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Cruz de Cristo

Por José Ceschi

 ¡Buen día! “Si algún día el Señor golpea a tu puerta con la cruz a cuestas, es necesario que tengas fuerzas para no dar vuelta tu rostro: mucho valor para que tus ojos no se desanimen…”. Así comienza un hermoso capítulo de J. B. Alves, en su librito “Amaneceré mejor”. Y prosigue más adelante:
“Si algún día el Señor llega a tu casa cargando la cruz a cuestas, tienes que hacer un esfuerzo: lávate la cara y llénate los ojos de luz. Así podrás ver más allá de las nubes, más allá de esas máscaras de la muerte. La esperanza es algo mil veces más fuerte que todo eso. La esperanza hace surgir un nuevo aliento detrás de cada dolor: y va componiendo una canción detrás de nuestros días mal vividos. Por tener esperanza en su Dios fue que los tres jóvenes cantaron en la hornalla ardiente.
Si el Señor llega a tu casa con su cruz a cuestas… no permitas que tu día se convierta en una noche. Con los sufrimientos rasga de arriba abajo toda esa oscuridad de tinieblas y que estos tus dolores hagan renacer rosas en el firmamento; que las lágrimas hagan nacer fuentes en ese desierto caliente. Fue con sus lágrimas, lavando los pies del Maestro, riendo y llorando al mismo tiempo, que Magdalena alcanzó la redención para sus pecados.
Si el señor llega a tu casa con la cruz a cuestas… aun así es necesario que las rosas sigan floreciendo en tu jardín. Es necesario contener los gritos para que los niños tengan, pese a todo, un sueño sereno y tranquilo. Que duerman en paz y que al amanecer jueguen contentos. Que tu dolor no les impida reír buenamente. La noche en la que el Maestro fue torturado a más no poder, cerró la boca y contuvo los gritos. Guardó silencio para no despertar a los pequeños.
El dolor, la tristeza y la muerte son todas raíces de una semilla que se prepara para nacer. Acepta ser el campo en el que germinará el árbol que dará fruto. Cuando el Maestro llegue, sal a la puerta con el semblante alegre, sin enojos, sin maldecir, acógelo sin desesperación. Completa la pasión de El con tus propios dolores y sufrimientos, hasta que las lágrimas laven tu cuerpo y te transfiguren en luz”.
¡Hasta mañana!

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Cruz de Cristo

Por José Ceschi

 ¡Buen día! “Si algún día el Señor golpea a tu puerta con la cruz a cuestas, es necesario que tengas fuerzas para no dar vuelta tu rostro: mucho valor para que tus ojos no se desanimen…”. Así comienza un hermoso capítulo de J. B. Alves, en su librito “Amaneceré mejor”. Y prosigue más adelante:
“Si algún día el Señor llega a tu casa cargando la cruz a cuestas, tienes que hacer un esfuerzo: lávate la cara y llénate los ojos de luz. Así podrás ver más allá de las nubes, más allá de esas máscaras de la muerte. La esperanza es algo mil veces más fuerte que todo eso. La esperanza hace surgir un nuevo aliento detrás de cada dolor: y va componiendo una canción detrás de nuestros días mal vividos. Por tener esperanza en su Dios fue que los tres jóvenes cantaron en la hornalla ardiente.
Si el Señor llega a tu casa con su cruz a cuestas… no permitas que tu día se convierta en una noche. Con los sufrimientos rasga de arriba abajo toda esa oscuridad de tinieblas y que estos tus dolores hagan renacer rosas en el firmamento; que las lágrimas hagan nacer fuentes en ese desierto caliente. Fue con sus lágrimas, lavando los pies del Maestro, riendo y llorando al mismo tiempo, que Magdalena alcanzó la redención para sus pecados.
Si el señor llega a tu casa con la cruz a cuestas… aun así es necesario que las rosas sigan floreciendo en tu jardín. Es necesario contener los gritos para que los niños tengan, pese a todo, un sueño sereno y tranquilo. Que duerman en paz y que al amanecer jueguen contentos. Que tu dolor no les impida reír buenamente. La noche en la que el Maestro fue torturado a más no poder, cerró la boca y contuvo los gritos. Guardó silencio para no despertar a los pequeños.
El dolor, la tristeza y la muerte son todas raíces de una semilla que se prepara para nacer. Acepta ser el campo en el que germinará el árbol que dará fruto. Cuando el Maestro llegue, sal a la puerta con el semblante alegre, sin enojos, sin maldecir, acógelo sin desesperación. Completa la pasión de El con tus propios dolores y sufrimientos, hasta que las lágrimas laven tu cuerpo y te transfiguren en luz”.
¡Hasta mañana!