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Una mujer de rojo

Del libro "Aparecidos, tesoros y leyendas de Corrientes" de Moglia Ediciones.

Amanecía en la ciudad centenaria de Corrientes cuando la empleada doméstica, en ese entonces sirvienta (que viene de sierva, servidumbre), salía con el frío reinante a limpiar la vereda con escasa ropa sin calzado, su pobreza era evidente. El caserón sobre lo que hoy es la Costanera General San Martín, ubicado sobre las barrancas del Paraná, en la intersección de la calle La Rioja donde se ubica el puerto de Corrientes, lucía cansado de ver tanta injusticia. 

De pronto desde el fondo de la casa, entretanto los propietarios devotos religiosos dormían profundamente con sus estufas encendidas, apareció en forma imprevista una mujer vestida de rojo, con una mantilla española de seda como abrigo. La pobre muchacha nunca la había visto, se sorprendió, agachó la cabeza como le enseñaron los patricios de sus patrones. La mujer extendió sus manos blancas pobladas de anillos y pulseras, le levantó el mentón diciéndole en un tono cantarín del antiguo castellano: “Tú nunca bajes la cabeza ante nadie, ser pobre no te quita tu esencia humana lucha y triunfarás, nunca te rindas”. Dicho esto, se quitó varias de las joyas y las colocó en la mano de la muchacha que además del tremen-do susto no entendía nada; con una dulzura que sólo le recordaba las manos de su madre, le cerró los dedos para que no perdiera el obsequio. “Señora… -atinó a decir-, me van a acusar de robar”. “No -respondió la mujer de rojo-, si tú sigues mis instrucciones ¿vale? Guarda en tu ropa esto, cuando vayas a la escuela nocturna en la cual aprendes mucho, habla con tu maestra la señora del Valle, ¿vale? Dile que la señora Montreal de Zapatero te ayuda en los estudios, sigue cada una de sus instrucciones, guarda silencio, no comentes con nadie y menos con tus familiares, demás está decirte que a tus patrones estos desalmados ni siquiera menciones que existo, te tildarán de loca, ¿vale?”, dicho esto la señora de rojo se dirigió al fondo para desaparecer. 

Terminada la larga jornada de trabajo la joven Sofía se aseó rápidamente y se dirigió a la reciente inaugurada Escuela Nocturna. En un papelito escribió como pudo: 

“Señora del Valle necesito hablar con usted”. La maestra al recibir la esquela la miró asombrada, curiosa y expectante, se acercó a Sofía y le dijo: “en el recreo en centro del patio hablaremos”. 

Sonó la campana que anunciaba el único recreo de unos diez minutos; la maestra formada entre las primeras de Corrientes se dirigió raudamente al centro del patio, 

Sofía siguió sus pasos. “Te escucho”, expresó la docente. 

“Es que no sé si me creerá o no, pero conocí a una señora que vestía de rojo en el domicilio en sirvo y me envió a usted”. Como dudando o aparentando hacerlo preguntó, “¿Te dio algo?”

Sofía ligera de reflejos dudó. “A la única que puedes confiar es a la señora del Valle”, resonó en sus oídos. 

Hurgando entre sus ropas exhibió las joyas, la señora la cubrió expresándole que luego de la clase, al salir hablarían en la plaza 25 de Mayo, la plaza Mayor. 

Volvió a tañir la campana dando por terminada la actividad en la añosa Escuela Sarmiento, la maestra se dirigió a un banco de la plaza y esperó a Sofía. La muchacha asustada se sentó junto a ella. “Lo que voy a decir no debe asustarte, si comprendes dime, si no dejamos todo como está”. La respuesta no se hizo esperar: “No me asusta, estoy agradecida”. “Bueno -expresó la señora-, vos hablaste con una señora que ha muerto hace muchos años, yace en el cementerio de San Francisco hace tiempo clausurado, nunca pudieron encontrar sus joyas, ella aparece de pronto y regala a las personas que observa desde el más allá y ve potencial para el progreso, especialmente para el estudio. Yo soy nigromante y hablo a veces con ella, ya me dio las instrucciones de tu caso, pero de esto una palabra a nadie, recuerda que un espíritu te acompaña, te ayuda, si dices algo todo se frustra, ¿entendiste?” 

Sofía respondió sí. “Bueno, entonces venderé las joyas a un comerciante de absoluta confianza que pertenece a la cofradía de los que hablamos con los muertos, el dinero te llegará de mis manos, si algo me pasara él se encargará de sustituirme u otro de mi grupo, ya los conocerás. Eso sí, debes prometerme estudiar, ser la mejor, incluso irás a la 

Universidad, ayudarás a tu familia, sin decir de dónde proviene el dinero, lo harás anónimamente con la condición que trabajen y sean mejores personas, ¿estás de acuerdo?” Sofía respondió: “Sí ¿Y el trabajo?”, inquirió. 

“Seguirás en él hasta que la señora de rojo te lo diga. Te adelanto –agregó-, serás médico y ayudarás a todos los necesitados, está escrito”. 

Pasados unos meses sin noticias de la señora de rojo, de pronto apareció detrás de Sofía en su dormitorio, un cuartucho en el fondo de la casa, casi sobre las barrancas del río Paraná. “Hola Sofía” espetó la mujer ante la sorpresa de la joven. “Observo que estudias con ahínco y esmero, progresas, para poder platicar mejor te invito que concurras al cementerio de los Franciscanos, dile que tienes un pariente, cita mi nombre Montreal de Zapatero reza mi lápida, en ese lugar estaremos tranquilas. Nunca tengas miedo, solo estamos en planos diferentes”. Dicho esto, despareció no sin antes dejar otras joyas sobre una mesita de sauce en la humilde habitación. 

Sofía siguió el mismo procedimiento que con las otras, las entregó a su maestra y ésta se encargó de abrir una cuenta en uno de los primeros bancos de la ciudad a nombre de la chica. 

El domingo siguiente temprano terminó sus labores en casa de sus patrones, próximo estaba el antiguo y clausurado cementerio de los franciscanos, hacia allí se dirigió. Al entrar al antiguo templo uno de los sacerdotes le preguntó qué buscaba, ella humildemente respondió: “Busco la tumba de la señora Montreal de Zapatero, soy descendiente lejana”, agregó. El sacerdote un buen hombre la condujo por los restos históricos del camposanto clausurado hacía años, luego le mostró un panteón deteriorado, sus rejas herrumbradas, yuyos creciendo de sus paredes asentadas en mezcla de cal, arena y barro. Una piedra arenisca del río se hallaba frente al portal, sobre la pared del lado derecho, con letras borrosas se leía el nombre que buscaba, fecha de nacimiento y del deceso. 

Una paz interior la invadió de pronto, se sentó sobre la piedra, observando la construcción, lentamente se integraba una persona vaporizada adquiriendo solidez posteriormente, la mujer de rojo se presentó frente a ella. 

“Buen día Sofía”, se escuchó como saliendo del fondo del tiempo. “Buen”, respondió la joven. Así empezó una larga charla que el sacerdote miraba desde lejos sin entender nada, la muchacha hablaba sola se dijo para sus adentros, está loca seguramente. Duró más de una hora el diálogo. 

La joven aprendía de las lecciones que el espíritu le transmitía, sabias palabras de tiempos idos. 

Terminada la entrevista se despidieron cada una a su camino a seguir andando. 

Las reiteradas visitas al cementerio llamaron la atención de los sacerdotes, sumado a ello que Sofía traía flores silvestres al añoso panteón. Comunicaron a los patrones lo que ocurría con su fámula, estos indagaron los motivos de la forma altanera como siempre la trataron, ella simplemente les respondió que se sentía bien hacerlo. Ante la presunción de un estado de alteración mental sin decir agua va, la despidieron. El espíritu le había vaticinado que ello ocurriría, simplemente recogió sus pocas cosas y se marchó, sin un peso como es de suponer.

La maestra le ofreció trabajo en una casa amiga del grupo de nigromantes, mediodía que le permitiría concurrir a la escuela diurna. 

Las rutinas de las reuniones en el cementerio continuaron, uno de los sacerdotes con poderes especiales se acercó a Sofía confiándole que sabía su secreto, que observaba los encuentros. Ella negó rotundamente afirmando que se sentía bien en ese lugar, el hombre sonrió y le confió: “no te preocupes a nadie diré, porque yo también hablo con ella. María del Carmen Montreal de Zapatero es mi amiga hace tiempo”, diciendo esto se alejó. 

Sofía concluyó sus estudios exitosamente, por sus notas y la ayuda de sus amigos siguió la reciente carrera de maestra en la inaugurada Escuela, para tal objeto obtuvo su título con el cual pudo seguir estudios universitarios de Medicina y sería una de los primeros médicos de la Argentina. Antes de partir a Buenos Aires fue a despedirse de su protectora María del Carmen; ésta compungida afirmó: “volverás, te estaré esperando y cuando necesites, sabes que con sólo invocarme de corazón yo me haré presente, viajo rápido”. 

En la Capital de la República obtuvo su título en medicina, volvió a la ciudad de Corrientes a cumplir con el fin que le propuso el espíritu bondadoso y solidario. Durante años ayudó a cuanto necesitado encontraba, no tuvo hijos pero sí muchos sobrinos adoptados con los cuales departía, guiándolos por el buen sendero. 

Hasta muy entrada en edad concurrió al cementerio del San Francisco. Junto al anciano sacerdote amigo, mantuvieron sus encuentros en el desolado lugar con María del Carmen, a la que llamaban la: “Benefactora del pasado”. Lentamente el portal que los separaba se fue abriendo, cruzó primero Sofía, luego el sacerdote. Actualmente los pocos clérigos que quedan afirman que suelen observar tres figuras o sombras conversando en esos lugares.

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