Como dicen los cuentos, un pajarito muy bien intencionado avisó al padre, que siendo de prestigiosa familia nada podía hacer contra el aciago tribunal.
La noche de tamaña la noticia horrenda, el progenitor de Petronila habló con sus padres sobre su nieta mestiza natural, que de manera extraordinaria la querían, ayudándola de todas formas.
Estos le aconsejaron que actuara rápido, que no perdiera el tiempo, que se embozara y la sacara de la ciudad rápidamente.
El progenitor al llegar a la casa de Petronila ingresó agazapado por el fondo, esto despertó en la hija sospechas quien cuchillo en mano observó la sombra de un hombre y se acurrucó. El padre habló en voz baja: “Petronila, si me escuchas no hables, soy tu padre muéstrame dónde estás”.
La hermosa muchacha reconoció la voz de su tata, se acercó sigilosamente tocándole el hombro, él con los dedos sobre los labios le hizo señas de silencio, del mismo modo le indicó que juntara sus cosas esenciales, lo siguiera sin decir nada bordeando el silencio atronador de la ciudad dormida en la oscuridad.
Ante los dos apareció un espectro resplandeciente era Hortensia que salió de su tumba a proteger a su hija, sólo ellos podían verla, les indicó que la siguieran en una transmisión mental. El sigilo era necesario. Así conducidos llegaron al río cerca de la desembocadura del Arazá (Poncho Verde), con una canoa que apareció mágicamente, señalada por el espíritu que los guiaba cruzaron el Paraná, del otro lado los esperaban indios amigos que la trasladarían hacia las Misiones de dónde ella provenía, habían sido convocados por su madre muerta. Antes de partir el hombre abrazó a su hija le dio un bolso de monedas de oro, otro tanto hizo con los sujetos aliados. El espectro dio una voltereta alrededor de los dos, se plantó ante sus congéneres que se postraron ante ella asintiendo, les dijo que la cuidaran. El padre con el fantasma la despidieron con lágrimas.
Hortensia guió hacia al que fuera su amor, solapadamente. Todos estaban de cuerdo que él nunca salió esa noche, los abuelos lloraron al perder a su nieta, mestiza.
Dos días después los miembros del tribunal inquisidor se dirigieron a la casa de la presunta bruja, dirigidos por el borracho. Era de noche –momento en que los ruines obran con maldad– observaban que un candil iluminaba la estancia, lo que ignoraban era que no era un farolillo, sino la iridiscente presencia de Hortensia, que se disolvió en la nada.
Como la puerta estaba cerrada la voltearon pensando que la joven apagó la luz para esconderse. Ingresaron revisando cada rincón, buscando objetos de hechicerías o cualquier cosa que las mentes atrofiadas escudriñan. No encontraron nada, la muchacha no había dejado rastro de su paradero, los vecinos no vieron nada, y si alguno desconfiaba no habló porque odiaban a estos sujetos.
La casa rancho quedaba en lo que hoy es calle Quintana casi Córdoba al norte.
Convocaron al padre de la muchacha, que negó rotundamente todo, expresó: “Dormía como un lirón”. Siguieron los interrogatorios y todos coincidían, hasta los vecinos más impiadosos.
Para evitar el bochorno de ser burlados, pensaron como lo hacen los malignos: “No podemos cazar a la muchacha pues la madre pagará”. Insólito pero verdad, la muerta enterrada pagaría el pato.
Con una carreta, los inquisidores, comisarios, más los habituales alcahuetes de la jauría de cerriles consagrados, procedieron a desenterrar el humilde cajón deteriorado de Hortensia. De la cautiva de los blancos sólo quedaban huesos, camposanto o no, afuera la muerta.
Fabricaron un proceso con todos los requisitos imaginables, remitieron al Cabildo secular, para evitar andar con trámites ante Buenos Aires. Allá por 1786 montaron una escena grotesca de un acto de fe, condenaron a la muerta por brujería –lo que faltaba–, etc. etc. La esclavizaron primero, luego la condenan muerta. Sí dijimos bien, hicieron un auto de fe. “Hemos visto locos don Ramiro pero como estos no creo”, afirmó un vecino entre dientes.
Sacaron un pendón del Santo Oficio bastante apolillado, los vecinos de la ciudad fueron obligados a concurrir, más otros por curiosos vinieron solos.
Los integrantes de las cofradías de curas de diversos orígenes llevaban cruces en el pecho, otro una cruz grande verde insignia del tribunal, algunos músicos, todos en la plaza Mayor (hoy plaza 25 de Mayo) la sorpresa se llevaron los ingenuos cuando observaron un carro con un cajón de muerto nuevo de madera barata por cierto, con una especie de estatua hecha de paja, lonas y palos que representaban a Hortensia, con un sambenito con diablos, y otras tonterías.
En una fogata encendida al efecto colocaron la improvisada estatua más el cajón, leyeron la sentencia o sea: una serie de estupideces y quemaron a la palmada dándole muerte por segunda vez. “Si esto no es resurrección, la resurrección dónde está”, se preguntaba el padre de Petronila.
Acabado el circo del fuego con cirios, faroles etc. dieron vuelta a la plaza en procesión, agradeciendo al buen Dios haber castigado “a una execrable maldita mujer”.
El cura italiano gozaba mirando las llamas. Lo que no esperaba viene después: en plena peregrinación de pronto un espectro iridiscente se presentó a la multitud, arrojaba luces rojas por la cuenca de lo que antes fueron ojos, con un dedo señalaba al italiano maldito y al borracho mendaz.
La multitud se espantó corriendo hacia los cuatro lados de la plaza Mayor, esa noche encendieron velas, rezaron por el alma de la pobre mujer, que nada había hecho.
Calmados los ánimos en la ciudad, julepes de por medio, cada cual en su casa, volvieron a la rutina. Pero…
Regresaba al atardecer el franciscano con dirección a su templo, cuando de pronto una figura pasó delante de él, al comienzo no comprendió, entonces empezó su calvario: la inquisición inversa del otro mundo.
El terror se apoderó de él, rezaba lo que encontraba a mano, sacaba la cruz de plata, que se convirtió en algo candente que lo obligó a largarla, los ojos del cura daban vueltas sin control como sus esfínteres. El hombre, sumado a la costumbre de no bañarse, acumuló el olor nauseabundo de su propia cosecha.
Hortensia no dejó de perseguirlo desde ese momento hasta que se derrumbó de tal modo que terminó enclaustrado, hablando sólo. El espíritu de la presunta bruja no le perdonó nada, el loco gritaba pidiendo perdón a las paredes de su cárcel terrenal.
El otro malnacido que lo acompañó en su desdicha fue el borracho que ser refugió en el convento con el sacerdote intentando salvación; ambos en estado de completa locura formaban un coro infernal para el vecindario que debía escuchar a toda hora que, como buenos bellacos, se acusaban entre uno al otro: “Fuiste tú” “No, tú”.
Acabaron muertos y enterrados con una marca especial. Su tumba se perdió en la oscuridad del tiempo, algunos sacerdotes posteriores oían gritos y dos sombras eran perseguidas por una luz iridiscente que lanzaba carcajadas.
Esto ocurrió en Corrientes hace mucho tiempo. Esperamos nunca más ver este tipo de conductas. Hasta hoy en las noches de luna llena se escuchan en la iglesia San Francisco gritos de terror que ponen los pelos de punta a los vecinos y paseantes.