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El indescifrable letargo cívico

Resulta difícil de explicar la actitud pasiva de la sociedad ante tantas decisiones políticas imprudentes. La indignación y la bronca no han alcanzado, hasta ahora al menos, para modificar las clásicas dinámicas que se instalaron como rutinarias. 

Por Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

@amedinamendez

Este es un fenómeno muy propio de esta convulsionada era, aunque también ha sucedido, de un modo diferente, en otras épocas siempre ante circunstancias muy particulares que a la luz de los hechos merecían una reacción potente que nunca aparecía.

Es probable que esta sea la hora de empezar a entender cómo funciona pormenorizadamente este esquema. Los gobiernos habitualmente empujan con enorme determinación cometiendo despropósitos de toda clase justamente porque cuentan con esa suerte de predecible inercia social.

Los que gobiernan especulan con que esa secuencia se volverá a verificar. Frente a una eventual insensatez surgirá una abrumadora protesta que se expresará en redes sociales, en medios de comunicación tradicionales y hasta es posible que derive en una andanada de movilizaciones callejeras.

Los autores intelectuales de ese tipo de tropelías absurdas saben que es un episodio pasajero. Es solo cuestión de resistir. En unos días o quizás semanas todo se apagará y el plan original se habrá ejecutado en total acuerdo con lo oportunamente programado.

La gente se desahogará, lo hará con vehemencia, pero como la vida debe proseguir, si el incidente no toma dimensiones escalables, se terminará asimilando como normal, ya no con una anuencia aprobatoria, pero si con la mansedumbre prevista por los cerebros de este perverso proyecto.

En definitiva, ellos saben lo que hacen, pueden decir o implementar casi cualquier cosa. El enfado de los votantes es efímero. Puede emerger y hasta lograr cierta intensidad, pero su duración inexorablemente será exigua y pronto todo volverá a la normalidad hasta que arranque un nuevo capítulo.

Cuando se investiga lo que ocurre resulta muy complicado racionalizarlo. El sentido común dice que muchas de las atrocidades cometidas no merecen ser perdonadas ni mucho menos reconocidas sin embargo la comunidad, con cierta resignación renueva el crédito indefinidamente sin lógica alguna.

Apoyar indefinidamente a delincuentes y corruptos, inútiles y mentirosos parece muy poco inteligente, pero a pesar de todo los exabruptos que ofrece la cotidianeidad es lo que termina acaeciendo invariablemente.

Muchas personas se enojan frente a esta tragedia. De hecho, cada vez son más los que exigen un cambio drástico a los demás ante estas situaciones indeseadas, pero evidentemente por ahora eso no parece alcanzar.

Los líderes y los partidos políticos no mutarán un centímetro su modalidad. No tienen ningún incentivo tangible para llevar adelante esa transformación. Permanecerán donde están, haciendo lo de siempre, aplicando su eficiente mecánica de avanzar sin pedir permiso, administrando su nefasto menú de opciones, ese ante el cual la voluntad popular tiene un escaso peso relativo.

La línea de acción que se podría recorrer requiere primero comprender acabadamente cómo funciona la totalidad del proceso, analizando no solo el momento inicial en el que todos se ofuscan sino el otro instante clave, ese en el que todo se diluye hasta desaparecer por completo.

Thomas Jefferson decía que “el precio de la libertad es su eterna vigilancia”. La fragilidad comunitaria de este tiempo, la volatilidad de los acontecimientos y la llamada sociedad líquida no consiguen incorporar a la perseverancia a la hora de defender las convicciones como un ingrediente central para dar la batalla contra los malvados personajes del presente.

Ellos se salen con la suya porque han conseguido neutralizar a las mayorías silenciosas, a los iracundos ciudadanos de hoy, esos que no son capaces de sostenerse en el combate y que claudican porque las cosas no se solucionan a la velocidad que demanda esa ansiedad social que los atraviesa.

Las grandes causas merecen mucha más dedicación y un esfuerzo gigantesco, una persistencia a prueba de todo y además suficiente tolerancia a la frustración como para no rendirse ante el primer escollo.

Nada de eso asoma por ahora. Solo pululan reproches de unos a otros, un sistema que no sólo resulta ineficaz, sino que destruye la base esencial para la construcción de una masa crítica capaz de frenar a los temerarios proyectos que aguardan su turno para entrar pronto en escena.

Tal vez valga la pena dejar de mirar al costado, de hacerse los distraídos, de reclamar a otros esa acción que los más locuaces exigen a los demás y preguntarse qué se está dispuesto a hacer. Si la respuesta a esa pregunta es “poco y nada”, entonces habrá que aceptar la derrota como un emergente natural de esa postura insuficiente y pusilánime.

Después de todo, lo que sucede a diario está dentro de lo esperable. 

Los políticos lo saben y por esa razón es que repiten su exitosa fórmula sin temor alguno. Casi todos olvidarán sus fechorías y hasta es probable que terminen votándolos de nuevo, solo porque en la vereda de enfrente están sus adversarios, esos que parecen peores.

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