La diferencia entre el dólar que se paga en el mercado financiero y el que obtiene el agro es cada vez más grande.
El viernes se podía vender un dólar en el mercado de Contado con Liquidación y obtener a cambio 220 pesos. Se trata de un tipo de cambio, en términos reales, de los más altos en lo que va del siglo. Para el agro, el panorama es totalmente distinto.
Por efecto de las retenciones, y debido a que se liquida al tipo de cambio oficial, un productor que ese mismo día vendió trigo o maíz obtuvo por cada dólar 88 pesos. Por la soja, al subirla a un barco, se obtienen apenas 67 pesos. El dólar soja, 70% más bajo que el dólar contado con liqui.
La distancia entre el dólar contado con liqui y el dólar agro es la famosa brecha cambiaria, uno de los temas que resaltan en la discusión económica y que también está presente sobre la mesa de negociaciones que desde este lunes reunirá a funcionarios argentinos y del Fondo Monetario Internacional, que deben a su vez achicar otra brecha: entre los esfuerzos que está dispuesto a hacer el Gobierno para llegar a un acuerdo con el FMI, y lo que reclama.
El mercado no prestó atención a lo que dijo el titular del Banco Central, Miguel Pesce, sobre el valor del contado con liquidación. El presidente del Bcra dijo que le parece “absolutamente irracional” que se pague ese precio.
En el caso de la soja, por ejemplo, lo que obtienen los productores argentinos está bien lejos, desde ya, de lo que obtienen los productores de Paraguay, Brasil o Uruguay, que, sin retenciones y con tipo de cambio único, se hacen del precio completo de lo que valen los granos y oleaginosas en la Bolsa de Chicago. La brecha y las retenciones forman para los productores argentinos un Muro de Berlín. Los argentinos, en este caso, se quedaron del lado Este del Muro.
Esa brecha cambiaria está presente en la estrategia cambiaria del Gobierno, que la semana pasada fue expresada en público Pesce, quien en la reunión anual de la Unión Industrial Argentina (UIA) señaló que el ritmo de devaluación del tipo de cambio oficial está subordinado a la evolución de la inflación.
Pesce admitió que tuvo que frenar la devaluación del peso en abril por el salto inflacionario que se observó en el primer cuatrimestre del año.
Y reconoció que su intención de acelerar el paso de la devaluación depende, de ahora en adelante, de que desacelere la inflación.
Ocurre que el tipo de cambio oficial es uno de los anclas que usa el Gobierno para contener la suba de precios. Con el atraso cambiario acumulado este año -el dólar oficial solo 16%- la inflación está cerca del 50%. Y la inflación esperada no deja margen al Banco Central para devaluar más rápido. El Relevamiento de Expectativas apunta a que la inflación de 2022 será aún mayor que la de 2021.
El Fondo Monetario reclamará bajar la brecha cambiaria porque las distorsiones que surgen de un dólar que vale $ 100 en el oficial y $ 220 en el paralelo contaminan la actividad económica en su conjunto.
No solo que se incrementa la demanda de importadores para capturar ese dólar barato y se ralentiza lo que se pueda la liquidación de exportaciones, sino que es un factor de presión constante sobre las reservas, porque obliga al Central a abastecer a los importadores y también a intervenir de diferentes maneras en el mercado financiero para contener la expansión de dicha brecha mediante compras y ventas en el mercado de bonos y en el mercado de futuros.
(AG)