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Mirando al 23 desde el mojón correntino

Por Emilio Zola

Especial Para El Litoral

Lo que pasó fue que estaban cansados de esperar lo que nunca llegaba. En vez de trabajo recibían planes; en vez de seguridad predominaba la inexplicable disputa entre un ministro bonaerense y una ministra nacional; en vez de educación, confinamiento; en vez de salud, vacunatorio VIP y en vez del ejemplo, el cumpleaños clandestino de Fabiola.

Y así como los consumidores de este siglo XXI abandonan vertiginosamente la TV para irse al streaming, migran de YouTube a Twitch y apagan la señal de Espn para ver al verdadero Messi a través de las transmisiones de Ibai Llanos, los votantes argentinos se desembarazaron de la promesa peronista para apearse a una nueva configuración opositora que ya no es aquel frente monolíticamente alineado detrás de Mauricio Macri, sino un nuevo espacio en formación, cultivado en un compost de liderazgos menos estridentes, menos etnocéntricos.

El cisma de la coalición gobernante, con las renuncias públicas de los ministros cristinistas, el audio de la ultradiputada Vallejos y la carta abierta de la vicepresidenta con el consiguiente cambio masivo de gabinete, fue la consecuencia más impactante de la derrota sufrida por el oficialismo en las Paso. La crisis política de Alberto vs. Cristina ganó los titulares y monotematizó las redes sociales, pero hubo otro efecto, menos sonoro y más profundo. Es el que comenzó a observarse en las filas opositoras a partir del 12 de septiembre, momento bisagra que marcó el inicio de un proceso defragmentador (el famoso “defrag” utilizado para reparar discos duros) con el propósito de licuar las diferencias internas en Juntos por el Cambio, motivado por una convicción con visos de certeza: en 2023 no habrá espacio para un nuevo gobierno peronista.

Del ridículo no se vuelve, solía decir Juan Domingo Perón como aleccionadora admonición para quienes rompían los códigos no escritos de la política. Y la verdad es que el caos institucional en que sumieron al país los máximos líderes del Frente de Todos (¿se sigue llamando así?) puede ser muchas cosas, pero por sobre todo es un colosal papelón viniendo de dos figuras de primera línea que se conocían con mañas y todo desde hace décadas. Cristina Fernández siempre supo lo que podía pasar con Alberto y Alberto siempre supo que tendría a Cristina respirando sus cervicales.

La crisis política e institucional que condujo al Presidente a un vacío de poder sin precedentes estuvo signada por lo previsible. Era de esperar dada la naturaleza de los protagonistas, en función de una derrota que los dejó al desnudo y echó luz sobre una verdad irreductible: el pueblo, entendido como el argentino de a pie que se quedó sin sueldo por culpa de la escalada inflacionaria, decidió mirar para otro lado. Prefirió distintas alternativas de un menú alternativo en el que se fortaleció la idea de un nuevo armado para 2023.

La estrategia de Horacio Rodríguez Larreta como virtual candidato presidencial será mantener toda la distancia posible del hervidero nacional (por aquello de que no hay que interrumpir al enemigo cuando se equivoca) y amalgamar una nueva relación societaria con los ganadores de las Paso, entre los que volvió a brillar el vasto horizonte federal que caracteriza al radicalismo, revitalizado desde tierra adentro con demostraciones de fuerza que eran ignoradas por la porteñidad hasta que desde Corrientes se oyó un grito de victoria con el 76,9 por ciento de los votos obtenido por el gobernador Gustavo Valdés.

El récord del mandatario correntino es parte esencial de una realidad refrescante para el histórico partido de Leandro Alem. Y no se trata de una sorpresa, como pudo haber sido visto su logro desde Buenos Aires, sino de un proceso que todavía no hizo cumbre, pues la UCR exhibe el caso Valdés como un ejemplo de resurgimiento y en tanto argumento para el reclamo de participación igualitaria en el diseño de la avanzada que irá por el poder dentro de dos años.

Si en 2015 el juego democrático permitió el personalismo macrista como eje de lo que en su momento fue Cambiemos, hoy los créditos del radicalismo contrapesan cualquier cucarda que pueda esgrimir el PRO al punto de que vale la pregunta de si el liderazgo de la futura alianza antagonista debería necesariamente recaer en los amarillos, cuya territorialidad se reduce a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Desde esa perspectiva, no es descabellado posicionar a Valdés entre los potables para una eventual candidatura presidencial, expresión de deseo de sus correligionarios que el ituzaingueño recibe como halago, mas no como proyecto, dado su compromiso de oro con Corrientes.

¿Por qué Valdés cobra tanta relevancia? ¿Por qué en la metrópolis demoraron los festejos del domingo 12 para esperarlo, con tal de que estuviera en la foto de aquella noche redentora? La respuesta está en los números y no solamente de las elecciones recientes, sino del crecimiento sostenido que la opción radical (como cabeza de la alianza provincial ECo) logró en los últimos años. Al 76,9 por ciento de agosto se sumó el 60,17 por ciento cosechado por los candidatos que respaldó el gobernador en las primarias, en la que fue la diferencia más amplia obtenida por sobre el justicialismo en el mapa nacional.

Las cifras de las elecciones celebradas en Corrientes durante la segunda mitad de la década pasada indican una consolidación paulatina pero incesante de la opción no peronista en cada contienda nacional. Hasta 2015 se mantenía la regla según la cual los comicios provinciales eran para ECo y los nacionales para el PJ, pero en 2017 (el año en que Gustavo Valdés llega a la gobernación), el PJ ganó las Paso por un punto y medio pero perdió la general por 15 puntos.

En 2019 el justicialismo volvió a ganar las nacionales traccionado por la buena imagen que en ese momento ostentaba Alberto Fernández, pero con un factor clave a su favor: en Corrientes no se disputaron comicios gubernativos y, por ende, las localías no gravitaron en una compulsa que no ponía en juego la ecuación política provincial. Hasta que llegamos a 2021, con los guarismos que ya se saben y que, tal como están las cosas, se repetirán en noviembre. 

Para barajar y dar de nuevo en la entropía nacional quedan dos años que en realidad es uno. Para mediados de 2022, conforme la pandemia se vaya convirtiendo en endemia, los políticos pondrán en práctica sus habilidades para el consenso interno de manera que el surtido de nombres convocantes que aquilata el arco opositor se transforme en una maquinaria electoral que llegue al año 23 con vocación ganadora.

Y si de concertar se trata, Corrientes es un mojón orientador a partir de las evidencias que pueden observarse en el estilo valdecista de construir poder, tan divorciado de las fracturas de cuño estalinista y, por ende, tan comparable con los procesos aluvionales que horadan la piedra sin daños colaterales, en armonía con sectores y figuras de la política provincial que en otros tiempos no hubieran podido siquiera pisar la vereda de Salta y Mayo. ¿Ejemplos? Hay muchos. Solo hay que saber mirar.

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