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Otros vientos

Los cambios, como el viento, traen aires nuevos. A veces de tan puros hasta pican la nariz y su frescura es un canto nuevo que invita a respirar sin sobresaltos.

Domingo, 11 de junio de 2023 a las 01:00

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

María Elena Walsh no solo era inteligente. Sino imaginativa para intuir otros tiempos por venir. Otros vientos, salvadores tal vez. O, peores por propia voluntad. Lo que es más triste aún, por la indiferencia de esa fina sintonía que siempre nos salva de los compromisos no asumidos.
Decía en su poesía sinfónica “Viento Sur”: “No hay túnel que dure cien años, mi vida. / Mirá cómo se arruga la tiniebla, / la procesión de pálidas se desbarranca, / los funcionarios inauguran ruinas. / Y vos y yo fundamos aires buenos”.
Está en nosotros el recambio. El respeto por la transitoriedad que marca la evolución de las nuevas voces. Cansados de sillones mullidos, aplastados por tanta elección indefinida. Inmoral y excluyente.
Al ver las mismas caras, las mismas propuestas, el mismo desparpajo de no ponerse colorados, uno quiere imaginar que esa vía libre se debe por algún atributo que los atornilla. 
Por la vergonzosa obsecuencia y el fanatismo propio de los sistemas autoritarios, que le arrancan lo poco de moral que escasamente persisten en sus votos cautivos.
Sin embargo, la alternancia guarda ese propósito de “cambiar cartas” por algo mejor, ya que sus permanencias de por vida no se debe a sus extraordinarios “dones divinos”, sino más bien al viejo oficio de aferrarse al poder empecinadamente sea como fuera.
Un sistema perfectamente aceitado de mediocres, dispuestos a cualquier cosa, con tal de mantener el status, el bienestar inmerecido, que aún, a merced de favores “extraordinarios””, mantienen incólumes la práctica de la dádiva, la ventaja sin haber hecho mérito alguno.
Dice Héctor Shamis, en un artículo publicado hace un tiempo por el diario El País de España, titulado “La transitoriedad del poder”:
“La democracia se funda en base a la alternancia, noción según la cual el poder no es propiedad de ningún partido, grupo, familia o persona. Por el contrario, es un recurso compartido colectivamente y transferible por medio del sufragio universal. Como tal, es transitorio y regulado por el conjunto de  normas constitucionales.”
Muchas cosas que nos ocurren tienen mucho que ver con nosotros mismos, no solo ellos. Siempre hemos practicado como una herencia que se ha venido repitiendo por generaciones, el “tirar el bulto para adelante”. Ya vendrán tiempos para solucionarlo.
Somos duales por si las dudas. Ya que “soldado que se salva de una guerra, sirve para otra guerra”.
Casi como la técnica cinematográfica cuando construye escenas paralelas. Es decir, estar a la misma vez en dos escenarios diametralmente opuestos sin abandonar la trama.
Los argentinos siempre hacemos gala de esa capacidad innata de escaparle a las álgidas situaciones. Comprometidas. Complicadas. No gratas. Por eso apelamos al camino más corto. Repelemos el compromiso. Dejamos la realidad urgente por un desenlace que nos resulte más placentero. Que nos reconforte.
Y la situación de los “muchachitos terribles” que manejan nuestros destinos, se debe pura y exclusivamente amén de la inmoralidad de ellos, a nuestra indiferencia ante la gravedad de los hechos.
Vemos cómo María Elena Walsh marca la pureza picante del viento sur, templanza que se da en el aire mismo en su cambio de dirección que invita a otra actitud, mucho más optimista. Es la renovación que viene de abajo convertida en frescor saludable que invita a estrecharnos buscando abrigo.
Son como las nuevas ideas, prometedoras, saludables, esperanzadas en un acto de fe que solamente la conciencia de cada uno es capaz de componer ya que tenemos viento a favor para probar. 
Son tiempos nuevos que después de la debacle, el rumor de la corriente de aire sopla con nuevos bríos.
“Viento sur, olor a transparencia, / silbo de la calandria, / madrecita cantora del primer rayo de la aurora. / La sopa de los pobres llega al centro, / y su vapor al reino de los cielos.” 
Siempre me digo, cuesta tanto cambiar de viento. No podemos alguna vez tener una mirada más crítica, y decirnos debemos volver a ser más serios, comprometidos sin tantas alharacas ni discursos rimbombantes.
No podemos asociarnos con la corrupción. Hay tantos ciudadanos dignos que la entronización política no les permite acceder, y con seguridad más capaces y dispuestos verdaderamente a sacrificarse por el destino de su país, herido y perdido en sus propios desórdenes.
Decía el pensador español, José Luis Sampedro: “Hazte quien eres. Sin doblegarte, sin hundirte, sin ceder. Vive en armonía con la naturaleza a la que perteneces. Hemos recibido una vida, pues vamos a vivirla. Y hay que vivirla con dignidad.”
Como una mirada que escruta el tiempo para cambiar de estación donde llegar, concluye la poesía de María Elena en celebración con el viento áspero pero dulce del sur: “Ventolina que barre tormentas, / lavadero del alma, nos deja serenitos, / reciclando la pena en vasto amor. / Silbo de la calandria y vidalita de la esperanza. / Darle cuerda al amanecer, empujar un poco al sol, / al buen día meterlo en casa. / Silba la calandria y nos sorprende en vela, / amuchados, con ganas de seguir. / Estación claridad, vamos llegando.”
Porque rehacernos como país es un acto de amor. Imperativo. Apasionado y urgente.

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