Una niña de 11 años, hija de una humilde familia de pescadores, tuvo la oportunidad de vivir un cuento de hadas gracias a la generosidad del prestigioso actor Anthony Quinn, pero sólo 20 días después de llegar a Estados Unidos invitada por el cuatro veces ganador del Oscar, decidió regresar a su pueblo, en el extremo sur del Estado brasileño de Paraná, para estar cerca de sus seres queridos y llevar adelante una vida sencilla, alejada de la fama.
Todo esto ocurrió cuando la estrella de Hollywood Anthony Quinn llegó a Pontal do Sul, la playa más agreste y menos poblada de la ciudad de Pontal do Paraná, para rodar la que iba a ser su anteúltima película: “Oriundi”, la historia de un anciano italiano que viaja a Brasil convencido de que podrá reencontrarse con su esposa, quien falleció siendo muy joven y -según la trama- pudo haber reencarnada en otra mujer.
En agosto de 1998, Quinn, los demás actores y el resto del equipo se instalaron en un modesto restaurante de pescados al que tomaron como punto de rutina en los momentos de descanso, muy cerca de la pescadería “La Banca de Doca”, perteneciente a una abnegada comerciante del rubro que cortaba y limpiaba frutos de mar para mantener a sus hijos luego de que su esposo se marchara definitivamente del hogar varios años antes.
El protagonista de “La Strada”, “Zorba el Griego” y “El Viejo y el Mar” se dejaba ver en las calles de aquel pequeño caserío y doña Doca (así llamada popularmente la señora María Rosa da Silva) vio la oportunidad de acercarse para solicitar un autógrafo de quien era su ídolo del cine. Lo hizo con una bandeja de camarones fritos y acompañada por su hija, también llamada María Rosa, en ese momento una pequeña de 11 años que no sabía mucho de Anthony Quinn pero sí reconoció a otra integrante del elenco, la actriz brasileña Gabriela Duarte.
Así, mientras Doca pugnaba por llegar al actor mexiconorteamericano, su hija intentaba hacer lo propio con Duarte, quien por esos años había adquirido notoriedad nacional gracias a novelas románticas de las que había formado parte. Pero ni María Rosa madre ni María Rosa hija iban a lograr su cometido porque, antes de que se dieran cuenta, el propio Anthony Quinn, encandilado por la niña, la interceptó, la tomó amablemente del brazo y la miró a los ojos para pronunciar una frase que impactó a todos: “Tu eres alguien que amé en otra vida”.
El famoso actor, espiritualista devoto y creyente del milagro de la reencarnación, transformó la ficción de la película en realidad al asegurar que la pequeña María Rosa da Silva Schuster era “alguien” a quien había conocido y querido en vidas pasadas, razón por la cual decidió convertirla en su protegida durante todo el rodaje, al final del cual presentó formalmente una propuesta a doña Doca: había decidido invitar a la niña a su casa de Rhode Island, en Estados Unidos, para costear sus estudios y convertirla en una actriz exitosa.
Al principio la niña y su madre no aceptaron, pero durante meses Quinn insistió telefónicamente con llamadas diarias, hasta que las dos decidieron viajar como invitadas del actor. Cuando llegaron a la mansión de su genial anfitrión, se encontraron con que la residencia, ubicada en la ciudad de Bristol, había sido preparada especialmente con una habitación construida para María Rosa, decorada en rosado y adornada con todo aquello que una niña de su edad pudiera soñar.
Doca, su madre, declaró en ese momento a la prensa que iba a acompañar a su hija con la esperanza de que no terminara su vida trozando pescado junto al muelle de Pontal do Sul, pero la perspectiva de la pequeña fue diferente: ya instalada en el que prometía ser su destino soñado, comenzó a sentir “saudades” de su pueblo, sus amigos, sus playas y su gente. Un buen día, durante el desayuno, se lo confesó a su ilustre padrino. Y al cabo de dos semanas en América del Norte, la pequeña regresó a su vida de siempre, volvió a la escuela y convirtió en anécdota aquella aventura en la Meca del cine.
Muchos criticaron a la madre y a la niña por desperdiciar una chance de oro, pero ninguna de las dos se arrepintió. Al regresar, la niña que pasó a la historia como “La Menina do Anthony Quinn”, mantuvo contacto con el actor, quien le enviaba obsequios y ayuda para que pudiera llevar una vida mejor, pero nunca más volvieron a verse. Tres años después, Quinn murió víctima de una neumonía a los 85 años y la puerta que mantuvo abierta para su querida ahijada brasileña comenzó a cerrarse pese a que la esposa del actor, Kathy Benvin, continuó la relación con Doca y su hija.
Según publicó un informe de la página digital “Bem Blogado”, la propia María Rosa da Silva Schuster declaró hace algunos años que “decidí no quedarme” porque extrañaba mi casa, mis amigos, mi familia. Durante ese tiempo, no dormí porque temía que mi madre se quedara sola. Fue maravilloso, pero mi lugar estaba aquí. Y volví”.
Hoy María Rosa y Doca siguen juntas en la pescadería, que se convirtió en un punto de atracción de la ribera paranaense. La “menina do Anthnoy” tiene ahora 38 años, un esposo y dos hijos varones en edad adolescente. Según puede verse en sus redes sociales y en las publicaciones de medios locales, la mujer que alguna vez pudo ser una celebridad de Hollywood lo es, pero a menor escala, en su terruño, porque numerosos medios intentan entrevistarla y en varias oportunidades recibió propuestas para incorporarse al mundo de la actuación.
Sin embargo, Meg, como es conocida en su Instagram oficial, sólo canaliza su fama a través de posteos en los que funge como influencer en tendencias de moda, a la vez que alterna sus labores con su rol de madre de familia.
De tanto en tanto, echa una mano a su madre en los mostradores de “La Banca de Doca” y recuerda aquellos días con cariño hacia el actor que la incluyó en su vida para siempre: “Anthony era un señor muy espiritual y así se comportó conmigo. Siempre me trató muy bien, con mucho afecto”, expresó.
Los vientos marinos soplan por las calles de Pontal do Sul sin que sus pobladores se sorprendan por las breves tormentas de verano que duran no más que una noche, como tampoco se sorprenden cuando les preguntan por la historia de la niña que eligió regresar a la simpleza de una calle de arena y un puesto de pescado sobre la avenida Anibal Khury, frente a la mata atlántica acariciada por el salitre marino.
Saben que el espíritu del protagonista de “Oriundi”, la película cuyo rodaje dio origen a esta historia, flota en el aire de Pontal. Especialmente, en la arbolada calle que sigue a la avenida Khury: la rúa “Anthony Quinn”.