Arq. Carlos M. Gómez Sierra
La ciudad de Corrientes nace en 1588 como enclave estratégico sobre el río Paraná. Desde su fundación, el vínculo con el agua no fue accesorio ni meramente paisajístico: el río fue condición para la existencia misma del asentamiento. Ruta de comunicación, fuente de recursos y soporte simbólico, el Paraná estructuró la forma urbana, la economía y la cultura correntina. Sin embargo, esa relación, lejos de ser lineal o armónica, estuvo atravesada históricamente por tensiones y redefiniciones que permiten hoy una lectura más rica y compleja.
En sus primeros siglos, Corrientes se desarrolló como una ciudad fluvial en sentido pleno. El río era la vía principal de intercambio con otros núcleos del litoral y con el sistema colonial. El puerto, las barrancas y los accesos al agua organizaron la vida cotidiana y productiva. La ciudad miraba al río porque de él dependía: para el comercio, para el abastecimiento y para la comunicación. En este período, el espacio urbano se adaptaba a las condiciones naturales del borde fluvial, aceptando sus crecidas, irregularidades y riesgos como parte constitutiva del territorio.
Durante el siglo XIX, con la consolidación del estado nacional y el crecimiento del comercio regional, el río reforzó su rol económico. El puerto correntino adquirió mayor relevancia y la ciudad se integró a circuitos más amplios de intercambio. Sin embargo, este proceso también introdujo una primera tensión: el río comenzó a ser entendido preferentemente como infraestructura productiva antes que como espacio compartido entre ciudad y naturaleza. El borde fluvial se especializó, concentrando actividades portuarias y logísticas, diferenciándose del resto de la ciudad. Aun así, la relación seguía siendo directa y visible, tanto en lo funcional como en lo simbólico.
El inicio del siglo XX marcó un punto de inflexión. La progresiva pérdida de centralidad del transporte fluvial frente al ferrocarril primero y a la red vial después, modificó el rol fluvial en la vida urbana. Corrientes, como otras ciudades, inició un proceso de distanciamiento del río. Sectores del borde se degradaron, se ocuparon de manera precaria o quedaron fuera de los proyectos urbanos. El río pasó a ser, en muchos casos, un telón de fondo más que un espacio activamente integrado a la ciudad.
Paradójicamente, fue en este contexto cuando comenzaron a gestarse algunos de los principales logros urbanos vinculados al río. La construcción y posterior ampliación de la costanera a lo largo del siglo XX, representó una operación urbana de enorme impacto. No solo consolidó un borde público continuo, sino que redefinió la relación simbólica entre Corrientes y el Paraná. La costanera convirtió al río en paisaje urbano, en lugar de paseo, encuentro y representación colectiva. Este gesto puede leerse como uno de los grandes aciertos de la ciudad: recuperar el frente fluvial como espacio público accesible y de alta calidad ambiental.
Sin embargo, este logro también trajo consigo nuevas tensiones. La Costanera, en su condición de espacio emblemático, tendió a concentrar inversiones, intervenciones de todo tipo y visibilidad, mientras otros tramos del borde fluvial permanecieron relegados o expuestos a procesos informales de ocupación. La relación con el río se volvió, en parte, selectiva: muy intensa y cuidada en algunos sectores, débil o conflictiva en otros. Esta fragmentación del borde revela una tensión persistente entre la ciudad formal y las dinámicas sociales y territoriales que exceden los proyectos planificados.
En las últimas décadas, el río ha adquirido una nueva centralidad, asociada al ocio, el turismo y la valorización paisajística. Playas urbanas, eventos culturales y actividades recreativas reforzaron la idea del Paraná como un activo urbano y económico. Esta revalorización constituye otro logro indiscutible: Corrientes ha sabido capitalizar su condición fluvial como rasgo identitario y diferencial. El río es hoy uno de los principales soportes del imaginario urbano y de la proyección externa de la ciudad.
No obstante, esta etapa también expone tensiones contemporáneas. La presión inmobiliaria sobre áreas estratégicas del borde, la discusión sobre usos compatibles, la gestión del riesgo hídrico y la adaptación al nuevas dinámicas plantean desafíos complejos. Las crecidas periódicas del Paraná recuerdan que el río no es solo paisaje sino un sistema vivo, con dinámicas propias que no siempre se ajustan a las lógicas urbanas. La tentación de domesticarlo mediante obras o usos intensivos, convive con la necesidad de reconocer sus ciclos y márgenes de variabilidad.
En este sentido, la localización del puerto de Corrientes constituye hoy un foco de fuerte tensión urbana. Concebido para un volumen productivo ya superado, su funcionamiento entra en conflicto con los nuevos usos ribereños vinculados al espacio público, el turismo y la valorización paisajística. Estas fricciones funcionales y ambientales vuelven urgente su relocalización y actualización, como parte de una estrategia integral de reorganización del frente fluvial.
Desde una mirada histórica, Corrientes nunca rompió su vínculo con el río, pero sí lo reinterpretó constantemente. Hubo momentos de cercanía productiva, otros de distanciamiento funcional y etapas de reencuentro simbólico y paisajístico. Los logros más claros e importantes aparecen cuando la ciudad entendió al Paraná como espacio público, como soporte identitario y como parte del sistema urbano.
Pensar hoy la relación entre Corrientes y el río implica asumir esta historia rica y compleja. No se trata de repetir modelos, sino de proyectar una relación más integrada. El desafío contemporáneo es profundizar los logros -especialmente en términos de accesibilidad y calidad del espacio público- y, al mismo tiempo, abordar las tensiones pendientes: la fragmentación del borde y la gestión de un territorio fluvial en permanente transformación.
En definitiva, el río Paraná no es solo el origen de Corrientes: es su prueba constante. La manera en que la ciudad lo habita y organiza sus usos -como el destino de sus infraestructuras portuarias- sigue siendo una de las claves para evaluar su presente y proyectar su futuro. Pensar una relación más integrada con el río implica asumir su historia, reconocer sus tensiones y animarse a redefinir aquellas piezas urbanas que hoy entran en conflicto con los nuevos paradigmas del borde fluvial.