Arq. Carlos M. Gómez Sierra
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El 23 de abril se celebró, una vez más, el Día del Libro. Una fecha conmemorativa que invita a pensar la lectura como una práctica individual y como forma de construir una narrativa de las ciudades y los territorios. La palabra escrita no es solo reflejo de la realidad, sino que puede ser también una suerte de arquitectura invisible. En ese cruce entre escritura, urbanidad y territorio, la ciudad y la provincia de Corrientes ofrecen un campo fértil, donde historia, poesía, memoria y paisaje se entrelazan con intensidad.
Esta relación fue conceptualizada por Ángel Rama en su obra “La ciudad letrada” (1984). Rama describe cómo las ciudades latinoamericanas fueron organizadas y dominadas por una élite letrada que administraba el poder y producía los discursos que daban sentido al territorio. La “ciudad letrada” no era solo un espacio físico, sino una trama simbólica donde la escritura definía jerarquías y formas de habitar. En este sentido, las ciudades no solo se construyen con ladrillos y calles, sino con palabras, relatos y representaciones.
Corrientes, fundada en 1588, ha sido históricamente una ciudad donde el agua, la geografía y la cultura oral han moldeado una sensibilidad fijada y reinventada por la escritura. La poesía correntina, en particular, ha operado como una suerte de cartografía alternativa, captando aquello que la planificación urbana o los registros oficiales no logran aprehender.
En la obra de Francisco Madariaga, por ejemplo, el litoral fluvial aparece como una dimensión mítica. Sus poemas no describen el territorio de manera literal, sino que lo evocan a través de imágenes -muchas veces surrealistas- donde río, vegetación y memoria conforman un paisaje interior. En Madariaga, Corrientes no es solo un lugar: es una experiencia sensorial y afectiva. Su escritura desborda los límites de lo físico para convertirse en un territorio donde lo natural y lo cultural se funden.
Algo similar ocurre con Juan José Folguera, cuya poesía introduce una mirada más íntima y contemporánea. En sus textos, los espacios de la experiencia aparecen fragmentados, atravesados por recorridos cotidianos, percepciones fugaces y una sensibilidad que pone en primer plano la experiencia del cuerpo en el espacio vivido. Folguera escribe desde ciudades vividas y caminadas, configurando una geografía emocional.
Por su parte, Rodrigo Galarza aporta una dimensión profundamente ligada a la identidad local. Su poesía trabaja con palabras e imágenes propias del litoral, construyendo una voz que es al mismo tiempo mítica y contemporánea. En Galarza, el territorio se inscribe en una tradición reinventada, en una memoria que se transmite tanto por la oralidad como por la escritura.
Estos poetas, entre otros, configuran una suerte de “contra-ciudad letrada”. Si en el esquema de Rama la escritura estaba asociada al poder y a la centralización, en el caso de Corrientes la poesía opera como un gesto de descentralización, de resistencia simbólica. La palabra escrita no impone un orden, sino que se abre en múltiples sentidos, en múltiples formas de habitar y de comprender el territorio.
Pero esta relación entre escritura, ciudad y territorio no se limita solo a la poesía. Las crónicas urbanas han sido otro dispositivo fundamental para narrar Corrientes. A diferencia de la dimensión técnica o los discursos institucionales, la crónica captura la vida cotidiana, las transformaciones casi imperceptibles que configuran la experiencia urbana.
Autores tan disimiles como Hernan Félix Gomez o José Gabriel Ceballos, entre otros, trabajando desde diferentes perspectivas y temporalidades, permiten reconstruir miradas desde la historia o la ficción, de la ciudad real o imaginada. En sus trabajos aparecen representadas las tensiones entre lo nuevo y lo antiguo, la relación con los espacios urbanos, los cambios en los hábitos sociales y modos de habitar. Se trata de escrituras que no buscan totalizar, sino registrar, observar, inventar, dar cuenta de la complejidad.
En este sentido, la crónica urbana funciona como un puente entre la ciudad material y la ciudad simbólica. Es una forma de hacer legible lo cotidiano, de inscribir en palabras aquello que, de otro modo, quedaría disperso en la experiencia individual. Así, la escritura contribuye a construir una memoria urbana compartida.
Desde la perspectiva del urbanismo, esta dimensión es crucial. Las ciudades no son solo sistemas de infraestructuras o configuraciones espaciales: son también narrativas. La manera en que se escribe sobre una ciudad influye en cómo se la percibe, en cómo se la habita y, en última instancia, en cómo se la transforma.
En Corrientes, donde los procesos de urbanización han sido muchas veces fragmentarios o espasmódicos, la escritura puede desempeñar un papel articulador. La poesía, la historia y la ficción ofrecen herramientas para pensar la ciudad desde la experiencia y la imaginación, desde aquello que no siempre entra en planos técnicos o normativas.
Volviendo a Rama, podría decirse que hoy la “ciudad letrada” ya no está monopolizada por una élite. Las nuevas formas de escritura -incluyendo las digitales- han democratizado la producción de los relatos urbanos. Sin embargo, esta apertura plantea desafíos: ¿qué relatos prevalecen? ¿qué voces son escuchadas? ¿cómo se construye una narrativa común en medio de la multiplicidad?
En el caso de Corrientes, poner en valor la obra de poetas, historiadores y escritores es una forma de fortalecer esa narrativa. Se trata de una estrategia para pensar y articular pasado, presente y futuro. La ciudad que se escribe es la ciudad que se imagina y, por lo tanto, la ciudad que se puede construir.
El Día del Libro, entonces, no es solo una celebración cultural: es una oportunidad para reflexionar sobre el papel de la palabra en la construcción de la ciudad y del territorio. En ciudades como Corrientes, donde el agua, la historia y la cultura configuran un entramado complejo, la escritura se vuelve una herramienta indispensable para comprender y transformar.
Porque, en definitiva, toda ciudad es también un texto. Un texto que se escribe y se reescribe constantemente, donde cada generación deja sus huellas, sus palabras, sus silencios. Leer y escribir la ciudad es, quizás, una de las formas más profundas de habitarla.