En Corrientes uno no deja de llevarse sorpresas, todos los días aparece un nuevo episodio desconocido para algunos, escondido para otros.
El hombre llamado Samuel venía de tierras lejanas huyendo de hambrunas, guerras, atrocidades: la Europa no se corrige más, continúa siendo un continente salvaje.
La que sería su esposa venía en el mismo barco que él, de una zona llamada los Balcanes, donde florece el odio como la yerba amarga. Ambos con sus atados de ropas intercambiaron miradas cargadas de tristezas, dejaban a sus muertos, parientes vivos, lugares conocidos, iglesias, sinagogas o lo que fuere, la Argentina era el lugar de muchas promesas según contaban los afiches que leyeron.
Coincidían parcialmente en el idioma, algo entendían, la solidaridad de los pobres nace sola, no necesita ningún incentivo.
El largo viaje hizo lo demás, compartían comidas arañadas de algunas sobras, agua potable del buque, atenciones, cuidados; más aún para ella que viajaba sola, lo que no es bueno para una mujer. Los viajes duraban casi dos meses en esos barcos a carbón y velas, o quizá más según los inconvenientes que tuvieran en el periplo, tormentas etc.
Para ese entonces, aproximadamente a los dos meses se enamoraron, él se encargaba de obtener alimentos ayudando a los tripulantes, era un buen marinero a los 25 años era experto en la materia. Ella cosía, planchaba las escasas ropas propias y de algunos por unas monedas, además cocinaba.
Muchas noches durmieron con el estómago vacío, “es triste la pobreza sino existe solidaridad y empatía”, decían pero todos los de tercera tenían hambre.
Nunca tuvieron relaciones íntimas porque ambos eran muy religiosos, él era un caballero y ella una dama.
Venían en la tercera clase, la ubicación de los desheredados de la tierra. Todos juntos, baldes como letrinas, hornallas controladas escrupulosamente, camas de hamacas o directamente el suelo.
Al arribar al puerto de Buenos Aires hicieron los trámites aduaneros juntos, a Samuel lo esperaba un antiguo compañero que vivía en un lugar lejano, desconocido, llamado Corrientes; a ella la soledad más absoluta “lo que me depare el destino”, dijo con infinita tristeza.
Él la tomó de la mano con ternura, invitándolo a seguirlo, se casarían ni bien llegaran a la tierra prometida.
Ana era su nombre, al menos así la registraron los que la atendieron, era católica. Él manifestó ser ortodoxo griego –si decía judío seguro no lo dejarían desembarcar– tal como lo había advertido su amigo Ricardo, correntino de ley por adopción, que había llegado antes.
En una fonda del puerto, Ricardo los invitó a comer adelantándoles que la cuenta era suya, conocía la falta de fondos de sus amigos y el hambre que traían. Se llevaron un atracón, nunca vieron tanta comida en su vida, estaban felices.
En el barco que hacía la carrera entre Buenos Aires – Asunción y viceversa, en el que Ricardo oficiaba de marinero, Samuel consiguió un puesto para lo que se necesitara. Pronto mostró sus destrezas en una de las tormentas que el río Paraná reserva a los incautos, por su valor el capitán lo nombró marinero, exigiéndole que bajaría en Corrientes, pero que en unos cuatro días al regreso del buque de la Asunción, Samuel tendría que estar en el puerto de Corrientes o no tenía más trabajo.
Bajaron en la ciudad del último Adelantado, se dirigieron a la zona conocida como Bañado Norte donde el amigo tenía un rancho cerca de lo que hoy es La Regional, un terreno aledaño estaba marcado con estacas, tenía ya un cerco de palos estaba destinado para el amigo recién llegado.
El camino fue largo, los pies de Ana aguantaron, cruzaron por un puente de piedra que daba a un parque o cuartel, después supo que era la Batería.
Margarita, la esposa de Ricardo, muy gentil, la atendió como a una hermana, pasaron la noche allí sin contacto. Ana durmió en el rancho con los hijos de la pareja,
Samuel lejos, así se estilaba.
Margarita se encargó de conseguir turno en el Registro Civil para el día siguiente a la llegada, utilizó la influencia de unos clientes conocidos. Samuel –previo baño con un balde regadera en una letrina y sobre una tabla– se puso la única camisa que tenía presentable. Ana apareció radiante con los ojos del color azul del cielo con un vestido “emprestado” por su nueva amiga, floreado; estaba hermosa.
Los testigos fueron los amigos, más los empleados del Registro Civil, que gustosos se prestaron. “Hay solidaridad entre los poriajhú” dijo Ricardo, Samuel lo miró extrañado, no entendía nada. Luego le explicaron que quería decir “pobres”.
Felices, contentos volvieron a los espacios periféricos de la ciudad, el arroyo Poncho Verde, –Arazá– dividía la ciudad en dos: los que estaban detrás del curso de agua que se arreglen con el dios que les corresponda, los de adentro también.
Una reunión espontánea se armó en un rato, tomaron
vino, unos vecinos tan pobres como ellos se unieron al festejo, uno trajo pan, el otro algo de fiambre, otros algunas bebidas. Casamiento es casamiento chamigo, así pasaron un momento feliz.
Al atardecer Margarita les arregló un corredor con lonas viejas, un catre, algunas calchas raídas, una lámpara a kerosene y pare de contar.
Ana perdió su virginidad a los 22 años, entró en su primer embarazo lo que la hizo feliz.
En tiempo Samuel y su amigo Ricardo marcharon al puerto de Corrientes, esperaron a que el buque atracara, saltaron a bordo a ayudar en las tareas del desembarco. El capitán los recibió contento, eran buenos marineros y trabajadores.
Samuel viajaba por segunda vez en el Paraná, memorizaba los pasos, las correntadas, anotaba cuanto podía, miraba los mapas con el capitán, pedía explicaciones en media lengua ayudado por su amigo Ricardo, apenas hablaba el castellano, era muy inteligente, sabía leer y escribir en su idioma, cosa rara en los inmigrantes.
Durante los viajes de sus maridos, Ana ayudaba a Margarita en todo lo que podía, hasta se ofreció a trabajar en una casa de familia con edificio de material, es decir eran más pudientes que ellos, mientras aprendía el idioma, cosía con calidad, excelente, cocinera enseguida la apreciaron y la ayudaban con el castellano.
De lo que ganaba, una parte entregaba religiosamente a Margarita que se negaba a recibir, pero no aceptaba el rechazo, no era justo, con lo que le sobraba comenzó a solicitar a los vecinos ayuda para levantar su rancho, pagándoles por supuesto.
El tiempo pasó, la casa rancho se finalizó, para luego transformarse en una de material sencilla pero más cómoda, nacieron las hijas, todas seguidas: Florinda (en el rancho) Mercedes, en la construcción de ladrillos y barro, Margarita en homenaje a su madrina nació en casa de material y chapas de cartón.
Samuel en la empresa pronto llegó a capitán, su castellano mejoró mucho, pero su conocimiento superó cualquier expectativa, conocía la vía acuática como la palma de su mano desde Asunción a Buenos Aires, memorizaba los bancos de arena cambiantes de la ruta fluvial según la estación, de paso hacía negocios de todo tipo, los buenos y los malos entiéndase.
Llevó en la zona de las calderas refugiados judíos que ingresaban por Clorinda, llegaban a Formosa en la línea Gutnizky, casi siempre con la complicidad de las autoridades que eran menos inhumanas que los porteños, eternos racistas. Antes de llegar a Corrientes a la noche los desembarcaba en canoas que esperaban a la altura de Paso de la Patria, o más adelante, la comunidad judía de Corrientes Capital le agradecía económicamente, el Gobierno Provincial era amable con los hijos de la Estrella de David, no tenían arraigado el antisemitismo visceral de otros.