Arq. Carlos M. Gómez Sierra
El contraste entre el transporte público de Corrientes y la experiencia de Curitiba, Brasil, abre una reflexión que excede lo técnico y considera dimensiones culturales, políticas y urbanas. Mientras en Corrientes el transporte público aparece como un servicio con poca legitimidad y escasa apropiación ciudadana, Curitiba es un caso emblemático de cómo la movilidad puede estructurar la ciudad y constituirse en elemento central de su identidad.
El denominado “modelo Curitiba” comienza a gestarse en la década de 1970 durante la gestión del arquitecto y urbanista Jaime Lerner, quien impulsó una transformación profunda en la manera de concebir la relación entre transporte público y desarrollo urbano. En lugar de pensar el transporte como respuesta a una ciudad desordenada, Curitiba invirtió la lógica: el sistema de movilidad pasó a ser el soporte estructurante del desarrollo urbano. Esta decisión implicó un cambio de paradigma, situando al transporte público en el centro de la planificación, no solo como un servicio, sino como el eje organizador del territorio.
Esta visión se materializó en la implementación del sistema BRT (Bus Rapid Transit), que con el tiempo se transformaría en referencia global. El BRT de Curitiba introdujo innovaciones simples y efectivas: carriles exclusivos, paradas cerradas con pago previo, plataformas de acceso y una organización de líneas troncales que optimiza la cobertura. Estas características permitieron alcanzar altos niveles de eficiencia y costos significativamente más bajos, resultando clave para su concreción en un contexto como el latinoamericano.
Sin embargo, reducir el éxito de Curitiba solo a la implementación de un sistema de transporte eficiente sería una simplificación. El BRT funciona en articulación con una estrategia de ordenamiento territorial basada en la concentración del desarrollo urbano a lo largo de los corredores de transporte. Este enfoque promovió mayores densidades -edificios en altura-, mezcla de usos y una fuerte estructuración de la ciudad en torno a ejes claros. La consecuencia fue la generación de un sistema urbano coherente, donde la movilidad y el uso del suelo se retroalimentan de manera positiva.
A esto se suma la fuerte continuidad institucional de Curitiba, sostenida por organismos técnicos que lograron mantener una visión de largo plazo más allá de los cambios y vaivenes políticos. Esta estabilidad permitió consolidar políticas públicas que, en otros contextos, suelen diluirse en la alternancia de gestiones. La planificación dejó de ser un ejercicio coyuntural para convertirse en una práctica sostenida, construyendo consensos y orientando decisiones.
Otro aspecto central es la dimensión cultural del sistema. En Curitiba, el transporte público no es una opción secundaria de quienes no poseen vehículo particular, sino que es utilizado por amplios sectores de la población. Esta apropiación es fundamental, ya que refuerza la sostenibilidad del sistema y contribuye a construir identidad urbana en torno a la movilidad colectiva.
Paralelamente, y observando la realidad de Corrientes desde esta perspectiva, emergen una serie de dificultades. La ciudad presenta una expansión relativamente dispersa, con bajas densidades y una fragmentación territorial que dificulta la implementación de sistemas de transporte eficientes. En este contexto, el transporte público tiende a funcionar como una solución reactiva, intentando cubrir una demanda dispersa, repercutiendo en la frecuencia y costos operativos.
A esta dimensión física se suma una problemática cultural: en Corrientes, el transporte público carga con una imagen negativa consolidada en el tiempo. La percepción de ineficiencia, incomodidad o falta de confiabilidad genera un círculo vicioso en el que quienes pueden evitar su uso lo hacen, debilitando aún más el sistema. La falta de apropiación social es un factor absolutamente clave.
Pensar el caso de Curitiba en función de Corrientes implica entonces identificar principios que puedan orientar una transformación posible. Uno de esos principios es la necesidad de reconfigurar el lugar del transporte público en la agenda urbana, pasando de una mirada centrada simplemente en la prestación de un servicio, a una concepción que lo entienda como herramienta fundamental de ordenamiento territorial.
En este sentido, más que la implementación de un “Sistema Curitiba” en versión correntina, podría pensarse en intervenciones progresivas tendientes a jerarquizar ciertos ejes de movilidad, mejorar la facilidad de uso e interpretación del sistema y generar condiciones para una mayor eficiencia operativa. La claridad en la organización de las líneas, la impostergable integración tarifaria y la mejora en la infraestructura pueden tener un impacto significativo sin requerir inversiones desproporcionadas.
Así mismo, resulta clave trabajar sobre la dimensión simbólica del transporte. En Curitiba, las paradas del servicio también contribuyen a construir una imagen reconocible del sistema. En Corrientes, la ausencia de paradas identificables refuerza la invisibilidad del transporte público, dificultando su valorización social. Incorporar elementos de diseño que hagan visible y reconocible el sistema es un paso importante hacia su resignificación.
La cuestión institucional es también un factor determinante. Sostener una política de transporte coherente en el tiempo requiere estructuras técnicas capaces de trascender las coyunturas. En este aspecto, la experiencia de Curitiba ofrece una referencia valiosa, aunque su traslado directo no sea posible. En Corrientes, el fortalecimiento de los organismos de planificación podría contribuir a dotar de consistencia a las políticas urbanas.
No obstante, cualquier intento de transformación debe reconocer los límites y particularidades del contexto local. Corrientes no es Curitiba, ni en escala, ni en recursos, ni en tradición planificadora. Pretender una transferencia directa del modelo sería no solo inviable, sino contraproducente. La clave radica en adaptar ciertos principios a una realidad específica, asumiendo que los cambios deberán ser graduales y construidos en función de las condiciones locales.
Finalmente, el caso Curitiba pone en evidencia que el transporte público es un instrumento poderoso para la construcción de ciudad, siempre que se inscriba en una visión amplia y sostenida en el tiempo. En Corrientes, el desafío no es tanto técnico como cultural. Se trata de construir una mirada compartida que permita revalorizar el transporte público y convertirlo en un componente central del proyecto urbano. Sin esa visión, cualquier mejora puntual corre el riesgo de diluirse. Con ella, en cambio, incluso intervenciones modestas pueden adquirir un sentido transformador.