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Secretos de una casa en Corrientes

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”.

Sabado, 09 de mayo de 2026 a las 19:06

Hace mucho tiempo más de cien años una familia se instaló por la calle Mendoza al 400 entre Quintana y Plácido Martínez, compraron la casa cuando la calle caía en picada hacia el río drenando tierra y arena de las viejas calles de Corrientes, el cementerio de los franciscanos estaba ya amurado, no hacía mucho que lo hicieron. El escenario era de por sí lúgubre, representaba una opción para vivir un poco mejor que en lejanas tierras fuera del ejido urbano. Su construcción antigua de ladrillos cocidos, argamasa de cal y barro, cimientos de troncos de madera dura, rejas que hasta hoy se ven hacia la calle de martillo, yunque y fragua, todas remachadas, no habían tornillos, el techo de tejas musleras de barro cocido, cerámica. 
Más vinieron los cambios, como el traslado de la antigua iglesia de San Francisco a su actual emplazamiento construida sobre el antiguo cementerio. Muy pocos fueron los deudos que trasladaron los restos mortales de sus antepasados al nuevo cementerio de la Cruz de los Milagros, porque desaparecieron o no les importaba su destino. Los espíritus que habitan la nueva iglesia no son nuevos, son los viejos moradores del camposanto en esa época, tal es así que cuando realizaban trabajos de mantenimiento del recinto, en un lugar en que el piso cedió hallaron una suerte de osario. Lo taparon y colocaron una placa que hoy exhibe su existencia material, la espiritual corre por cuenta de los espectros que ambulan por corredores, patios y recinto.  
Los que sí debemos destacar es que los muertos de segunda y tercera, pasaron a jugar en primera, están enterrados dentro de la iglesia por juegos del azar, sitio que era destinado solo a los principales habitantes de la ciudad.  
Desde el inicio de la ocupación del inmueble advirtieron que el lugar estaba poblado de presencias extrañas, anormales, en suma: fantasmas, no malignos por suerte pero sí algunas veces molestos, que con sus picardías y jueguecillos desentonan en la siesta sagrada correntina con ruidos de puertas, ventanas o sillones que se hamacan. 
En otras ocasiones los cuadros cambiar de lugar o aparecen inclinados.  
No para expulsarlos porque sería imposible, como dijeron los franciscanos vecinos que les advirtieron que ellos también estaban sobre el cementerio, que tuvo que achicar su espacio con el nuevo trazado de las calles de la ciudad. 
Ocurrió lo mismo que con el templo, debajo están sepultados muchos de los antiguos vecinos de la ciudad de Vera. 
“Vaya, vaya, impresionante —expresó la iniciadora de la ocupación— nunca pensé en vivir en un cementerio”.
El sacerdote que la confortaba, el padre Fidel González rezaba, invocaba al santo de la Buena Muerte, pidiendo paz para los que yacen soterrados en el lugar. Siguieron los sacerdotes de la misma orden en todos los tiempos, hasta el actual. Exorcismo, velas, agua con sal para calmar los espíritus viajeros, sahumerios de palo santo y mirra, agua bendita a litros. Para asegurar el bienestar de sus habitantes de tiempo en tiempo, misa para los difuntos innominados, ya en época del padre Hortelano (Ortolano?). 
Todo marchaba bien, al menos eso parecía. Se redujeron algo los ruidos, los pasos en las habitaciones somnolientas, las sombras en paredes o espejos, algunos murmullos, de vez en cuando se escuchaba un cantar de letras antiguas olvidadas hace tiempo. 
El día de la procesión del santo patrono el sol brillaba espectacularmente, se preparaban los elementos de la procesión, órdenes de un lado, niños para el otro, campanas acompañando los festejos. Los actuales propietarios devotos, fueron monaguillos, tomaron la comunión, se casaron en la iglesia de enfrente, recibieron los que partieron la extremaunción. Se lustraban los zapatos, cepillaban los trajes y sombreros, eso obligaba. El asfalto que apareció por el siglo XX en época de los años 30. Es costumbre que preparada la familia, salían todos juntos, mayores y niños a rendir homenaje al santo del barrio. 
La abuela bisnieta de la primera ocupante se dio vuelta de pronto, observó congelada que detrás de ellos una hilera de personas con viejas vestimentas, mujeres con mantillas de las que ya no se ven, niños con ropa que no existe salían del lugar para incorporarse a la romería. Tocó el hombro de hijo, éste volvió la cabeza y vio la misma escena con calma prudente, le indicó que mirara adelante, ese grupo siempre salía con ellos sólo que nunca les contó su experiencia para no asustarlos. 
El sacerdote que observaba la escena de enfrente rezaba arrodillado mirándolos. La numerosa concurrencia no se explicaba de dónde salía tanta gente de la antigua casa de puerta más antigua aún, tampoco se los iba a explicar, el clérigo rezaba la oración de los muertos dándoles la bienvenida al recinto por si acaso, no fuera que se encabresten, metan bullas, “si quieren venir que vengan”, dijo a su Dios en personal conversación. 
Como siempre, lo extraordinario del caso es que los niños, los ancianos, mayores adultos son los que mejor percepción tienen del otro plano, por venir recién de él y los otros por estar cerca de volver al mismo. 
Por si acaso caminas por el lugar y te ladra un perro, no te detengas, el animal pertenece al mundo de los espíritus.  

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