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La radio argentina cumplió 100 años

El primer centenario de la radio argentina nos marca su historia, la creatividad y el talento que los grandes supieron imprimirle, partiendo de esos pioneros que dieron vida a esta red comunicadora. Muchas cosas sucedieron desde entonces, tanto, que la radio, felizmente, se encargó de hacer historia. La voz en su mejor rol protagónico, ocupando con la música y las noticias un lugar destacado en la costumbre de los pueblos.

Por El Litoral

Domingo, 30 de agosto de 2020 a las 01:02

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Ayer nomás estaban los “locos de la azotea”, bautizados así por su inquietud perseverante, incansables pioneros argentinos que hicieron de los techos contiguos al Teatro Coliseo su playa de experiencia, tendiendo antena, cables, hasta los mínimos detalles, para que el 27 de agosto de 1920 fuera memorable.
Fue el inicio nacional. La “pitada” de arranque de un partido en el que Argentina le pondría su marca, calidad y gran creatividad a la radio, esa costumbre que se consolidó y elevó su gran prestigio profesional. Ellos, los “locos”, eran estudiantes universitarios: Enrique Susini, César Guerrico, Luis Romero Carranza y Miguel Mujica, que siempre estaban en busca de perfeccionar para la radio el sistema experimentado mucho antes por Guillermo Marconi: la transmisión por aire.
Puede ubicarse entre 1910 y 1920 el tiempo de todos los intentos iniciales para una salida exitosa. La radio como radio, con una idea cabal de cómo debía ser el mettier de la emisora, surgió en Detroit a través de la WWBroadcasting, una radio de Montreal, Canadá, y Argentina. Todo lo demás es anecdótico. Muchos esfuerzos, increíbles intentos, hasta la velada especial del arranque, llevada a cabo con la emisión en vivo, desde el Teatro Coliseo, de la obra de Ricardo Wagner, “Parsifal”.
Primero fue la palabra, luego la música, y después todo lo cultural y popular del pueblo, el radioteatro asumiendo al principio obras del teatro universal, luego obras inspiradas en nuestros campos, hasta llegar a la representación en vivo con nutrido público en los estudios. Hubo tres grandes cadenas: LR1 Radio El Mundo, LR3 Radio Belgrano y LR4 Radio Splendid, todas enclavadas en la ciudad de Buenos Aires, pero cada una con una sucesión de emisoras que cubrían buena parte del país.
Los programas generalmente eran libretados porque no se admitían yerros, ya que la búsqueda era la perfección en tiempos, pausas, cadencia, habida cuenta de que cada medio como el teatro, el cine, la radio y la televisión, mucho tiempo después, poseen un ritmo que los caracteriza particularmente y los diferencia. La creatividad al servicio del oyente permitía buscar en el dial el programa que más nos convocaba, ya que permitían elegir el tema que se nos ocurriese. Hoy, un poco el ocio, la poca preocupación hacia el oyente -verdadero soberano de todo esfuerzo- hacen muy similares los programas, disminuyendo esa diferencia que permitían la feliz elección.
En esa evolución y cuando irrumpe la televisión, la radio se ve acorralada, ya que ese nuevo medio sumaba al audio la imagen, y equivocadamente inicia una “guerra” contra la TV. Cuando, en realidad, la calidad se obtiene con la competencia saludable entre sus similares, es decir, la radio y no la televisión, conclusión que le permitió, a partir de allí, entablar una tregua final, el mayor logro para crecer.
La radio se transformó en la compañera de todos los momentos del acontecer diario. Intima y coloquial, creció con el tuteo de los oyentes, ya que hizo uso de algo básico: escuchar las angustias, las penurias, las verdades que emergen, al ser “socia” de la gente.
Esa “confesión” que se permite el oyente, poder decir y ser oído, el fin de semana pasado se hizo realidad desde un programa de audiencia asegurada a través del opuesto: la televisión. Fue en el programa de Mirtha Legrand, cuando los cuatro invitados a la mesa fueron presentados. Tres eran notorios, pero el cuarto no lo había escuchado y, cuando después de un buen tiempo lo invitaron hablar, con mucha filosofía radial develó: “Yo solamente digo lo que escucho de la gente”.
Ese personaje inteligente, vital, de hablar sencillito, educado, es un cantante de cumbia, un juglar urbano que colecciona dichos de una simplicidad increíble pero de una verdad que corta como una daga. Su nombre es David Adrián Martínez, más conocido por “Dipy”, seguramente tomado del nombre con doble “p” del “Dippy”, antecesor de “Tribilín”, el personaje de historieta de Walt Disney. Lo inesperado fue que el “Dipy” se hizo viral con un tema al que le puso letra, que más bien es una puteada bien armonizada por todas las injusticias, y que para gloria, el plantel completo del PSG de Francia lo cantó a viva voz cuando obtuvieron el pase para la final de la Champions League, merced a la ayuda que le prestó Di María al pasárselo a los jugadores. El mismo recordaba la emoción al saberse “mimado” por la explosión que tuvo el suceso en todas las redes sociales de buena parte del mundo.
“Dipy” dijo cosas que fueron noticias que son verdades calladas generalmente, pero con total valentía y mucho respeto fue tomando la posta hasta convertirse en el centro de atracción de la popular mesa.
“El que te da plata te hace pobre”. “Nadie se está preocupando por la gente. Todos están tratando de salvarse, por eso siempre digo que la gente honesta no llega a la política”. “Desde el gobierno de Alfonsín hasta el día de hoy los escuchás (a los políticos) y dicen que les dejaron el país en llamas. Es de manual. Todo el tiempo tienen que estar solucionando algo y pasa el mandato y no solucionaron nada. Ellos están cada vez más ricos y nosotros seguimos igual”. “Veo que se están peleando por una reforma judicial, veo que el presidente después de la marcha (17 de agosto) dijo que no se van amedrentar, pero después vuelve con la reforma judicial y te das cuenta de que no les importamos”. Por supuesto que polarizó el decir de todos, y se sumaron al tema como si alguien, con una varita mágica, o Messi, les haya dado el pase al arco para hablar en serio de un país que no lo es”.
En buena parte de los cien años de la radio, esas palabras integraron y calificaron su historia que se hizo costumbre, felizmente, porque reivindica la mirada cálida y contundente de la radio. Cien años de radio y aún le sobran palabras por decir -no todas-, esas dolencias que las palabras transmiten solidariamente. Escuchar a la gente enriquece, enaltece y confirma que la palabra en radio tiene el rol protagónico. Y no está en hacerlas difícil, sino con la simplicidad de la naturaleza y el respeto que este idioma nos permite. La radio es un catalizador que permite expresar lo más complicado fácilmente. Entendernos, ayudarnos, acometer los problemas que se propagan y expanden. Un entretenimiento que ayuda a formar sentido común, criterio propio, carácter, sensibilidad.
La radio es un mundo maravilloso donde se dan todos los tonos, que crecen si la sinceridad tiene certeza. Acompaña sin molestar. Confidente y amiga.
La radio argentina durante cien años supo ponerle voz y alma a la historia que, palabra tras palabra, fue tejiendo una bandera sonora y preclara.

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