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Susana Levinston o “el amor antropófago”

Por El Litoral

Domingo, 30 de agosto de 2020 a las 01:02

Por Rodrigo Galarza
Especial para El Litoral

Sucede a veces (o casi siempre) que uno se cansa de todo y más en estos tiempos casi distópicos en los que las pocas certezas que este mundo plantea levitan sobre arenas movedizas. ¡A no engañarse, no! Cuando hablamos de certezas y de este mundo, no hablamos solo de sistemas de ideas extenuados o de la perseverancia del ser humano en aplastar al más débil; hablamos también de algo menos maquiavélico (strictu sensu): del cansancio individual para salir hacia el otro, sobre todo porque antes de que esto suceda uno se cansa de sí mismo, como bien lo expresara nuestro genial Oliverio Girondo: “Cansado, / muy cansado / de este frío esqueleto, / tan púdico, / tan casto, / que cuando se desnude / no sabré si es el mismo / que usé mientras vivía...”. A fin de cuentas nuestro animal simbólico no sabe muy bien qué hacer con eso de vivir en perspectiva de la muerte y así nos va…; aunque de pronto nos conmovamos ante la imagen de un niño que corre tras las palomas con el convencimiento de que atrapará alguna, instante en el que la esperanza vuelve a preñarse otra vez. 
Y siguiendo en la estela de los “cansancios” a este cronista (como seguramente a muchos de los lectores) le cansan a veces las redes sociales, sin embargo, otras le resultan celebratorias, como por ejemplo cuando permite conocer la obra de la asaltante de hoy. La voz de esta correntina afincada hace algunos años en Chile, parte quizá (o llega) del cansancio de los puentes rotos, o de aquellos que nunca se construyeron y que simularon existir, con sus diseños y luces guías, para que las orillas no sean tales sino el mismo temblor en la vida: (…) “te quedaste en el borde mirando allí adentro / queriendo escapar de vos mismo / cuando eras alcanzado por el olor de mi sexo abierto”. Hay algo de vencimiento en la poesía de Susana, o quizá solo sea aceptar que es imposible el amor sin cuchillos. Pero también hay ironía, y crudeza, e irreverencia consigo misma: “Tanta claridad no venía al caso / ni tanta oscuridad / debimos sembrar algunos grises / y esperar que los frutos insípidos / apagaran nuestro incendio”; “quería ser tu cerda inmunda / y creo que mal no me salió / pero a vos te faltó ser un caballero”.
En la poética de Levinston descubrimos aquello que afirma el salteño Teuco Castilla: (…) “la poesía puede descubrirnos todo un mundo para conducirnos a un solo secreto. O viceversa”. El mundo que nos acerca la poeta correntina está lleno de certezas que ya no son tales, pero que siguen doliendo aún desde la cenizas, desde los restos del festín propiciado por la práctica sexual que muestra o exige “un después”, un lugar donde cobijar el amor: “Eyaculas y te tiras al lado / al otro lado del silencio quiero decir / de soslayo miro cómo tu cansancio / cae en un pozo de donde no es posible sacarte”. 
Al vencimiento que señalamos podríamos también sumar “descreimiento”, ese tic tan presente en la posmodernidad y que, en Latinoamérica, se manifiesta con características propias más cercanas al “Cambalache” de Discépolo que a los postulados de Foucault: “Soy la mártir de los mingitorios / dejo que el placer alimente los sumideros…”.

Muestrario mInimo

eyaculas y te tiras al lado
al otro lado del silencio 
    [quiero decir
de soslayo miro cómo tu cansancio
cae en un pozo de donde 
    [no es posible sacarte

**
había un centro donde te amaba
donde la belleza era el eco de un         [temblor subterráneo
te quedaste en el borde 
    [mirando allí adentro
queriendo escapar de vos mismo
cuando eras alcanzado por el olor         [de mi sexo abierto

**
sucedió que manchamos 
    [nuestras sábanas
yo con el estallido de un óvulo
y vos con tu leche antártica 
en el medio
la cordillera se hundió
y no hubo modo de asirnos 
ni siquiera a la mentira

**
soy la mártir de los mingitorios
dejo que el placer alimente 
    [los sumideros
poco te importó mi adentro
ahora haré que tampoco 
    [mi cuerpo

**
desde el centro de mi útero
creció obstinada una hiedra
y se deslizó por entre mis piernas
buscando altura desesperadamente

pasado un tiempo 
no supo recordar camino 
    [de regreso
ni el temblor que le dio nacimiento

**
sables traías en tus manos 
    [y ortigas
yo violetas
jamás nos abrazamos
sin embargo el amor antropófago
no dejó ni un solo resto

**
por cansancio dejé que ella 
    [lamiera mi sexo 
quise sentirme doblemente mujer 
ser la prisionera ardiente 
    [de mi carne
y del rito delicado de su lengua 

**
no sé si era el pasillo lo que estaba     [oscuro
o mi entrepierna pidiéndote 
    [a gritos
que me clavaras contra la pared         [como a un lienzo
que desollaras de una vez mi ansia     [empapada de vos
pero vos no quisiste clavarme 
    [de frente
tomándome de los hombros
me diste vuelta
y no me clavaste
sino me obligaste a ver un cuadro
en el que alguien 
    [devoraba a su hijo

**
aquella corbata
que te regalé
tan llena de lengua quieta
a punto de decir Azul
a punto de volar un cielo  
aquella corbata
que te regalé
que tan bien te quedaba
usala en tu próximo cumpleaños
de una vez por todas usala
de una vez por todas
igual que aquel Judas
que tan hermoso colgaba del árbol
como una bolsa de papas

**
ponte en cuatro me dijiste y lo hice
y vos también
luego nos miramos y nos lamimos 
como dos perros sarnosos

**
quería ser tu cerda inmunda
y creo que mal no me salió
pero a vos te faltó ser un caballero

**
clavaste con furia tu bandera 
    [en mi cuerpo
ahora tu cuerpo es la furia 
    [de mi ausencia

**
tanta claridad no venía al caso
ni tanta oscuridad
debimos sembrar algunos grises
y esperar que los frutos insípidos
apagaran nuestro incendio

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