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El sitial de la vicepresidencia

Por El Litoral

Viernes, 13 de abril de 2012 a las 01:00
Carlos Alberto “Chacho” Alvarez renunció sin cumplir ocho meses como vicepresidente de Fernando De la Rúa.
Carlos Menem asumió el 11 de diciembre de 1991. Gobernó sin vicepresidente hasta 1995, cuando es electo para ese cargo Carlos Ruckauf.
Tras el primer gobierno democrático, con el regreso del peronismo al poder en 1989, se reanuda el ciclo de alteraciones. El vicepresidente Eduardo A. Duhalde (Lomas de Zamora, 1941) renuncia el 5 de diciembre de 1991 y el 11 de diciembre de ese mismo año asume como gobernador electo de la provincia de Buenos Aires.
Menem gobernará sin vicepresidente hasta 1995, cuando es electo para ese cargo Carlos Federico Ruckauf (Ramos Mejía, 1944), que permanece sin novedad hasta el fin del mandato, en 1999. El vicepresidente que asume el 10 de diciembre de 1999, como segundo de Fernando de la Rúa, es Carlos Alberto “Chacho” Alvarez (Buenos Aires, 1948), un hombre proveniente del peronismo, al que representó como diputado nacional.  Alvarez renuncia el 6 de octubre de 2000, sin cumplir ocho meses como vicepresidente, y De la Rúa se queda sin acompañante hasta su renuncia, el 20 de diciembre de 2001. Duhalde gobierna también sin vicepresidente hasta el 25 de mayo de 2003, cuando Daniel Osvaldo Scioli (Buenos Aires, 1957) asume como vice de Néstor Kirchner.
Scioli ocupa el cargo hasta 2007, pero en visible y explícito ostracismo con el matrimonio presidencial, que lo margina completamente de las decisiones estratégicas. No le va mejor, sino incluso peor, al ingeniero Julio César Cleto Cobos (Godoy Cruz, Mendoza, 1955), que ocupa formalmente el cargo desde diciembre de 2007 hasta diciembre de 2011, aunque literalmente confinado y vituperado por su propio gobierno desde que en julio de 2008 no acompaña con su famoso voto “no positivo” la posición de Cristina Fernández en el Senado y queda congelado, sin perdón ni amnistía durante tres años, uno de los casos de vendetta política más absoluta que se recuerda.
No renuncia, pero Cobos queda en condición de “muñeco de torta”, vaciado de todo papel institucional relevante.
Mientras que a Scioli lo puso como vicepresidente Duhalde y a Cobos lo catapultó Néstor Kirchner, a Boudou lo llevó de la mano al cargo, ella sola y sin socios, la propia Presidenta. Una desgracia judicial y política de Boudou como la que se viene incubando a pasos agigantados, sería un contraste indigerible para este gobierno, cuya supremacía, en el Congreso y en el territorio nacional, la blinda como nunca antes lo estuvo una gestión surgida de elecciones.
Pero la genealogía política del peronismo en sus casi 67 años de vida revela que el ejercicio de la conducción y la noción de implacable verticalidad son cuestiones de inexorable aplicación.
Por eso, lo que se vivió con Tessaire en 1955 (ya enfrentado a Perón), con Solano Lima en 1973 (marginado por Perón), con Duhalde en 1991 (alejado de Menem), con Scioli (distanciado de Kirchner) desde 2003 y con Cobos (enfrentado con Cristina) en 2008, revela que la actitud del poder justicialista hacia las estructuras constitucionales es, por lo menos, muy dependiente de la práctica concreta e inapelable de la conducción.  No se toca sólo lo que no se vive como amenaza ó rivalidad; pero no se tolera lo que no se disciplina en condiciones de vasallaje. Boudou es, en este sentido, un vicepresidente peronista que no intimida al poder presidencial desde su propio proyecto (a estas alturas inexistente), pero complica ­por el contrario- porque su hipotético derrumbe político tras una investigación judicial, sería un costo casi indigerible para su creadora y referente, la señora de Kirchner.
Claro que todo este recorrido histórico sirve para acreditar que, a la hora de seleccionar recursos humanos para un cargo tan delicado, sería ya indispensable que se aplicaran criterios rigurosos de control de calidad, aptitud intelectual y decencia personal.  Eso sería bueno, al menos y aunque más no sea, para evitar en el futuro amargas sorpresas y turbulencias como ésta, que recién ha comenzado y, ciertamente, no aflojará enseguida, porque la cascada de jaquecas para el Ejecutivo seguirá derramando dolores. Dolores que no serán pequeños.

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