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A diseñar promesas e ir por los sueños

La desesperanza viene arrasando e impregna casi toda la acción cotidiana. Los más informados tiemblan, y los más apáticos saben que el porvenir es al menos gris. Los más optimistas sólo piensan en postergar los efectos y ganar algo de tiempo.

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
 

No se trata sólo de lo que ocurre alrededor de la aburrida política o de la trágica economía, sino de lo que sucede a diario en la vida misma. Aun los más desinteresados saben que aquellas cuestiones impactan en su futuro.
Es imposible movilizarse eficientemente sin proyectos personales claros. Estudiar en la universidad, conseguir un trabajo, montar una empresa, crecer profesionalmente, cualquier reto necesita de un horizonte.
Sin ese panorama es muy difícil avanzar, porque son los anhelos los que ponen los motores en marcha y ayudan entonces a recorrer ese camino con enorme entusiasmo a sabiendas de que todo lo que viene será mejor.
No importa el tamaño del sacrificio, ni los sinsabores que se deban traspasar para alcanzar los logros. Todo eso se hará porque vale la pena intentarlo, porque el ideal que se persigue justifica semejante esfuerzo.
Esa dinámica requiere de algo vital. Se vuelve imprescindible para lograrlo una confianza ciega en que todo lo que se hará cobrará algún sentido, que al final de ese derrotero las privaciones compensarán lo hecho con creces.
La gente no tiene temor a las posibles carencias, tampoco a los renunciamientos, pero quiere visualizar ciertas garantías de que eso puede redituarle, tarde o temprano, un resultado a la altura de sus expectativas.
Uno de los mayores problemas que enfrenta la política contemporánea es su creciente desprestigio. La pendiente no ha encontrado freno alguno en ese declive secuencial y año a año los descreídos son cada vez más.
Las mentiras sistemáticas, los inocultables tropiezos, los escándalos permanentes, las sospechas fundadas y un estilo de vida inexplicable para la inmensa mayoría de los ciudadanos son sólo una parte de ese cóctel de razones que explican este triste fenómeno, hasta ahora, imparable.
Han fracasado estrepitosamente los dirigentes tradicionales, esos antiguos referentes, repletos de vicios que militaban por décadas en las añejas estructuras partidarias y que fueron protagonistas de la vieja política.
Pero también fueron un fiasco los nuevos emergentes, esos que venían de afuera, sin pasado en estas luchas, con una excelente reputación en el arte, el deporte, el mundo empresario, o cualquier otra ocupación fuera de rango.
Uno y cada uno, no sólo han repetido rutinas fallidas, sino que pese a las supuestas innovaciones y a la modernización de herramientas sólo han caído en reiteradas decepciones, profundizando la crisis moral y ética.
La sociedad sabe perfectamente que ellos no pueden ser considerados como un ejemplo, que no se han convertido en un faro de liderazgo digno de ser imitados. Sus valores no son superiores y tienen escasa respetabilidad.
Claro que hay excepciones a la regla, pero lamentablemente son una minoría absoluta que queda superada por la aplastante cantidad de corruptos, farsantes, perversos e inmorales que pululan en esa actividad.
Posiblemente este sea el cuadro más crudo de la situación actual. Se podrá discrepar acerca de la gravedad de este diagnóstico, o de sus matices y variantes, pero sería muy necio negar su existencia o minimizarla.
Tampoco sería muy prudente por parte de quienes son actores centrales del sistema, intentar justificar su accionar, plantear una diversidad de atenuantes o brindar excusas superficiales e irrelevantes.
Muchos estudios corroboran estas afirmaciones acerca de la credibilidad de los políticos en su conjunto. Ha dejado de ser, esta, una opinión más en un contexto específico, sino que se ha generalizado con enorme fuerza.
Pese al enojo y molestia que generan estas visiones a quienes ejercen la política, tal vez sea tiempo de asumir errores y cambiar el juego. Queda claro que continuar con esta inercia no modificará, para nada, el escenario.
En medio de tanta decepción y descontento, casi sin grandes expectativas y a tan pocos meses de una elección clave, tal vez se pueda invitar a los políticos de todos los partidos a probar un sendero diferente y disruptivo.
El desafío novedoso consistiría en dejar de lado la vetusta práctica de vender “espejitos de colores”, abandonar la nociva demagogia y olvidarse de la idea de ofrecer soluciones mágicas que jamás se concretarán.
En su reemplazo la apuesta debería ser animarse a decir las cosas tal cual son, sin apelar a eufemismos de ningún tipo, ni a la retórica tramposa, exhibiendo el presente del modo más severo, completo y realista posible.
Sólo asumiendo la envergadura del dilema a resolver es probable disponer de una chance concreta de conseguir superar el trance con éxito. Sólo admitiendo la profundidad de la crisis se puede buscar una salida razonable.
Es factible que quien se anime a semejante discurso políticamente incorrecto no obtenga muchos votos. Tal vez, los más no estén dispuestos a escuchar verdades y prefieran seguir con mentiras que endulcen sus oídos.
Pero si el interlocutor es el adecuado y su equipo demuestra cierta solvencia para enfrentar lo que se viene, puede que la sociedad sorprenda y esas promesas convenzan a muchos de la necesidad de un gran sacrificio para lograr esos sueños truncados que jamás se alcanzaron. Un triunfo con la legitimidad de origen que habilita hablar con la verdad haría posible llevar adelante las reformas imprescindibles para cambiar el rumbo y empezar, lentamente, a recuperar todo el terreno perdido.

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A diseñar promesas e ir por los sueños

La desesperanza viene arrasando e impregna casi toda la acción cotidiana. Los más informados tiemblan, y los más apáticos saben que el porvenir es al menos gris. Los más optimistas sólo piensan en postergar los efectos y ganar algo de tiempo.

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
 

No se trata sólo de lo que ocurre alrededor de la aburrida política o de la trágica economía, sino de lo que sucede a diario en la vida misma. Aun los más desinteresados saben que aquellas cuestiones impactan en su futuro.
Es imposible movilizarse eficientemente sin proyectos personales claros. Estudiar en la universidad, conseguir un trabajo, montar una empresa, crecer profesionalmente, cualquier reto necesita de un horizonte.
Sin ese panorama es muy difícil avanzar, porque son los anhelos los que ponen los motores en marcha y ayudan entonces a recorrer ese camino con enorme entusiasmo a sabiendas de que todo lo que viene será mejor.
No importa el tamaño del sacrificio, ni los sinsabores que se deban traspasar para alcanzar los logros. Todo eso se hará porque vale la pena intentarlo, porque el ideal que se persigue justifica semejante esfuerzo.
Esa dinámica requiere de algo vital. Se vuelve imprescindible para lograrlo una confianza ciega en que todo lo que se hará cobrará algún sentido, que al final de ese derrotero las privaciones compensarán lo hecho con creces.
La gente no tiene temor a las posibles carencias, tampoco a los renunciamientos, pero quiere visualizar ciertas garantías de que eso puede redituarle, tarde o temprano, un resultado a la altura de sus expectativas.
Uno de los mayores problemas que enfrenta la política contemporánea es su creciente desprestigio. La pendiente no ha encontrado freno alguno en ese declive secuencial y año a año los descreídos son cada vez más.
Las mentiras sistemáticas, los inocultables tropiezos, los escándalos permanentes, las sospechas fundadas y un estilo de vida inexplicable para la inmensa mayoría de los ciudadanos son sólo una parte de ese cóctel de razones que explican este triste fenómeno, hasta ahora, imparable.
Han fracasado estrepitosamente los dirigentes tradicionales, esos antiguos referentes, repletos de vicios que militaban por décadas en las añejas estructuras partidarias y que fueron protagonistas de la vieja política.
Pero también fueron un fiasco los nuevos emergentes, esos que venían de afuera, sin pasado en estas luchas, con una excelente reputación en el arte, el deporte, el mundo empresario, o cualquier otra ocupación fuera de rango.
Uno y cada uno, no sólo han repetido rutinas fallidas, sino que pese a las supuestas innovaciones y a la modernización de herramientas sólo han caído en reiteradas decepciones, profundizando la crisis moral y ética.
La sociedad sabe perfectamente que ellos no pueden ser considerados como un ejemplo, que no se han convertido en un faro de liderazgo digno de ser imitados. Sus valores no son superiores y tienen escasa respetabilidad.
Claro que hay excepciones a la regla, pero lamentablemente son una minoría absoluta que queda superada por la aplastante cantidad de corruptos, farsantes, perversos e inmorales que pululan en esa actividad.
Posiblemente este sea el cuadro más crudo de la situación actual. Se podrá discrepar acerca de la gravedad de este diagnóstico, o de sus matices y variantes, pero sería muy necio negar su existencia o minimizarla.
Tampoco sería muy prudente por parte de quienes son actores centrales del sistema, intentar justificar su accionar, plantear una diversidad de atenuantes o brindar excusas superficiales e irrelevantes.
Muchos estudios corroboran estas afirmaciones acerca de la credibilidad de los políticos en su conjunto. Ha dejado de ser, esta, una opinión más en un contexto específico, sino que se ha generalizado con enorme fuerza.
Pese al enojo y molestia que generan estas visiones a quienes ejercen la política, tal vez sea tiempo de asumir errores y cambiar el juego. Queda claro que continuar con esta inercia no modificará, para nada, el escenario.
En medio de tanta decepción y descontento, casi sin grandes expectativas y a tan pocos meses de una elección clave, tal vez se pueda invitar a los políticos de todos los partidos a probar un sendero diferente y disruptivo.
El desafío novedoso consistiría en dejar de lado la vetusta práctica de vender “espejitos de colores”, abandonar la nociva demagogia y olvidarse de la idea de ofrecer soluciones mágicas que jamás se concretarán.
En su reemplazo la apuesta debería ser animarse a decir las cosas tal cual son, sin apelar a eufemismos de ningún tipo, ni a la retórica tramposa, exhibiendo el presente del modo más severo, completo y realista posible.
Sólo asumiendo la envergadura del dilema a resolver es probable disponer de una chance concreta de conseguir superar el trance con éxito. Sólo admitiendo la profundidad de la crisis se puede buscar una salida razonable.
Es factible que quien se anime a semejante discurso políticamente incorrecto no obtenga muchos votos. Tal vez, los más no estén dispuestos a escuchar verdades y prefieran seguir con mentiras que endulcen sus oídos.
Pero si el interlocutor es el adecuado y su equipo demuestra cierta solvencia para enfrentar lo que se viene, puede que la sociedad sorprenda y esas promesas convenzan a muchos de la necesidad de un gran sacrificio para lograr esos sueños truncados que jamás se alcanzaron. Un triunfo con la legitimidad de origen que habilita hablar con la verdad haría posible llevar adelante las reformas imprescindibles para cambiar el rumbo y empezar, lentamente, a recuperar todo el terreno perdido.