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Los exilios de Juan José Folguerá

“La poesía no es representación ni imitación de la vida al modo pictórico, sino que vida humana y poesía son una y la misma cosa, puesto que idéntica ley de misteriosa aparición y desaparición súbitas rige a ambas y, en el medio, el destello de la conciencia”. J. J. Folguerá 

Por Carlos Lezcano

Especial para El Litoral

La publicación de “Juan José Folguerá, mi hermano poeta” es, sin duda, unos de los acontecimientos más relevantes del ámbito cultural de Corrientes, ya que Stella Maris Folguerá, gran escritora y cronista, cuenta la vida de este poeta fundamental de Corrientes a la vez que recorre su obra de manera inteligente y amorosa. También podríamos decir que es al revés, que a través de sus poemas recorre su vida. En realidad, es lo mismo porque Juan José vivía en poesía y la poesía en él.

La poesía “era lo suyo. Cantar para todos, cantar por todos. Lo mío, en cambio,  es contar. Y voy a contar sobre Juan José Folguerá, mi hermano”, dice la autora de este libro central para los estudios culturales de Corrientes.

También podemos decir que el que cuenta se cuenta, y eso pasa con Stella. A través de esta crónica podemos ver también a la exquisita lectora y escritora que hay en ella.

—¿Por qué la necesidad de escribir este libro, cómo comenzó, cómo se gestó, cómo se escribió? 

—Se gestó a lo largo de la vida, pero la necesidad de escribirlo, surgió como surge la necesidad de escribir cualquier historia, supongo. Sucede que la cuarentena —que ya no sé cuál sería la palabra que define este periodo de encierro en el que estamos, porque la cuarentena hubieran sido cuarenta días y son ya varios cuarenta días que llevamos adentro—, nos sumergió en introspecciones y recuerdos, nos puso a revisar papeles, a ordenar estantes y a ordenar y desordenar la cabeza varias veces. 

Tenía muchos papeles de Juan José por ahí dando vueltas, escritos por él o míos, algunos apuntes de aquel Festival de Poesía que le dedicaron. Comencé a reunirlos y a releer su poesía desde esa situación de encierro y con los años que ahora tengo. Porque ahora soy su hermana mayor, tengo más años que él y tal vez mi lectura no sea demasiado diferente —la lectura de su poesía, digo— de la que siempre hice, pero sin dudas el crecimiento, la madurez, el acumular años y vivencias, y también una experiencia como esta que vivimos, que él no conoció, me contactó con él de alguna manera que no sé definir. Y el libro surgió. Surgió a partir de que comencé hacer apuntes míos, al margen de sus poemas.

Recuerdo un cuatrimestre de unas cátedras extracurriculares que se dictaron en Extensión Universitaria sobre escritores correntinos. Cuando tocó el turno de Juan José, muchas veces en esas clases me sorprendí al leer sus poemas y hacer descubrimientos: “¡Pero este tipo habla de tal cosa!”. Es decir, descubrí lo que antes no había visto, hice apuntes, y eso fue en aumento, creció, se juntó y se armó nuestra biografía compartida, ya que mi lectura es a partir de lo que sé de él por lo que compartí con él.

—El prólogo de Gustavo Sánchez es realmente muy conmovedor y me gustaría que cuentes qué te pasó cuando lo leíste.

—Descontaba que ese prólogo iba a ser una pieza literaria. Primero por la forma en que escribe Gustavo, segundo porque es un lector muy inteligente, muy perceptivo de la poesía de mi hermano. Lo ha leído con mucha atención y además le tenía mucho afecto. Así que también descontaba que estaría muy impregnado de la ternura, de ese afecto. Por eso le pedí que lo hiciera, porque quería que el prólogo fuera de un lector de Juan José, no de un lector de lo mío, alguien que en mi libro leyera a Juan José, no a mí. La intención que en definitiva di a los papeles, apuntes y anotaciones que reuní, fue que se contara él mismo, que no primara mi voz en el libro, sino la suya. Lo único que hice fue acotar mis propias experiencias, mis propias sensaciones con relación a su poesía. No soy una académica de la literatura, no tengo la idoneidad para hacer un análisis literario de poesía, mas sí mucho conocimiento del género y su teoría, no solo por haber leído mucho y vivido con un poeta, que no es poco aprendizaje, sino con padres que amaban la poesía y nos la daban en las sobremesas en un intercambio de clásicos y de obras de diferentes épocas.

—Es conmovedora la imagen de Sánchez Mariño donde dice que “Juanjo” vivió en su insonoridad y que desde allí construyó una poesía.

—Él construyó un mundo, en medio de ese silencio en el que vivía. Construyó un mundo que a veces lo hizo tropezar con la realidad, porque ese mundo no se ajustaba a la realidad. A veces le pasaba que se sorprendía con una realidad diferente a la que él había construido. Él era, Gustavo lo dijo en la presentación del libro, era un ser limpio, puro. Por ahí en el libro digo que la sordera lo mantuvo al margen y también a merced de la realidad. Porque indudablemente la sordera lo puso fuera de muchas situaciones, de muchos matices de la realidad. El sordo es una persona que lucha contra el aislamiento. A él, en sus primeros años y hasta que se fue, lo ayudó mucho mi padre, porque mi padre se dedicó a que él no fuera un aislado.

—¿Podés contar cómo?

—Mi padre se propuso algo y te cuento que no era suya la consigna que adoptó para estimular a Juan José: “Al sordo no solamente hay que hablarle, sino que hay que darle de qué hablar”. Le hablaba permanentemente. Provocaba una conversación continuada con él para que no se dejara llevar por el silencio. En mi casa, en la que no se gastaba plata en demasiadas frivolidades, comenzó a comprarse Radiolandia, porque Radiolandia en las últimas páginas tenía, completa, la programación radial de todas las emisoras nacionales. Al mismo tiempo mi padre hizo construir con un sabio sin fama que había acá en Corrientes, un aparato estrafalario para que Juan José pudiera escuchar radio. Le dijo “yo quiero esto” y el genio aquel, que manipulaba componentes de radio, construyó un aparato, una caja de madera amarilla llena de lámparas y de cables, del que salían dos enormes auriculares que se conectaban a una radio. El sonido se amplifica todo lo que necesitaba una persona que tenía sólo un poco más de un treinta por ciento de la audición normal, para que estuviera al tanto de todo, de lo que le interesara conocer por su propio interés y de lo que hablaban sus coetáneos. Entonces, él podía hablar de fútbol, podía hablar de política, podía hablar de lo que fuera porque estaba conectado con el mundo, con las noticias, con lo cotidiano, por medio de su radio y, a través de mi padre, también con la más exquisita literatura. Él se metió en la literatura, se metió en los libros y armó su mundo en el silencio.

Hay un poema que le dedicó a mi abuelo, que era músico, en el que dice dos cosas que son para mí importantísimas para definir su relación con los libros y también con la música, la sonoridad de su poesía. Le dice en unos versos “me enseñaste —porque mi abuelo marcaba los libros, los escribía con lápiz entre líneas o a margen— a través de tus marcas me enseñaste cómo se comunican hombre y libro en el más cálido silencio”.

—De Pedro Crespo estamos hablando.

—Sí, de mi abuelo Pedro Crespo. Es un poema que está en el libro. Lo otro que le dice en ese mismo poema es para mí una definición clarísima de cómo él, siendo sordo, tenía oído absoluto para la poesía. Mi abuelo era pianista y en ese poema él recuerda sus manos siempre en el teclado y le dice “dejo mis manos en las tuyas cuando escribo algunos versos”; o sea, es en la música de mi abuelo donde él busca el ritmo, la rima, la métrica de su poesía, en la música que él oye dentro de sí busca la música de su canto.

—El libro tiene algunas ideas que van a repetirse, pero no como una cosa machacona sino como el traslado de ideas y sentires a lo largo de la vida, y obra de Juanjo, que está planteado en la primera página. Un Juan José exiliado de varias cosas. 

—Juan José era un nostálgico de muchas cosas, pero creo que su primer exilio fue justamente la sordera; la sordera fue el exilio a un mundo particular, suyo, que transcurría entre libros. Pese a que él se comunicaba mucho con nosotras, jugamos mucho, éramos niños de juegos muy imaginativos, que en general inventaba y creaba él a partir de los libros, porque nuestras heroínas y “heroínos” salían de los libros. Juan José era Flash Gordon, Juan José era Rip Kirby, Juan José era Mandrake, Juan José era el Llanero Solitario y, sobre todo, era don César de Echagüe, “El Coyote” de José Mallorquí. Nos seguían dos amigos que vivían frente a casa y eran de presencia permanente. Nosotros tenemos en casa un fondo muy grande, muy accidentado entonces, muy lleno de malezas y vericuetos, muy propicio para los juegos infantiles, sobre todo esos juegos en los que nos imaginábamos a caballo, frente a bandidos y bandoleros. A veces hasta nos poníamos antifaces.

Juan José inventaba todo eso, pero al mismo tiempo tenía larguísimas horas de no estar, aunque estuviera. Su sordera se hizo evidente porque cuando éramos muy chicos, a mi madre le llamó la atención que Juan José no acudía a los llamados, no obedecía algunas indicaciones. Pensaron primero que era un exagerado ensimismamiento en la lectura, pero pronto mi padre comenzó a hacer pruebas con él. Recuerdo que entonces todavía vivíamos en casa de mis abuelos, acá la vuelta, por la calle Mendoza, y en las noches veraniegas de Corrientes, cuando la gente se sentaba en las veredas —por lo menos en el barrio La Rosada se sentaba— nos mandaban a los tres más grandes —no sé si mi hermana menor había nacido ya o era muy chiquita— a la esquina del Automóvil Club y nos llamaban desde la casa de mi abuelo. Acudíamos las dos mujeres —Amaya, mi hermana mayor y yo— y Juan José no oía el llamado. Así comprobaron que estaba sordo, porque Juan José no nació sordo, quedó sordo a los cuatro o cinco años.

Por suerte fue un hablante y un lector precoz. Aprendió a leer a los cuatro años y desde muy chiquitito habló muy bien. Eso lo salvó de la dificultad que tiene el sordo profundo para hablar y en el aprendizaje. Mi papá contó una vez… Mi papá y él eran asiduos concurrentes a la librería García. Todos los días de la vida iban a la librería García. El after office, como se llama ahora, los señores lo hacían en el antiguo Café Meca, ahí por la calle La Rioja frente a la radio. Al lado del Café Meca estaba la librería de García. 

Mi papá llevaba el mismo rumbo que todos los demás, pero no entraba en el café, sino en la librería García a revisar las novedades y qué había y qué no había. Juan José se sentaba en el suelo con lo que había pescado de algún anaquel o alguna mesa y leía mientras mi papá estaba allí. A veces mi papá se volvía y él se quedaba ahí preso en su lectura. Dos cosas puedo contarte de ese tiempo: que don Guillermo García, el dueño de la librería, todos los días cuando iban a cerrar, a las ocho de la noche, decía “Revisen si no está Juan José en alguna parte”; porque él no se enteraba de que se cerraba y podía quedarse adentro. Y lo otro es que una vez contó mi padre que una persona desconocida para él, un hombre joven, al ver a Juan José sentado en el suelo con un libro y que mi papá hacía que lo mirara para hablarle y Juan José le contestaba, le dijo: “Qué suerte tuvo usted de que su hijo tuvo tiempo de aprender a hablar y a leer. Yo tengo uno que no tuvo ese tiempo”. Juan José fue precoz en todo y eso lo salvó.

—¿Por qué decís que además fue un exiliado de España y después de Corrientes y otra vez de España, y exiliado del país de la infancia?

—Bueno, exiliado del país de la infancia porque él fue un añorante de aquellos tiempos en los que todos… y lo dice en varios poemas, lo dice en un poema que se llama “Versos al caer la tarde” y también en otro que es inédito que se llama “Traspatio mundo”… Fue un añorante de aquellos tiempos de familia completa, de juegos, de inocencia, en los que no había problemas, de la fantasía en la que podía vivir, que por supuesto después en los años adultos ya no pudo permitirse. Añorante del afecto que había en nuestra casa, del que él se privó voluntariamente. En una nota que le hicieron afirmó que iba a  “seguir con esto que decidí ser con mucho dolor mío y de los míos”. Ese fue su exilio del país de la infancia. Cada una de nosotras también desarrolló una personalidad que hizo que nuestra relación fraterna fuera diferente que la que teníamos cuando niños y él tenía el empecinamiento en convencerse de que aquello no había, ese es su exilio del país de la infancia. Además, era muy memorioso, recordaba todo: recordaba sus años de escuela Belgrano, sus años del Colegio Nacional, siempre con añoranza.

Exiliado de España. Exiliado de España éramos todos en esa casa, porque se pasaba la puertita del fondo que comunicaba mi casa con la casa de mi abuela y pasábamos a vivir en Simat, en Valencia, pero en un Simat evocado, en un Simat añorado, que era una foto color sepia al que nadie podría volver, un lugar, su lugar, que habían dejado muchos años antes, donde habían quedado muchos parientes, muchos afectos incomunicados por el analfabetismo y por la distancia que, entonces, parecía inconmensurable. El Atlántico se tragaba a los europeos y los hacía desaparecer.

—Pero, a la vez, cuando vive en España es un exiliado de Corrientes, ¿no?

—Es evidente que en todo lo que escribe de España, en los libros que publica en España, está Corrientes.

—Ahí aparece otro gran tema. Escribió a lo largo de toda su vida y siempre está Corrientes.

—Siempre escribió sobre Corrientes. Tanto así que al fondo de mi casa lo llamaba Ítaca.

—Claro, exactamente. Hay un Ítaca infinito, ¿no?

—Eso lo digo yo en el libro, en procura de entrar en su sentimiento. Ítaca tiene la forma del infinito. Cuando con su mujer, Marta Méndez, nos referimos al fondo de mi casa… —El fondo mi casa tiene mucho significado para nosotros los Folguerá que nos criamos allí—, siempre decimos Ítaca. Marta suele decir: “Tengo muchas ganas de ir a sentarme con vos a charlar en Ítaca”. En el medio de ese patio por muchos años vivió un lapacho debajo del cual Juan José se sentaba a leer y al que le dedicó un poema del que sobreviven solo algunas estrofas. Tampoco vive ya el lapacho. 

—¿Cuándo fue la última vez que charlaste con él y querés contarnos cómo fue?

—La última vez que charlé con él fue el día de mi cumpleaños del año en que murió, 2004. Para mí, mi cumpleaños suele pasar inadvertido, excepto que es un día que me gusta, pero que no celebro de modo particular. Él se empecinó ese año en que quería venir para mi cumpleaños, por lo cual, organizamos una reunión familiar. Yo no cumplía ninguna edad especial, era un año más nomás. Pero soy consciente de que yo era especial para él, teníamos mucha afinidad y tenía conmigo una gran debilidad. Sobre eso, te cuento algo que a mí me conmocionó. Un día, refiriéndome a un poema en particular, le dije “Te corregí un poema: te cambié ‘trigal’ por ‘maizal’”. Ahora me espanta mi atrevimiento. Pero él me contestó: “Vos podés hacer con mi poesía lo que se te dé la gana. Sos mucho más inteligente que yo”. Cuando me lo dijo, pensé: “¡Epa, cuidado! Cómo confía este en mí, cómo confía en que tengo criterio, capacidad como para abarcar lo que hizo y no tergiversarlo”… “Vos podés hacer con mi poesía lo que se te dé la gana” fue mucho. Jamás volví a atreverme ni a cuestionar un texto suyo. A lo mejor me lo dijo para que tuviera ese efecto. No sé. Era muy inteligente y me conocía bien.

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