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La precocidad de la nueva obsolescencia

Se viene hablando hace varios lustros de la celeridad con la que el mundo se transforma y de la relevancia que tiene adaptarse activamente a ese vertiginoso proceso. Pero son demasiados los que quedan atrás sin chance de seguir el pulso de los acontecimientos. 

Por Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

@amedinamendez

Este fenómeno no es local, sino global, y se puede verificar en casi todos los ámbitos de cualquier comunidad. Sucede en la política y en la economía, ocurre con los negocios y también con las profesiones, aplica a la vida personal y obviamente a cada una de las relaciones sociales. Se trata de esa capacidad que los seres humanos han desplegado para adecuarse al progreso, ese que termina modificando las reglas vigentes y estableciendo particulares paradigmas que marcan una era determinada.

En el pasado eso acaecía, pero todo era mucho más lento y por lo tanto los individuos podían asimilar cualquier reto con cierta cadencia y comprendiendo cada etapa de ese devenir con mayor detenimiento.

Hoy todo eso es bastante distinto. En muy pocos meses se pueden presentar mutaciones muy potentes que cambian drásticamente los conceptos enterrando aquello que antes era asumido como indiscutible. Se sabe que ahora los descubrimientos pululan y se reproducen por doquier. Cada uno de ellos va generando impactos significativos en la cotidianidad que resultan, por cierto, absolutamente impredecibles. Todo eso acontece simultáneamente, ya que estas transiciones operan casi en el mismo minuto construyendo nuevos estándares a su paso. 

 Ese sofisticado cóctel hace que la realidad sea mucho más compleja de entender y por lo tanto de abordar exitosamente.

Antes, la gente podía aclimatarse a su ritmo ya que disponía de un margen de maniobra bastante generoso para aprender lo novedoso, practicar esas habilidades adquiridas y sumar lo necesario para transitar un camino completamente incierto, pero con parámetros que permitían alguna dosis de planificación previa, al menos en un mediano plazo.

Un ejemplo clásico de aquellas circunstancias es que se podía proyectar una carrera académica o soñar con dedicarse a una actividad cuya existencia futura no estaba para nada en duda.

Hoy eso ya es historia. Ingresar a la universidad o anhelar la posibilidad de llevar adelante un oficio es casi una lotería.

 Nadie podría garantizar que esos estudios serán de utilidad práctica más adelante o que se podrá conseguir empleo en una profesión que podría desaparecer muy pronto.

En ese contexto, que es justamente el actual, todo parece mucho más volátil, inexorablemente líquido, efímero por definición, por lo que la idea de prepararse para el porvenir resulta mucho más desafiante y repleto de interrogantes, la mayoría de ellos sin respuesta. Frente a este panorama la tarea ya no es la misma y precisa de un entendimiento profundo para no caer en la trampa de creer que el presente es una mera continuación de lo ya conocido.

Ahora la misión es indelegable e intransferible y requiere de un compromiso superior para alinearse a las nuevas demandas que no sólo son exigentes, sino que son dinámicas y por lo tanto imposibles de imaginar con claridad.

Bajo ese esquema, hoy la flexibilidad es un atributo muy valioso y esa virtud se convierte entonces en la mayor defensa para enfrentar lo que pueda plantearse en casi cualquier momento.

Los conocimientos son siempre muy útiles, pero mucho más aún es tener la astucia y el ingenio para utilizarlos oportunamente con eficacia y eficiencia según cómo y cuando se presente una coyuntura singular. La información está mucho más accesible y entonces difícilmente eso haga la diferencia. Es hora de desarrollar una clase de inteligencia muy especial, esa que permite aplicar lo sabido y hacerlo en el momento indicado.

Los prejuicios típicos sostienen que las generaciones añosas no tienen el talento para adaptarse y es así como quedan fuera de juego, siendo expulsados del sistema por carecer de la voluntad o la pericia para hacer lo que se debe hacer y seguir de esa manera en el ruedo.

Si bien eso puede ser parcialmente correcto, no menos cierto es que muchos jóvenes, gente que recién ingresa a la vida adulta, ufanándose de sus destrezas tecnológicas, esas originadas en que son nativos digitales, quedan obsoletos a una velocidad increíble.

Al final del día, no se trata de la edad cronológica, sino de la actitud. La vejez no es, al menos a estos efectos, producto de la sumatoria de años, sino de la disposición para entender cómo funciona el planeta, como se mueve y cuáles son sus normas implícitas.

Por todo lo planteado hasta aquí el gigantesco riesgo de este tiempo es quedarse quieto y terminar siendo un “anciano”, pero ya no en el sentido literal de la palabra, sino en lo que hace a las conductas y posturas.

Es vital renovarse, reinventarse a sí mismo, aprender algo nuevo y amigarse con los avances para no quedar rezagado.

 La inmovilidad no es una opción porque todo cambia, ocurre rápido y esa resiliencia es la que brinda mayor seguridad para enfrentar lo que se presente.   

Muchas personas con unas cuantas décadas por la espalda actúan como corresponde y salen airosos frente a cualquier embate, mientras otros, que se autodefinen como modernos no son capaces de encajar en el mundo. Allí radica la clave.  No importa qué tramo de la vida se esté recorriendo, sino el talante con el que se encara cualquier eventualidad que emerge.

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