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Inflación y FMI

Por El Litoral

Lunes, 28 de marzo de 2022 a las 02:16

Cuando Juan Domingo Perón asumió la presidencia de la Nación en 1946, derogó el decreto de su predecesor, Edelmiro J. Farrell, que adhería al recién creado Fondo Monetario Internacional (FMI), por considerarlo un “nuevo engendro del imperialismo”. La Argentina fue el único país latinoamericano en no aceptar al organismo financiero internacional, como tampoco declaró la guerra a la Alemania nazi hasta dos meses antes de la caída de Berlín. Desde entonces, todo lo que implique tratar con esa entidad crediticia se encuentra marcado por ese prejuicio, ya parte de la cultura nacional. Para referirse al FMI es indispensable recurrir a subterfugios, argucias y disimulos que eviten el calificativo de “antipatria”.
El reciente acuerdo alcanzado para evitar el inminente “default” ha demostrado hasta qué punto los preconceptos y la ideología impiden resolver temas serios, en forma explícita, y cómo se recurre a embustes y jugarretas que solo dañan lo que se quiere reparar. Esta vez, el propio FMI aceptó entrar en ese juego, al declarar que “la Argentina está comprometida con políticas que fomenten un crecimiento sostenible e inclusivo”. Sin embargo, sus funcionarios prevén que ningún compromiso será cumplido. Prefirió ser cómplice de un embuste “piadoso” y evitar el colapso argentino en medio de una crisis internacional. Sabe que la inflación, el ajuste a los pobres, seguirá aumentando, por el rechazo oficial a políticas “que fomenten un crecimiento sostenible e inclusivo”.
El presidente Alberto Fernández, dirigiéndose al kirchnerismo, desplegó otro embuste: “¿Dónde están los ajustes? Con este acuerdo con el FMI, no hay ajuste”. Sin duda, el acuerdo no prevé reformas estructurales y por tal razón, no será sostenible. No prevé específicamente reducir gastos del Estado y encima, deberá quintuplicar las sumas previstas para importar energía. El actual jefe del Estado sabe también que, desde 2019, la inflación creciente ha mellado el poder adquisitivo de salarios, jubilaciones, planes y pensiones. El impuesto inflacionario, el ajuste más cobarde e insidioso, opera en forma impiadosa. La vicepresidenta Cristina Kirchner, con picardía, tramó su propio embuste. No ignora que el desequilibrio fiscal, heredado de su gestión y potenciado por el “plan platita” electoral, es inmanejable. Para curarse en salud y tomar distancia de la ineludible expansión de la pobreza, echa la culpa, en forma anticipada, a “las recetas del FMI”, aunque ni Hacienda, ni el Banco Central piensen aplicarlas en sus cocciones fiscales y monetarias. Más bien, para aplauso de la “patria financiera”, continuarán aumentando la tasa de interés, con un dólar controlado. Haciendo crecer, de esa manera, la inflación reprimida en el enorme stock de Leliqs. Otro embuste, más sofisticado (...)
 (...) Como contracara, funciona otro mercado, que desconocen los intelectuales y artistas, donde operan abrepuertas, intermediarios y lobistas, que recorren pasillos y despachos para atar puntas, influenciar dictámenes y lograr decisiones que pagan los que menos tienen. Es una alianza tan fuerte, que condiciona cualquier gestión de gobierno. Sindicatos, cámaras, consejos, colegios, gremios, guildas y cofradías, pocos hay que no hagan defensa cerrada de algún decreto, alguna resolución o algún inciso, claves para su rentabilidad sectorial.
Cuando Raúl Alfonsín quiso democratizar los sindicatos (ley Mucci) fracasó por la oposición de la CGT y el peronismo. Cuando Carlos Menem intentó flexibilizar las relaciones laborales, con Armando Caro Figueroa al frente del Ministerio de Trabajo, tampoco lo logró. En cuanto al decreto 2284/91 de desregulación económica, impulsado por Domingo Cavallo para introducir competencia en áreas tan disímiles como los honorarios profesionales, las farmacias o el transporte, poco duró. En tiempos recientes, el régimen de promoción de Tierra del Fuego que debía caducar, se extendió y la discrecionalidad en la gestión del comercio exterior, se agravó. Probablemente, quienes capturan plusvalías a través de su exitosa gestión en el mercado político, se habrán aliviado al advertir que no corren ningún peligro, ni con el acuerdo alcanzado con el FMI, ni con el documento “Moderación o Pueblo”, ya que ni Martín Guzmán, ni los intelectuales y artistas que lo cuestionan, entienden que, en la Argentina, para ganar dinero, no es necesario ser competitivo, sino “tener la vaca atada” con amigos en el poder. Con candidez universitaria, Guzmán defendió el acuerdo con el FMI sosteniendo que logró poner por delante “los intereses de la economía real”. 
Conociendo las trenzas corporativas que bloquean la productividad argentina, hubiese sido más acertado que pusiera por delante el interés general y no “los intereses”, en plural. La inflación solo podrá detenerse con un shock de confianza, que reduzca, de la noche a la mañana, la velocidad de circulación del dinero.

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