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La insistente idea de rebelarse ante las injusticias

Felipe Pigna cerrará mañana   a las 20 el ciclo “Primavera Planeta” organizado por el grupo editorial y el Banco Hipotecario. Un ciclo que nos ofreció la oportunidad de compartir con diferentes escritores la presentación de sus últimos libros. Pasó Beatriz Sarlo con “Intimidad Pública”; Federico Delgado con “Injusticias”, y Santiago Kovadloff presentó “Locos de Dios”. Ahora Pigna presenta “Mujeres insolentes de la historia” en el Hotel Guaraní con entrada libre.

Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral

El libro cuenta las historias de mujeres que hicieron historia. Igual que muchos hombres, pero a ellas se les mezquinó la memoria de sus actos. Tardaron en aparecer en los libros, en las revistas, en los manuales de la escuela, en las conmemoraciones. Fueron mujeres valientes, arriesgadas, talentosas, capaces de ir contra lo que su época decía que había que hacer. Estuvieron a la altura de una historia que luego las arrumbó en un costado, fueron las “insolentes” en ese mundo. 
En este libro, Felipe Pigna nos cuenta la vida de algunas mujeres latinoamericanas que se sublevaron para hacer lo que querían. Augusto Costhanzo las imagina y las dibuja recreando un mundo lleno de colores y rostros que no conocíamos. Un libro para descubrir mujeres increíbles y para que las lectoras se imaginen a sí mismas como valientes protagonistas de su propia historia.

—La primera pregunta es acerca del diseño de este libro que tiene ilustraciones, pero que también tiene una tipografía muy particular; no es un libro de historia de los que uno acostumbra a leer...
—Sí, es un libro que surgió de mis visitas a colegios donde las chicas y los chicos me preguntaban si ese movimiento feminista nuevo tiene historia y a mí me pareció interesante que conozcan que tiene una larga historia, por eso tiene una clave infanto-juvenil aunque está destinado a todo público y ahí surgió la idea con el amigo Augusto Costhanzo, de hacer un diseño diferente, ilustrarlo con unas figuras e ilustración que a mí por lo menos me encanta.
—Cómo fuiste seleccionando a las mujeres que forman parte de este libro, que cada una por supuesto tiene una historia muy particular, pero ¿cómo fue ese trabajo de curaduría de mujeres?
—Bueno, son 29 que van desde la conquista hasta comienzo del siglo XX, que es el primer tomo. Estamos terminando el segundo tomo. La selección tiene que ver con distintos grados de insolencia en distintos momentos. Hoy algunas insolencias nos parecen lindas digamos, como la de Cecilia Grieson, por ejemplo, que fue la primera médica, pero en el momento en que ella ingresa a la facultad era todo un atrevimiento. Tuvo que soportar el bullying de sus compañeros y el maltrato de los profesores.
Por ejemplo, ella cuenta que el primer examen que le toman, el profesor médico que le toma el examen hace constar en acta: “Conste que le estoy toman un examen a un ser inferior”, por tratarse de una mujer, y con un extraordinario carácter y una voluntad, se recibió y fue una gran médica, además, fue una de las promotoras del movimiento feminista en nuestro país, cuando se organizó la primera conferencia mundial feminista que se reúne en Buenos Aires en 1910, por ejemplo.
—Hay una serie en Netflix que se llama “Las chicas del cable”, una serie española muy exitosa que ya lanzó su tercera temporada, y habla justamente de la lucha por la conquista de derechos de las mujeres en España y de cómo, a partir de ir ocupando los espacios lo van logrando. Las mujeres que vos reflejás en el libro tienen estas mismas intenciones y decisiones, pero muchísimo antes en la historia.
—Bueno, ahí hablamos de las primeras rebeldes, que fueron las mujeres que se revelaron de la conquista española, Anacaona que fue la primera que se relevó incluso ante Colón. Esta cultura era tan interesante, que fue la cultura de la arawak, que recibió también a los recién llegados que terminaron siendo esclavizados; esto provocó esta rebelión antesana, que fue la primera rebelión de la historia de América en 1493, encabezada por Caona y esta mujer Anacaona que fue la primera vez que registramos en nuestra historia. Después seguirán la Gaitana que fue una mujer en Colombia que encabezó la rebelión y que impidió la ocupación del espacio central en Colombia durante casi 70 años, junto a su ejército de amazonas, como la llamaron los españoles justamente. Ahí está el origen del nombre del río, el segundo río más caudaloso del mundo que es el Amazona, con esta denominación que le dan los españoles a estas mujeres guerreras un poco basándose a estas amazonas griegas.
—Más allá de rebelarse y de tener algo en común ¿qué características o cualidad podrías resaltar entre estas mujeres? Al menos en este primer tomo, ¿qué tenían en común entre todas ellas?
—Lo que tenían en común es no soportar, no aceptar como no es válido, lógico, ese concepto patriarcal de que la mujer es la que debe ser postergada, tenía que soportar el autoritarismo, de un cambio de valores que no eran los suyos. Y yo creo que en ese sentido hay algo en común en todas ellas, en la no aceptación y por eso el nombre de insolentes, tiene que ver con rebelarse ante esta injusticia.
—¿Podés contar la historia de Juliana, que aparece en el libro con el subtítulo “La rebelión guaraní”, que me parece que es interesante por el lugar en donde estamos nosotros ¿Quién era Juliana? 
—Juliana era una indígena guaraní, que es raptada como tantas otras mujeres cautivas en esa curiosa moral que tenían los conquistadores, que hablaban de la monogamia y tenían hasta 10 y 15 mujeres. Ella era una concubina que había sido obligada a formar parte del harén de uno de los conquistadores y recibía permanentes maltratos y en la noche de Semana Santa decide encabezar una rebelión, que fracasa, pero ella da muerte a su torturador, apropiador.
Ese iba a ser inicio a una rebelión pero que no termina concretándose, pero Juliana queda en la historia como una notable rebelde guaraní.
—¿Cómo es ir recogiendo de la historia esos trozos? Elegir lo que te interesa contar o traer al presente ¿Cómo es ese trabajo de recolección de historias y de cosas para contar?
—Es un trabajo activo, de recopilación. Es muy difícil porque justamente las mujeres están muy marginadas, incluso de la reciente historia, como que aparecen secundarias, como en los momentos marginales. De ahí esa famosa expresión de Simone de Beauvoir como un sexo definido a partir del que se supone que hay uno primero y bueno así que las fuentes son complejas en ese sentido, son muy interesantes. Este es el trabajo de investigación que se había empezado para mi libro “Mujer tenía que ser”.
—Muchas de las mujeres de este libro son esposas o hijas, o están vinculadas a personajes centrales de nuestra historia, a hombres centrales de la historia y que sin embargo hicieron…
—Algunas no, porque justamente hice esto, que no sean detrás de un gran hombre una gran mujer; por ejemplo, el caso de Alfonsina Storni, que es la mujer con la que concluye el libro, con una autonomía extraordinaria y que habla de la loba, esta mujer que se rebela a estar en el rebaño y por eso me parece una mujer tan interesante, una de las grandes poetas que tiene acá la Argentina.
—¿Cuándo tenés pensado o cuál es el plan para el segundo tomo del libro?
—Más o menos en noviembre de este año. Ya está en la imprenta, así que en eso estamos.

Fragmentos
—La Gaitana. Ojo por ojo
—Vivía en El Dorado, la actual Colombia, una cacica a la que llamaban la Gaitana. Durante esa época en que los españoles se dedicaron a “conquistar” América, la leyenda decía que ese lugar era una fuente inagotable de oro. Las noticias sobre El Dorado llegaron a oídos del conquistador español Pizarro, quien mandó una expedición a tomar la región y fundar allí varias ciudades. Esto implicó el sometimiento feroz de los habitantes de la zona y sus caciques, que se fueron resignando a las atrocidades de los conquistadores, quienes entre otras cosas los obligaban a pagar tributo al rey de España.
Sin embargo, hubo un joven líder guerrero que no quiso someterse a esas decisiones. Su nombre era Buiponga, y era hijo de la Gaitana. Los invasores no iban a tolerar que este indígena rebelde e insolente pudiera ser ejemplo para otros, y mandaron a arrestarlo para después quemarlo en la hoguera, a la vista de su madre. Mientras veía a su hijo morir en el fuego, la Gaitana -los ojos secos por el humo y el dolor- se desplazó lenta, como una cierva herida y brava, y huyó del mismo destino. Dispuesta a vengar a su hijo y a tantos más de otras madres, la cacica armó su propio ejército, para el que reunió a seis mil guerreros con los que atacó las nuevas ciudades fundadas. En uno de estos ataques tomó prisionero al español que había dado la orden de quemar a su hijo. Le sacó los ojos y con una cuerda que le ató a la garganta, lo paseó por la ciudad como trofeo. Pero la lucha de la Gaitana no terminó cuando satisfizo su sed de justicia. Dándose cuenta de que había que hacer lo posible y lo imposible para detener a los feroces españoles, se alió con otro cacique para dar batalla. Juntos lograron mantener las armas en alto y redoblar los ataques. Sus enemigos no se quedaron atrás y enviaron una expedición de castigo. Sin embargo, no hubo suerte para el invasor y menos aún para Juan de Ampudia, el jefe de la tropa: todos ellos fueron expulsados y Ampudia acabó sus días con un lanzazo en el cuello. 
La leyenda de El Dorado que llegó a oídos de los españoles, hablaba de un cacique que cada año se bañaba en oro, al parecer en una bellísima laguna de Guatavita, en la actual Colombia.
El codicioso Pizarro mandó a Sebastián del Belalcázar, uno de sus hombres, a explorar el soñado lugar donde este fundó Cali y Popayan.
—Remedios de Escalada. (1797-1823) Una dama patricia.
—Cuentan que cuando José de San Martín la conoció, le comentó a Carlos de Alvear, su compañero de viaje: “Esa mujer me ha mirado para toda la vida”. Estaban en una de las tertulias porteñas que organizaban los Escalada y la mujer, o mejor dicho la jovencita de 14 años, era Remedios. José tenía 34, era ya teniente coronel y un buen partido para las chicas casaderas. A Remedios le fascinó escuchar las anécdotas que San Martín contaba sobre su agitada vida militar por las lejanas tierras de Africa y Europa. Pero más le gustó oír que él había regresado para luchar por la independencia latinoamericana. Ella no solo adhería a esta causa, sino que pese a su juventud ya integraba la Sociedad Patriótica, un grupo de mujeres de clase alta que había hecho donativos para armar a los soldados y habían suscrito un documento que decía: “Yo armé el brazo de ese valiente que aseguró su gloria y nuestra libertad”. El amor entre Remedios y José fue inmediato y también el noviazgo: se casaron el 12 de septiembre de 1812. Durante los primeros años, San Martín creó y organizó el Regimiento de Granaderos a Caballo, hasta que fue designado gobernador de Cuyo, y entonces marcharon juntos a Mendoza. Su marido estaba planificando el cruce de la cordillera para liberar Chile y Perú con el Ejército de los Andes, por lo que Remedios se dedicó a organizar a las damas mendocinas, alentándolas a desprenderse de sus joyas y a reunir fondos para adquirir las armas que necesitaban los soldados. Por esos agitados días, el 24 de agosto de 1816, nació la primera y única hija de la pareja: Mercedes. Durante los primeros tres años, madre e hija se quedaron en Mendoza mientras San Martín cruzaba la cordillera y, tras la victoria de Chacabuco, lograba la independencia para Chile. Pero en 1819, Remedios estaba enferma y San Martín estaba próximo a iniciar su campaña al Perú, de modo que decidió mandar a sus dos mujeres a Buenos Aires. Remedios no quería volver y tenía dos buenos motivos para negarse: lo peligroso que era el camino y su miedo de no volver ver a su marido. Pero San Martín se impuso y para protegerlas le pidió a Belgrano que las escoltara en el trayecto de Córdoba a Santa Fe. El viaje de Remedios y Merceditas en una diligencia seguida por otro carro que llevaba un ataúd que ya tenía destinataria, fue penoso. Aunque Belgrano pudo cumplir su cometido y en una carta le decía a su amigo José: “La señora Remedios, con la preciosa y viva Merceditas, pasó de aquí felizmente y según me dice el conductor del pliego, había llegado bien hasta Buenos Aires”. Remedios vivió cuatro años en casa de sus padres, durante los cuales su enfermedad, tuberculosis, se agravó. Se pasó esperando la anunciada vuelta de su esposo, que estaba en Mendoza, pero que no podía regresar a Buenos Aires debido a que las autoridades unitarias amenazaban con enjuiciarlo y detenerlo. Finalmente, el 3 de agosto de 1823, la joven mujer murió pronunciando el nombre de su amado. 
Cuando meses después de la muerte de la esposa de San Martín pudo regresar a Buenos Aires, hizo colocar en su tumba una humilde lápida con la leyenda “Aquí descansa Remedios Escalada, esposa y amiga del General San Martín”.

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La insistente idea de rebelarse ante las injusticias

Felipe Pigna cerrará mañana   a las 20 el ciclo “Primavera Planeta” organizado por el grupo editorial y el Banco Hipotecario. Un ciclo que nos ofreció la oportunidad de compartir con diferentes escritores la presentación de sus últimos libros. Pasó Beatriz Sarlo con “Intimidad Pública”; Federico Delgado con “Injusticias”, y Santiago Kovadloff presentó “Locos de Dios”. Ahora Pigna presenta “Mujeres insolentes de la historia” en el Hotel Guaraní con entrada libre.

Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral

El libro cuenta las historias de mujeres que hicieron historia. Igual que muchos hombres, pero a ellas se les mezquinó la memoria de sus actos. Tardaron en aparecer en los libros, en las revistas, en los manuales de la escuela, en las conmemoraciones. Fueron mujeres valientes, arriesgadas, talentosas, capaces de ir contra lo que su época decía que había que hacer. Estuvieron a la altura de una historia que luego las arrumbó en un costado, fueron las “insolentes” en ese mundo. 
En este libro, Felipe Pigna nos cuenta la vida de algunas mujeres latinoamericanas que se sublevaron para hacer lo que querían. Augusto Costhanzo las imagina y las dibuja recreando un mundo lleno de colores y rostros que no conocíamos. Un libro para descubrir mujeres increíbles y para que las lectoras se imaginen a sí mismas como valientes protagonistas de su propia historia.

—La primera pregunta es acerca del diseño de este libro que tiene ilustraciones, pero que también tiene una tipografía muy particular; no es un libro de historia de los que uno acostumbra a leer...
—Sí, es un libro que surgió de mis visitas a colegios donde las chicas y los chicos me preguntaban si ese movimiento feminista nuevo tiene historia y a mí me pareció interesante que conozcan que tiene una larga historia, por eso tiene una clave infanto-juvenil aunque está destinado a todo público y ahí surgió la idea con el amigo Augusto Costhanzo, de hacer un diseño diferente, ilustrarlo con unas figuras e ilustración que a mí por lo menos me encanta.
—Cómo fuiste seleccionando a las mujeres que forman parte de este libro, que cada una por supuesto tiene una historia muy particular, pero ¿cómo fue ese trabajo de curaduría de mujeres?
—Bueno, son 29 que van desde la conquista hasta comienzo del siglo XX, que es el primer tomo. Estamos terminando el segundo tomo. La selección tiene que ver con distintos grados de insolencia en distintos momentos. Hoy algunas insolencias nos parecen lindas digamos, como la de Cecilia Grieson, por ejemplo, que fue la primera médica, pero en el momento en que ella ingresa a la facultad era todo un atrevimiento. Tuvo que soportar el bullying de sus compañeros y el maltrato de los profesores.
Por ejemplo, ella cuenta que el primer examen que le toman, el profesor médico que le toma el examen hace constar en acta: “Conste que le estoy toman un examen a un ser inferior”, por tratarse de una mujer, y con un extraordinario carácter y una voluntad, se recibió y fue una gran médica, además, fue una de las promotoras del movimiento feminista en nuestro país, cuando se organizó la primera conferencia mundial feminista que se reúne en Buenos Aires en 1910, por ejemplo.
—Hay una serie en Netflix que se llama “Las chicas del cable”, una serie española muy exitosa que ya lanzó su tercera temporada, y habla justamente de la lucha por la conquista de derechos de las mujeres en España y de cómo, a partir de ir ocupando los espacios lo van logrando. Las mujeres que vos reflejás en el libro tienen estas mismas intenciones y decisiones, pero muchísimo antes en la historia.
—Bueno, ahí hablamos de las primeras rebeldes, que fueron las mujeres que se revelaron de la conquista española, Anacaona que fue la primera que se relevó incluso ante Colón. Esta cultura era tan interesante, que fue la cultura de la arawak, que recibió también a los recién llegados que terminaron siendo esclavizados; esto provocó esta rebelión antesana, que fue la primera rebelión de la historia de América en 1493, encabezada por Caona y esta mujer Anacaona que fue la primera vez que registramos en nuestra historia. Después seguirán la Gaitana que fue una mujer en Colombia que encabezó la rebelión y que impidió la ocupación del espacio central en Colombia durante casi 70 años, junto a su ejército de amazonas, como la llamaron los españoles justamente. Ahí está el origen del nombre del río, el segundo río más caudaloso del mundo que es el Amazona, con esta denominación que le dan los españoles a estas mujeres guerreras un poco basándose a estas amazonas griegas.
—Más allá de rebelarse y de tener algo en común ¿qué características o cualidad podrías resaltar entre estas mujeres? Al menos en este primer tomo, ¿qué tenían en común entre todas ellas?
—Lo que tenían en común es no soportar, no aceptar como no es válido, lógico, ese concepto patriarcal de que la mujer es la que debe ser postergada, tenía que soportar el autoritarismo, de un cambio de valores que no eran los suyos. Y yo creo que en ese sentido hay algo en común en todas ellas, en la no aceptación y por eso el nombre de insolentes, tiene que ver con rebelarse ante esta injusticia.
—¿Podés contar la historia de Juliana, que aparece en el libro con el subtítulo “La rebelión guaraní”, que me parece que es interesante por el lugar en donde estamos nosotros ¿Quién era Juliana? 
—Juliana era una indígena guaraní, que es raptada como tantas otras mujeres cautivas en esa curiosa moral que tenían los conquistadores, que hablaban de la monogamia y tenían hasta 10 y 15 mujeres. Ella era una concubina que había sido obligada a formar parte del harén de uno de los conquistadores y recibía permanentes maltratos y en la noche de Semana Santa decide encabezar una rebelión, que fracasa, pero ella da muerte a su torturador, apropiador.
Ese iba a ser inicio a una rebelión pero que no termina concretándose, pero Juliana queda en la historia como una notable rebelde guaraní.
—¿Cómo es ir recogiendo de la historia esos trozos? Elegir lo que te interesa contar o traer al presente ¿Cómo es ese trabajo de recolección de historias y de cosas para contar?
—Es un trabajo activo, de recopilación. Es muy difícil porque justamente las mujeres están muy marginadas, incluso de la reciente historia, como que aparecen secundarias, como en los momentos marginales. De ahí esa famosa expresión de Simone de Beauvoir como un sexo definido a partir del que se supone que hay uno primero y bueno así que las fuentes son complejas en ese sentido, son muy interesantes. Este es el trabajo de investigación que se había empezado para mi libro “Mujer tenía que ser”.
—Muchas de las mujeres de este libro son esposas o hijas, o están vinculadas a personajes centrales de nuestra historia, a hombres centrales de la historia y que sin embargo hicieron…
—Algunas no, porque justamente hice esto, que no sean detrás de un gran hombre una gran mujer; por ejemplo, el caso de Alfonsina Storni, que es la mujer con la que concluye el libro, con una autonomía extraordinaria y que habla de la loba, esta mujer que se rebela a estar en el rebaño y por eso me parece una mujer tan interesante, una de las grandes poetas que tiene acá la Argentina.
—¿Cuándo tenés pensado o cuál es el plan para el segundo tomo del libro?
—Más o menos en noviembre de este año. Ya está en la imprenta, así que en eso estamos.

Fragmentos
—La Gaitana. Ojo por ojo
—Vivía en El Dorado, la actual Colombia, una cacica a la que llamaban la Gaitana. Durante esa época en que los españoles se dedicaron a “conquistar” América, la leyenda decía que ese lugar era una fuente inagotable de oro. Las noticias sobre El Dorado llegaron a oídos del conquistador español Pizarro, quien mandó una expedición a tomar la región y fundar allí varias ciudades. Esto implicó el sometimiento feroz de los habitantes de la zona y sus caciques, que se fueron resignando a las atrocidades de los conquistadores, quienes entre otras cosas los obligaban a pagar tributo al rey de España.
Sin embargo, hubo un joven líder guerrero que no quiso someterse a esas decisiones. Su nombre era Buiponga, y era hijo de la Gaitana. Los invasores no iban a tolerar que este indígena rebelde e insolente pudiera ser ejemplo para otros, y mandaron a arrestarlo para después quemarlo en la hoguera, a la vista de su madre. Mientras veía a su hijo morir en el fuego, la Gaitana -los ojos secos por el humo y el dolor- se desplazó lenta, como una cierva herida y brava, y huyó del mismo destino. Dispuesta a vengar a su hijo y a tantos más de otras madres, la cacica armó su propio ejército, para el que reunió a seis mil guerreros con los que atacó las nuevas ciudades fundadas. En uno de estos ataques tomó prisionero al español que había dado la orden de quemar a su hijo. Le sacó los ojos y con una cuerda que le ató a la garganta, lo paseó por la ciudad como trofeo. Pero la lucha de la Gaitana no terminó cuando satisfizo su sed de justicia. Dándose cuenta de que había que hacer lo posible y lo imposible para detener a los feroces españoles, se alió con otro cacique para dar batalla. Juntos lograron mantener las armas en alto y redoblar los ataques. Sus enemigos no se quedaron atrás y enviaron una expedición de castigo. Sin embargo, no hubo suerte para el invasor y menos aún para Juan de Ampudia, el jefe de la tropa: todos ellos fueron expulsados y Ampudia acabó sus días con un lanzazo en el cuello. 
La leyenda de El Dorado que llegó a oídos de los españoles, hablaba de un cacique que cada año se bañaba en oro, al parecer en una bellísima laguna de Guatavita, en la actual Colombia.
El codicioso Pizarro mandó a Sebastián del Belalcázar, uno de sus hombres, a explorar el soñado lugar donde este fundó Cali y Popayan.
—Remedios de Escalada. (1797-1823) Una dama patricia.
—Cuentan que cuando José de San Martín la conoció, le comentó a Carlos de Alvear, su compañero de viaje: “Esa mujer me ha mirado para toda la vida”. Estaban en una de las tertulias porteñas que organizaban los Escalada y la mujer, o mejor dicho la jovencita de 14 años, era Remedios. José tenía 34, era ya teniente coronel y un buen partido para las chicas casaderas. A Remedios le fascinó escuchar las anécdotas que San Martín contaba sobre su agitada vida militar por las lejanas tierras de Africa y Europa. Pero más le gustó oír que él había regresado para luchar por la independencia latinoamericana. Ella no solo adhería a esta causa, sino que pese a su juventud ya integraba la Sociedad Patriótica, un grupo de mujeres de clase alta que había hecho donativos para armar a los soldados y habían suscrito un documento que decía: “Yo armé el brazo de ese valiente que aseguró su gloria y nuestra libertad”. El amor entre Remedios y José fue inmediato y también el noviazgo: se casaron el 12 de septiembre de 1812. Durante los primeros años, San Martín creó y organizó el Regimiento de Granaderos a Caballo, hasta que fue designado gobernador de Cuyo, y entonces marcharon juntos a Mendoza. Su marido estaba planificando el cruce de la cordillera para liberar Chile y Perú con el Ejército de los Andes, por lo que Remedios se dedicó a organizar a las damas mendocinas, alentándolas a desprenderse de sus joyas y a reunir fondos para adquirir las armas que necesitaban los soldados. Por esos agitados días, el 24 de agosto de 1816, nació la primera y única hija de la pareja: Mercedes. Durante los primeros tres años, madre e hija se quedaron en Mendoza mientras San Martín cruzaba la cordillera y, tras la victoria de Chacabuco, lograba la independencia para Chile. Pero en 1819, Remedios estaba enferma y San Martín estaba próximo a iniciar su campaña al Perú, de modo que decidió mandar a sus dos mujeres a Buenos Aires. Remedios no quería volver y tenía dos buenos motivos para negarse: lo peligroso que era el camino y su miedo de no volver ver a su marido. Pero San Martín se impuso y para protegerlas le pidió a Belgrano que las escoltara en el trayecto de Córdoba a Santa Fe. El viaje de Remedios y Merceditas en una diligencia seguida por otro carro que llevaba un ataúd que ya tenía destinataria, fue penoso. Aunque Belgrano pudo cumplir su cometido y en una carta le decía a su amigo José: “La señora Remedios, con la preciosa y viva Merceditas, pasó de aquí felizmente y según me dice el conductor del pliego, había llegado bien hasta Buenos Aires”. Remedios vivió cuatro años en casa de sus padres, durante los cuales su enfermedad, tuberculosis, se agravó. Se pasó esperando la anunciada vuelta de su esposo, que estaba en Mendoza, pero que no podía regresar a Buenos Aires debido a que las autoridades unitarias amenazaban con enjuiciarlo y detenerlo. Finalmente, el 3 de agosto de 1823, la joven mujer murió pronunciando el nombre de su amado. 
Cuando meses después de la muerte de la esposa de San Martín pudo regresar a Buenos Aires, hizo colocar en su tumba una humilde lápida con la leyenda “Aquí descansa Remedios Escalada, esposa y amiga del General San Martín”.