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En defensa de la democracia liberal

Steve Bannon fue el asesor de campaña que llevó a Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Este último lo designó luego de la victoria como Jefe de Estrategia de la Casa Blanca. A raíz de diferencias entre ambos, dejó el gobierno a principios del 2018.
Desde aquel momento, Bannon se ha dedicado a promover lo que llama una “revolución populista mundial”. Entre sus asesorados se encuentran los líderes de los movimientos nacionalistas de ultraderecha de Hungría (el presidente Viktor Orban), Italia (Mateo Salvini) y Francia (Marine Le Pen), entre otros.
También lo escucha con atención el entorno cercano de Jair Bolsonaro, flamante presidente de Brasil, con cuyos hijos se reunió en Nueva York antes de la elección. 
Bannon aseguró en un reportaje publicado en el Miami Herald que “el mundo se verá obligado a elegir entre dos formas de populismo: el de derecha y el de izquierda. El centro está desapareciendo, eso es un hecho”.
El está, claro, por el primero. Pero también detesta ese centro que asocia con el liberalismo igualitario que a veces confunde, quizás adrede, con lo que llama “marxismo cultural”, etiqueta que utiliza para caracterizar las ideas de Barack Obama.
El proyecto que une a Bannon con los políticos que lo consultan ilumina una tensión inherente a la democracia moderna: aquella que existe entre la voluntad mayoritaria y la vigencia de los derechos y garantías constitucionales que le imponen límites a esa voluntad. Este régimen político se denomina democracia constitucional o democracia liberal, y no democracia a secas, justamente porque combina ambos extremos.
Roberto Saba, profesor de Derechos Humanos y Derecho Constitucional (UBA y Universidad de Palermo), en una nota en el diario Clarín sostiene que la propuesta política que privilegia la voluntad de la mayoría en detrimento de los derechos y garantías, por derecha o por izquierda, es lo que muchas veces se asocia con el populismo y con lo que algunos denominan democracias “no liberales” o “iliberales”.
Cuando Bannon dice que tendremos que optar entre populismos, lo que en verdad nos está diciendo es que lo que está en crisis es la noción de límite a la mayoría y la vigencia de los derechos.
En suma, la democracia liberal. Cuando se le plantea esta crítica, Bannon afirma erróneamente que “los globalistas (sic) aman las elecciones hasta que comienzan a perderlas y entonces son todas democracias iliberales”.
No todas, sólo las que se niegan a aceptar aquel límite. Para los propulsores de este proyecto populista de ultraderecha, los enemigos son los activistas de derechos humanos, muy en particular el movimiento de mujeres y el Lgbti, las fundaciones que financian a las ONGs que promueven la vigencia de los derechos reproductivos, aquellos que defienden los derechos de los migrantes y los propios migrantes, los académicos y jueces liberales, los que abogan por la vigencia del derecho internacional y los medios independientes que le son adversos, como el New York Times o The Economist.
Algunos líderes políticos han levantado el guante en defensa de los ideales de la libertad y la igualdad que subyacen a la democracia liberal: Justin Trudeau (primer ministro de Canadá), Emmanuel Macron (presidente de Francia), o la canciller alemana, Angela Merkel, cubriendo un amplio espectro ideológico.
Argentina tiene la oportunidad de sumarse a este último club, liderando en América Latina un programa político que ponga un freno a los avances del nacionalismo populista conservador.
Nuestro país tiene una larga historia de compromiso con todos estos valores que lo colocan en óptima situación para asumir ese rol en el concierto global.

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En defensa de la democracia liberal

Steve Bannon fue el asesor de campaña que llevó a Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Este último lo designó luego de la victoria como Jefe de Estrategia de la Casa Blanca. A raíz de diferencias entre ambos, dejó el gobierno a principios del 2018.
Desde aquel momento, Bannon se ha dedicado a promover lo que llama una “revolución populista mundial”. Entre sus asesorados se encuentran los líderes de los movimientos nacionalistas de ultraderecha de Hungría (el presidente Viktor Orban), Italia (Mateo Salvini) y Francia (Marine Le Pen), entre otros.
También lo escucha con atención el entorno cercano de Jair Bolsonaro, flamante presidente de Brasil, con cuyos hijos se reunió en Nueva York antes de la elección. 
Bannon aseguró en un reportaje publicado en el Miami Herald que “el mundo se verá obligado a elegir entre dos formas de populismo: el de derecha y el de izquierda. El centro está desapareciendo, eso es un hecho”.
El está, claro, por el primero. Pero también detesta ese centro que asocia con el liberalismo igualitario que a veces confunde, quizás adrede, con lo que llama “marxismo cultural”, etiqueta que utiliza para caracterizar las ideas de Barack Obama.
El proyecto que une a Bannon con los políticos que lo consultan ilumina una tensión inherente a la democracia moderna: aquella que existe entre la voluntad mayoritaria y la vigencia de los derechos y garantías constitucionales que le imponen límites a esa voluntad. Este régimen político se denomina democracia constitucional o democracia liberal, y no democracia a secas, justamente porque combina ambos extremos.
Roberto Saba, profesor de Derechos Humanos y Derecho Constitucional (UBA y Universidad de Palermo), en una nota en el diario Clarín sostiene que la propuesta política que privilegia la voluntad de la mayoría en detrimento de los derechos y garantías, por derecha o por izquierda, es lo que muchas veces se asocia con el populismo y con lo que algunos denominan democracias “no liberales” o “iliberales”.
Cuando Bannon dice que tendremos que optar entre populismos, lo que en verdad nos está diciendo es que lo que está en crisis es la noción de límite a la mayoría y la vigencia de los derechos.
En suma, la democracia liberal. Cuando se le plantea esta crítica, Bannon afirma erróneamente que “los globalistas (sic) aman las elecciones hasta que comienzan a perderlas y entonces son todas democracias iliberales”.
No todas, sólo las que se niegan a aceptar aquel límite. Para los propulsores de este proyecto populista de ultraderecha, los enemigos son los activistas de derechos humanos, muy en particular el movimiento de mujeres y el Lgbti, las fundaciones que financian a las ONGs que promueven la vigencia de los derechos reproductivos, aquellos que defienden los derechos de los migrantes y los propios migrantes, los académicos y jueces liberales, los que abogan por la vigencia del derecho internacional y los medios independientes que le son adversos, como el New York Times o The Economist.
Algunos líderes políticos han levantado el guante en defensa de los ideales de la libertad y la igualdad que subyacen a la democracia liberal: Justin Trudeau (primer ministro de Canadá), Emmanuel Macron (presidente de Francia), o la canciller alemana, Angela Merkel, cubriendo un amplio espectro ideológico.
Argentina tiene la oportunidad de sumarse a este último club, liderando en América Latina un programa político que ponga un freno a los avances del nacionalismo populista conservador.
Nuestro país tiene una larga historia de compromiso con todos estos valores que lo colocan en óptima situación para asumir ese rol en el concierto global.