta el conocimiento de algo: exige también la riqueza de emociones y sensaciones que puede resultar de ese conocimiento, exige que tenga calor.
 Por otra parte, nada se aproxima más a la libertad que la inocencia. Los ojos en estado de pureza no acondicionan su aventura a nada: ven no sólo formas, también esencias y sobre todo, posibilidades”. 
Más adelante agrega: “Es por ello que el niño hace de pronto observaciones pasmosas, tiene hallazgos merecidamente antológicos y es siempre inédito. Ve el mundo al que deberá adaptarse desde la libertad que todavía posee, desde un fondo de autenticidad que una sociedad no auténtica, como en gran parte es la del mundo actual, se encargará de falsear”.
¡Hasta mañana!