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Estados Unidos quiere instalar un reactor nuclear en la Luna para 2030

La Nasa trabaja desde hace años en el desarrollo de sistemas de fisión capaces de alimentar bases lunares dentro del programa Artemis. La iniciativa dejó de ser un proyecto teórico cuando el gobierno estadounidense fijó un plazo claro.

Por El Litoral

Domingo, 18 de enero de 2026 a las 08:26

La exploración espacial atraviesa un punto de inflexión. Durante décadas, las misiones a la Luna se concibieron como visitas breves, limitadas por la energía disponible y por la dependencia casi absoluta de la Tierra.

Esa lógica comienza a cambiar. Estados Unidos avanza con un plan concreto para instalar un reactor nuclear en la superficie lunar hacia 2030, una decisión que transforma a la Luna en un escenario de permanencia, producción y ensayo tecnológico.

La Nasa trabaja desde hace años en el desarrollo de sistemas de fisión capaces de alimentar bases lunares dentro del programa Artemis. La iniciativa dejó de ser un proyecto teórico cuando el gobierno estadounidense fijó un plazo claro.

En diciembre pasado, una orden ejecutiva presidencial exigió iniciar la construcción de una base lunar en 2030 y contar con un reactor nuclear listo para su lanzamiento ese mismo año. Poco después, la Nasa y el Departamento de Energía de Estados Unidos firmaron un memorando de entendimiento que formalizó esa hoja de ruta.

“Según la política espacial nacional del presidente Donald Trump, Estados Unidos se compromete a regresar a la Luna, construir la infraestructura para quedarse y realizar las inversiones necesarias para el próximo gran salto a Marte y más allá”, declaró el administrador de la Nasa, Jared Isaacman.

La frase resume una visión estratégica que vincula la energía nuclear con la expansión humana fuera de la Tierra.

“Lograr este futuro requiere aprovechar la energía nuclear. Este acuerdo permite una colaboración más estrecha entre la Nasa y el Departamento de Energía para brindar las capacidades necesarias para iniciar la Era Dorada de la exploración y el descubrimiento espacial”, sostuvo el jefe de la Agencias Espacial de los Estados Unidos.

La definición marca un giro conceptual: la energía deja de ser un soporte auxiliar para convertirse en la columna vertebral de la exploración lunar.

Los defensores de esta estrategia señalan una ventaja clave. Los reactores de fisión pueden generar electricidad de forma continua durante años, sin depender del clima, de la iluminación solar o de recargas frecuentes. Esa estabilidad resulta crítica en un entorno extremo como la Luna, donde un día lunar dura cuatro semanas terrestres, con dos semanas de luz ininterrumpida seguidas por dos semanas de oscuridad y frío intenso.

La región que concentra el interés de las potencias espaciales es el polo sur lunar. Allí, el Sol nunca se eleva demasiado sobre el horizonte y algunos cráteres permanecen en sombra permanente. En esas zonas se presume la existencia de hielo de agua, un recurso estratégico para producir agua potable, oxígeno y combustible. Sin una fuente de energía constante, operar en esos lugares resulta inviable.

El reactor previsto por la Nasa deberá generar al menos 100 kilovatios de electricidad, una potencia comparable al consumo de unos 80 hogares estadounidenses, y estar listo para su lanzamiento a finales de 2029.

La agencia financió estudios previos y otorgó contratos a empresas que desarrollaron diseños iniciales de reactores más pequeños, de unos 40 kilovatios, con masas inferiores a seis toneladas métricas. La nueva meta duplica esa capacidad y acelera los plazos.

La Luna como laboratorio de supervivencia y economía espacial

La apuesta por la energía nuclear no responde solo a una necesidad técnica. La Nasa concibe a la Luna como un banco de pruebas para misiones aún más ambiciosas, en especial hacia Marte. Aprender a vivir y trabajar fuera de la Tierra exige dominar el uso de recursos locales y construir infraestructura con un alto grado de autonomía.

En ese contexto, el reactor de fisión se presenta como la pieza central de un ecosistema energético capaz de sostener hábitats presurizados, excavadoras robóticas, sistemas de soporte vital e impresoras 3D.

Sin energía confiable, la idea de fabricar piezas en la superficie lunar o reabastecer naves con hidrógeno y oxígeno extraídos del hielo pierde sentido. Por eso, la campaña Artemis integra múltiples misiones orientadas a identificar y evaluar depósitos de agua. El rover Viper, diseñado para explorar el polo sur, buscará zonas accesibles y económicamente viables para la explotación de hielo.

La combinación de energía nuclear y recursos locales redefine el concepto mismo de base lunar. Ya no se trata de módulos temporales, sino de una infraestructura pensada para estadías prolongadas y operaciones continuas. Ese cambio de escala introduce desafíos adicionales.

Proteger un reactor en un entorno hostil, blindarlo contra la radiación y el micrometeorismo, y garantizar su seguridad operativa se convierten en problemas centrales.

También aparece un obstáculo físico conocido desde la era Apolo: el regolito. El polvo lunar, extremadamente fino y abrasivo, se levanta con violencia durante los descensos y puede dañar equipos cercanos. La experiencia del Apolo 12 dejó una advertencia clara, cuando el alunizaje cerca de la sonda Surveyor 3 provocó corrosión visible en sus componentes. En un futuro con módulos más grandes y aterrizajes frecuentes, el riesgo aumenta.

Paradójicamente, el propio reactor podría facilitar la solución. Con suficiente energía, las impresoras 3D podrían fabricar bloques de regolito sinterizado para construir plataformas de aterrizaje resistentes.

Esas plataformas permitirían más descensos seguros, lo que habilitaría nuevas misiones y ampliaría la infraestructura. Se formaría así un ciclo de retroalimentación donde cada avance energético impulsa el siguiente.

El desarrollo tecnológico avanza en paralelo. La minería autónoma dejó de ser un concepto abstracto. La startup Interlune, respaldada por la Nasa, trabaja en un sistema capaz de procesar cien toneladas métricas de suelo lunar por hora en busca de helio-3, un isótopo escaso en la Tierra y abundante en la Luna. China presentó un robot minero de seis patas y explora un sistema de lanzamiento magnético para transportar materiales a la órbita.

La fabricación aditiva completa el panorama. Tanto Estados Unidos como China desarrollan impresoras 3D capaces de utilizar aluminio, silicio e hierro presentes en la Luna para producir estructuras. El Organismo Internacional de Energía Atómica advirtió que “las técnicas de fabricación avanzadas desempeñarán un papel vital para hacer posibles los futuros reactores modulares”.

En este modelo híbrido, el núcleo del reactor llegaría desde la Tierra, mientras que su blindaje y parte de su estructura se fabricarían in situ.

El potencial económico de este enfoque resulta considerable. El helio-3 podría alimentar reactores de fusión con mínimos residuos radiactivos de larga vida. Aunque esa tecnología aún no se encuentra madura, su promesa impulsa a las naciones a asegurar posiciones estratégicas en la superficie lunar. El acceso a los recursos se transforma en una ventaja competitiva y en una forma de poder.

Este escenario expone un vacío legal significativo. El Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe las reclamaciones territoriales, pero no regula con precisión la explotación de recursos ni la creación de zonas de exclusión.

En 2015, Estados Unidos aprobó la Ley de Competitividad de Lanzamientos Espaciales Comerciales, que reconoce derechos de extracción a empresas privadas. El senador Ted Cruz lo explicó con una metáfora directa: “No eres dueño del océano, pero sí puedes ser dueño de los peces que capturas”.

Los Acuerdos Artemis, firmados por 60 países, buscan ampliar ese principio y promueven la transparencia y el uso pacífico. Introducen el concepto de “zonas de seguridad” para evitar interferencias entre misiones, aunque expertos advierten sobre la ambigüedad de términos como “razonable” o “nominal”. Mike Gold, de la Nasa, sostuvo que estas zonas no implican propiedad, sino mecanismos de resolución de conflictos.

Mientras la diplomacia avanza con cautela, la tecnología progresa a mayor velocidad. La ONU creó un grupo de trabajo legal con mandato hasta 2027, pero el hardware ya se diseña y las decisiones actuales establecen precedentes de facto. El riesgo consiste en que las normas del futuro surjan sin consenso global.

Aun así, algunos especialistas observan una oportunidad. Si la energía nuclear, la minería robótica y la fabricación in situ se conciben como herramientas de cooperación, la Luna podría convertirse en un espacio de colaboración científica sin precedentes.

Estados Unidos describe al programa Artemis como “una plataforma para la ciencia abierta, la transparencia y la cooperación”, mientras que China habla de “un futuro compartido para la humanidad”.

El reactor nuclear lunar representa más que un logro técnico. Simboliza la transición de la exploración episódica a la presencia sostenida, de la visita al asentamiento, del experimento al sistema. También plantea una pregunta política y ética de fondo: cómo convivir y cooperar más allá de la Tierra.

Los próximos cinco años resultarán decisivos. Si la Nasa logra desplegar el reactor en 2030, la Luna dejará de ser un destino ocasional para convertirse en una economía incipiente y en un laboratorio de supervivencia.

La pregunta ya no gira en torno a la capacidad de llegar, sino a la forma en que la humanidad elegirá quedarse y organizar su futuro fuera del planeta que la vio nacer.

Infobae

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