Ana las esperaba contrita flotando en su fosforescencia, habló con sus hijas, les pidió perdón por haberlas desprotegido, por no haberlas preparado para la vida evitando la desgracia que vivieron, ella que huyó de su tierra natal por esas situaciones, no tenía perdón, exponía con voz de ultratumba.
“Merecen ser felices caramba. Tengo un plan, deseo que me escuchen atentamente; van a bajar, proponerles a los castigados la libertad con la condición que el mayor se case con Florinda, el siguiente con Mercedes, el último con Margarita. Ustedes dejarán la vida que llevan; serán señoras y se comportarán como tal, tratarán de amar a sus maridos o al menos tenerles cariño. Con el dinero que tienen pueden vivir en el sur del país, invertir en lo que saben hacer: tejer, bordar, crochet, modistas. Ellos pueden trabajar la granja, siempre en la casa o tener una profesión por aprendizaje. Si aceptan vivirán y si no morirán abandonados donde están, sólo quedarán sus esqueletos, seguramente después de muchos años los encontrarán, será muy tarde”.
Florinda con buen tino preguntó: “¿Por qué yo el más viejo?”
“Simple, es el más lindo y tú no puedes tener hijos por tu edad, así que criarás a tus sobrinos que serán como tus hijos”.
Todas rieron por la ocurrencia de su madre fantasma.
Esa noche se dirigieron por el túnel hacia el sótano esotérico, la luz de un foco alto que no alcanzaban los forzados moradores daba un aspecto lúgubre al lugar.
Se asombraron al ver a los tres violadores infelices, lloraban, pedían clemencia, rogaban se arrastraban pidiendo misericordia, en ese momento les tuvieron lástima, los hicieron callar, les expusieron el plan minuciosamente, al final le aclararon que en caso contrario, los matarían, los abandonarían sin que nadie pudiera ayudarlos, o su madre –el espectro– los mandaría al loquero como al otro. Ni siquiera lo pensaron, al instante gritaron que sí. No hubo objeción alguna, “las vamos a amar” decían arrodillados con las manos en posición de oración.
A partir de ese momento fueron liberados de las cadenas, les curaron las llagas, les entregaron ropas decentes, trajeron colchones y otros elementos de confort, fueron alimentados convenientemente, con la presencia del fantasma de su madre. En el sótano iniciaron las relaciones sexuales consentidas. Florinda le mostró a su futuro marido técnicas que nunca en su vida conoció ni por las tapas, en la cama era una artista. Mercedes no fue menos, sin embargo la que enamoró inmediatamente al imbécil fue Margarita, era una diosa caminando
Pasaron días, al menos un mes, jugaban a las cartas, al ajedrez bebían buenos vinos y espumantes, como se dice los muchachos estaban de diez, recuperaron su lozanía, lo que no perdieron nunca fue el miedo, el Síndrome de Estocolmo les pegó directo al corazón. “Es verdad”, dijo uno de ellos cuando relataba años después a uno de sus nietos, escritor, que se enamoraron de sus mujeres, perdieron el miedo por amor, reparando su conducta delictual.
Iban al Territorio Nacional del Chaco, cada una de ellas compraba ropas para su candidato, viajaban separadas, vestidas más de viudas que de muchachas hermosas, porque conservaban su belleza, aun así recibían lisonjas las enlutadas.
Uno de los mejores falsificadores de la zona, policía al fin, les preparó nuevos documentos, con la complicidad de sus pares, que dejaron su honores más dignidades cuando aparece la plata, poderoso caballero es Don Dinero. Cambiaron las fichas dactiloscópicas, chau tu vieja identidad, omanó kó (murió), nacieron otras nuevas perso
nas que sí existieron, pero que hacía tiempo andaban saltando por el otro mundo en calidad de finados.
Como se ha dicho el Síndrome de Estocolmo les hizo trizas la voluntad a los muchachos, ellas con la mirada los dominaban, sumado al terror al espectro, además ya la justicia los había declarado muertos, no tenían un peso partido por la mitad, sus familias los habían olvidado.
Una noche de invierno fueron extraídos del foso por ellas mismas, como era habitual, los instalaron en la casa, revivieron más, mostraban interés por todo, leían los libros de una biblioteca nutrida que tenían las gringas.
Compartieron con ellos sus camas privadas, disfrutaron del goce sexual, en una cama de verdad no debajo del suelo, miraban el cielo abrazados a sus mujeres, aprendieron a ser mejores personas en el yugo del castigo.
Las otras muchachas del burdel se enteraron de la noche a la mañana, que pasarían a ser dueñas del negocio, saltaban de gozo, sus socios serían los cuatro envejecidos guardias, de la mancebía, sabían cómo administrarlo, además aceptaron las solteras casarse con los cambás y atenderlos en la vejez.
El Registro Civil como siempre, por la plata el rey te concedía el título que quieras, se constituyó en el local formalmente. Las tres parejas primero se casaron adecuadamente ante la concurrencia de todo el barrio, que gozó de una espectacular fiesta, los desconocidos maridos de las gringas empilchaban de primera, se los veía felices, ellos miraban de reojo a su suegra muerta que los vigilaba.
Luego se celebraron las bodas de las chicas con los cuatro negros que esa tarde noche vestían con trajes de primera calidad, ellas con finísimas sedas. La fiesta se extendió hasta la mañana, músicos animaban el bailongo, nadie se quedaba atrás, hasta apareció en peregrinación un San Baltasar, del barrio.
Las gringas a las cuatro de la mañana, en los carruajes partieron hacia la estación del Ferrocarril del Nordeste, salía a las 5 am con destino a Buenos Aires en camarotes, comían en el comedor del tren con vajilla inglesa, buenos vinos y licores, champañas de conclusión.
El viaje en realidad se convirtió en un placer, hicieron el amor varias veces, las vestidas de damas tenían debajo del ropaje la profesión de lobas ejercida por necesidad de venganza, que poco a poco iban enviando al baúl de los recuerdos.
Poco a poco se fue diluyendo el odio en las hermosas gringas, de eso se encargaron Ricardo y Ana almas boyantes del otro mundo, los maridos ahora recibían de sus espectros preferidos las sonrisas bienhechoras de quienes los aceptan con sus errores pagados con creces.
Antes de partir de Corrientes carreros de la zona rellenaron un pozo que consumía arena y barro en cantidades, el molino inundaba para que se expandiera hacia el túnel, la puerta secreta fue sellada con una pared sólida de piedras y hierro, sobre ella pintaron un mural con las figuras de los recién casados, los arqueólogos que descifren si pueden.
Pasado el tiempo instalados en la Colonia Gayman del sur patagónico, vivieron felices con muchos hijos a los cuales la tía Florinda, madraza también postiza, malcriaba en grado sumo, no pudo tener hijos pero sobrinos le sobraron.
Nunca los maridos viajaban solos. Iban las tres parejas o no iba nadie ese era el lema, no fuera que alguno quiera arrepentirse, pero de eso en realidad se encargaba Ana que jugaba con sus nietos, a los que enseñaba su antigua sabiduría, hasta la maldición, para que no se pierda el secreto.
Para ser sinceros cargamos las tintas sólo a Ana, la espectro preferida y olvidamos que intervenía Ricardo que fue el fantasma que salvó la vida a estos señores, si se los puede llamar así, él se les aparece menos seguido, no los asusta pero les muestra las heridas que recibieron de la perdigonada cuando huían hacia el bote, los hombres ya adultos mayores siguen temblando ante él o hacen que tiemblan.
Mientras escribía este relato pensaba dejar en el sótano a los violadores, con el fin que después se descubrieran sus cuerpos o esqueletos (carcasas) pero un espíritu el de mi madre- me corrigió. “No seas cruel, pagaron bastante”. No es que yo sea buena persona, sólo que jamás dejo de escuchar a mi querida madre. Así que decidí darles a ustedes queridos lectores una alegría. Los descendientes de los tres sobrevivientes viven en la ciudad de Corrientes
con apellidos distinguidos.
Nota aclaratoria
Samuel trabajó en la empresa Gutnizky. Clorinda (Formosa), Paso de los Libres, Santo Tomé y Monte Caseros son consideradas ciudades justas en las Naciones por haber facilitado el ingreso de inmigrantes judíos cuando en el país se consideraban indeseados en el siglo XX. El Obispo Monseñor Vicentín fue el único del país que escribía en el “Orden Cristiano”, publicación antinazi, pueden leerlo en “Una aproximación al Antisemitismo” de. Ediciones Moglia. Enrique Eduardo Galiana.