Barrio mío, allí donde justo comenzó todo. Afectos. Andanzas. Escuela de hombre. Niño siempre, soñando aunque barba y canas confundan hoy. Domicilio de los recuerdos. Residencia de mis cariños. Continente perdido enmohecido por el tiempo. Lugar donde los sueños giraban a mil mientras por mi pequeña ventana contemplaba la noche tachonada de estrellas.
El barrio propiamente dicho es un predio donde duermen los sueños junto al corazón, que el tiempo fue comprimiéndolo, achicando su ganado lugar hasta convertirlo en ayer. La urbanización que como la tecnología útiles, sin embargo fueron robándole al paisaje cotidiano esa mixtura de colores desteñidos que aprendimos a querer. Es la evolución inexorable, esa cultura de conocimientos que suman, actualizan, maduran costumbres, arriman bienestar, pero cambiando el rostro que nos acostumbramos a identificar. Para crecer en altura igual que los pantalones largos, buscando cielo abierto, quedando solo el nombre del barrio que hoy pueblan otros rostros y que nos hacen imposible reconocerlo.
Es el precio de progreso, que le dicen. El costo de la transformación ineludible que como un viento pampero se lleva todo, dejando el futuro como ayer que pronto fue pasado.
Me acuerdo en el barrio de ayer esa conexión directa que existía con la calle, era un tuteo y oportunidad libertaria sin límite para todos los juegos se habiten en esa vereda larga y anchurosa. Pero siempre con la mirada atenta de nuestros mayores, para que las cosas no se pasen de raya.
Era un licuado de divertimento: rayuela, la mancha, la escondida, las figuritas, jugando a los mocitos, como cowboys en el cine, el trompo, rango y mida. Preciado circuito cotidiano de cada manzana con mujeres barriendo, comadres con el último chisme, niños corriendo por todos lados como un aluvión incontrolable, lustrabotas, vendedores ambulantes anunciando sus productos, revisteros con el último “Rayo Rojo”, “Intervalo”, “Pif-paf”, “Titbis”, “Misterix”, “Figuritas”, “Billiken”, o “Anteojitos”. Cuánta mercancía de preciado valor para nuestra curiosidad sin límite, y el comentario que duraba días, y el pasamano de revistas para los amigos que no las tienen.
Esa pintura sencilla de barrio. Ese continente habitable. La bullanguera alegría fue acallando sus voces. Era el silencio que se cernía porque llegaba la noche marcando el final de un día, como los años que van marcando el tiempo. Era final de la función, cae el telón, porque mañana será otro día para volver a corretear, y nuevamente la escuela, los mandados, las tareas, y de nuevo a la gran juerga que la vereda abrazaba.
Ese barrio inspiró poesías de tangos, como “Barrio de tango” de Homero Manzi, o “Barrio pobre” de García Giménez, o bien el decir de Eladia Blázquez en “El corazón al sur” remarcando: “Nací en un barrio donde el lujo fue un albur…” Pero, también el cine se hizo eco de ese mundo mágico, entrañable, en “La barra de la esquina”, que se encarga de recordar el gran puñado de afectos.
Película producida en el año 1950, dirigida por Julio Saraceni, con guión de Carlos Petit y Rodolfo Shiamarella, y un elenco de fuertes nombres del cine nacional como Alberto Castillo en el papel de Alberto Donatelli, el chico de la barra que logró triunfar como cantor popular. María concepción César, como Elisa, la novia soñada por todos. Ricardo Lavié, el hermano policía de Elisa. José “Pepe” Marrone, muy joven, como Otelo Bianquetti alias “Fatiga”. Ivan Grondona, Jacinto Herrera, Mario Fortuna como “Carbuña”, y Julia Sandoval.
El escenario elegido, una esquina común y corriente de barrio, con chicos adolescentes con ganas desmesuradas de crecer, más precisamente en La Boca, Buenos Aires. Es la lucha por encontrar un futuro esquivo, que cuesta sudor y lágrimas como ahora, pero provenientes del barrio donde siempre se sumaban manos con tal de ayuda, cada uno a su manera. La historia tiene como fuerte central la solidez de ternura y solidaridad que el barrio siempre tenía, último recurso para expiar las culpas, reírnos, y ver aunque tarde que existen otras cosas importantes en la vida como la hermandad y el cariño sin límite.
Esta película contada pacientemente con travesuras, inconvenientes personales, la pobreza agazapada, pero con los sueños bien despiertos como poder imaginar un mañana que mitigue las penas. Sirve para recordar y añorar que también formamos parte de esas barritas de amigos verdaderos, nobles, entrañables. Preguntarnos, que será la vida de aquellos que hace tanto tiempo no los vemos, y que el tiempo y los años nos fueron alejando a veces con pretextos, otras con distancias, y otras que seguramente ya no están.
Sin duda el cine argentino, el que fomentaba los auténticos valores, identificado con el alma y la esencia de este pueblo, aportó y revalidó esa comunión de grandes actores, directores, guionistas y productores que fortalecieron nuestra identidad.
No se trata de que seamos sensibleros, sino de hurgar merecidamente en aquellos que se ganaron nuestros respeto; íntegros, merecidamente recordables, no falsos ídolos que desdibujan la verdadera intención ni el destino de los pueblos. Los que han hecho mérito por ser naturalmente así, como nos enseñaron, como supimos ser alguna vez en esta Argentina desdibujada, fuera de sí.
Eladia Blázquez, la cantante y compositora, plantea seriamente ese traspaso de la historia visto desde el barrio que supimos ser, cuando dice: “Mi barrio fue una planta jazmín / la sombra de mi vieja en el jardín / la dulce fiesta de las cosas más sencillas / y la paz en la gramilla, de cara al sol… / Mi barrio fue mi gente que no está, / las cosas que ya nunca volverán…”/
Ese barrio, barrio mío, que situó al país en forma plena y todo por hacer. Donde los valores aún tenían la razón imprescindible de ser. Donde la sorpresa aún nos sorprendía. Donde los buenos ejemplos abundaban y eran metas por cumplir. Ese continente de afectos. De unión. De hermandad, constituida por esa barra de purretes que hoy, quién sabe en qué esquina del cielo estarán.