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Romy Espinoza o la invocación a la cigarra

Por El Litoral

Domingo, 31 de enero de 2021 a las 01:04

Por Rodrigo Galarza

Especial para El Litoral

Conocí a Rómulo Espinoza en los años noventa en su pueblo por adopción, Curuzú Cuatiá.  Por aquel entonces se organizaban allí lecturas de poesía y narrativa que me llevaron a tener la suerte de compartir con el propio Romy, Graciela Shust, María del Carmen Vianna, Nilda Nicolini, María del Carmen Jramoy, Mirta Sandoval, León García, entre otros. 

Muchos años después (¿acaso veinte no son nada?) volvimos a encontrarnos en la Feria del Libro de Caá Catí.

La palabra de Espinoza tiene la frescura y sencillez para ser cantada. Hace escala en la ternura y en la esperanza: “Me florece la esperanza / cuando llevas en las manos / un poco de tierra mansa / para sembrar un milagro”. 

Su palabra se enciende con antiguos rituales de la memoria, algunos de ellos son la niñez feliz que siempre está celebrándose: “Para el tiempo de la flor / remontaré la ilusión de mirarte / y treparé por las sombras / de la noche, mi mensaje”. 

La aridez de quien se pregunta por las grandes razones de la existencia, la búsqueda personal de la trascendencia a través de la voz poética como camino: “Cigarra no dejes / que me duerma hoy. / Sigamos cantando / busquemos a Dios, / en la oscura noche / de lluvia serena / y en la quieta calle / de las hojas secas”. 

Los personajes del pueblo que se construyen en el imaginario colectivo: “Recuerdo cuando llegaba / don Fleitas, el aguatero, / mulato de canto triste / y blanco puro por dentro”. “Eladio es de todos / como las estrellas / va de casa en casa / con un canto a cuestas”. También se retrata con gran acierto la injusticia social: “En esta tarde sin sombras / sentados en la vereda / están como distraídos / un pequeño y la pobreza”.

La poesía de Espinoza conmueve por su lirismo reflexivo, por su hondura expresiva en su cometido de decirse diáfana y musical: “Mis secretos suman tres: / dos tristezas y un silencio, / son guitarras que no suenan / y monedas que no cuento”. “Mira cómo caen / al suelo mis penas, / soy un árbol viejo / de esperanzas nuevas”. 

No faltan en su palabra el amor filial y también a la mujer: “Porque tienes la inocencia / de temblar con mis nostalgias / me enternece la aventura / de llorar sobre tu falda”.

En suma, la poesía de Romy Espinoza pone en movimiento aquella gran verdad que se le atribuye a Tolstoi: “Pinta tu aldea y serás universal”.

¡Salud, poesía y libaciones!

Muestrario 

mínimo

Si preguntas

Si me preguntas quién soy

diré: lucho por saberlo.

Si me preguntas qué pienso

sabrás algunos secretos.

Mis secretos suman tres:

dos tristezas y un silencio, 

son guitarras que no 

    [suenan

 y monedas que no cuento.

Si me preguntas qué sueño

Entonces verás lo eterno.

Y lo eterno es sólo Dios

sin distinciones de credos

como el rosal da su flor

igual en todos los huertos.

Si me preguntas, ¿feliz?

yo te diré inmensamente

y si me acusas de triste

puedo decir desde siempre.

Si me preguntas el fin

al cual mi vida se aferra,

no sabré si es para mí

o soy yo para la tierra.

Siesta

En esta tarde sin sombras

sentados en la vereda

están como distraídos

un pequeño y la pobreza.

El árbol que los vigila,

ramas torcidas de viejo, 

ya no pretende en la vida

más que el color de su cielo.

El niño sueña con verlo

y en la tarde somnolienta

imagina que está lleno

del amor que se le niega.

La pobreza no le habla,

tampoco el niño contesta;

existe un pacto entre ellos

a la hora de la siesta.

Ternura

Me enternece la mirada

de tus ojos sobre el campo

cuando contemplas el sol

desmayado en el ocaso.

Me florece la esperanza

cuando llevas en las manos

un poco de tierra mansa

para sembrar un milagro.

Por esa simple manera

de andar cruzando la casa

con la sonrisa entreabierta

y casi siempre descalza.

Porque tienes en el cuerpo

la plenitud de mi alma

y te levantas temprano

con la frescura del agua.

Porque tienes la inocencia

de temblar con mis 

    [nostalgias

me enternece la aventura

de llorar sobre tu falda.

En el apuro del día

En el apuro del día

me olvidé de tres cosas:

de escribir una carta,

rezar un salmo y cuidar

    [una rosa.

Si me hubiera acordado

moriría una espera,

crecería mi alma,

viviría una rosa.

Qué cosas hice en el día

yo me pregunto, ¿qué cosas?

que me olvidé del amor

que me olvidé de la rosa.

Canta la luna llena

sobre mi ventana sola;

todo un día ha pasado

sin triunfos ni derrotas.

El silencio de la noche

desespera y acongoja,

se me escapó la mañana

y la tarde se fue sola.

En el apuro del día 

se me olvidaron tres cosas,

voy por la noche sin Dios,

sin amores y sin rosas.

Sigamos cantando

Cigarra no dejes

que me duerma hoy.

Sigamos cantando

busquemos a Dios,

en la oscura noche

de lluvia serena

y en la quieta calle

de las hojas secas.

Sigamos cantando

que el canto me alegra

y el otoño es triste

cuando no se sueña.

Mira como caen

al suelo mis penas,

soy un árbol viejo

de esperanzas nuevas.

Amiga Cigarra

no dejes que duerma,

sigamos cantando

que la vida empieza.

Vale más quien canta

que el que mucho piensa

Y nuestra alegría

más que mil tristezas.

La bicicleta del abuelo

Tengo en esta vida

pocas cosas ciertas,

esta bicicleta

es una de ellas.

Hace mucho tiempo

-siempre nos comenta-

la eligió el abuelo

por las gruesas ruedas.

Todavía sirve

nunca queda vieja,

como la esperanza,

como la tristeza.

Es negra, bajita,

sin porta-cadena

y siempre en el patio

sabemos que espera.

Es de nuestro abuelo

por eso es eterna

y nos pertenece

como las estrellas.

Cuando yo era niño

aprendí con ella,

creía dar vueltas

en algún cometa.

Y no me pregunten

qué tiene de bella,

hay cosas del alma

que jamás se expresan.

El porta-equipaje

es una alacena

si el abuelo vuelve

desde la despensa.

Ya no frena bien

con el de la izquierda

pero pedaleando 

parece que vuela.

Tengo en esta vida

pocas cosas ciertas,

un abuelo niño

y una bicicleta.

Aguatero

Ayer anduve cantando

camino del río viejo,

temblando con cada cosa,

que me traía un recuerdo.

Desde mi casa hasta el río

hay dos espacios de tiempo,

uno se fue con mi infancia

al otro lo voy perdiendo.

Recuerdo cuando llegaba

Don Fleitas, el aguatero,

mulato de canto triste

y blanco puro por dentro.

El carro sonaba a todo,

latas, madera y cencerro,

los gurises lo seguían

cegados por su misterio.

Ayer anduve cantando

camino del río viejo,

todo estaba como entonces,

menos tu carro, aguatero.

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