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Tierra nuestra

Por José Ceschi

 ¡Buen día!  Tal vez usted conozca una larga carta del jefe piel roja See-yat al, dirigida en 1854 al presidente norteamericano Franklin Pierce, quien le había solicitado comprarle tierras. Por si no la conoce, le acerco una muestra:
“¿Cómo se puede comprar el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extravagante. Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que ustedes propongan comprarlos?
Mi pueblo considera que cada elemento de este territorio es sagrado. Cada pino brillante que nace, cada grano de arena en las playas de los ríos, cada arroyo, cada gota de rocío entre las sombras de los bosques, cada colina y hasta el sonido de los insectos son cosas sagradas para la mentalidad y las tradiciones de mi pueblo.
La savia circula dentro de los árboles llevando consigo la memoria de los pieles rojas. Los carapálidas olvidan su nación cuando mueren y emprenden el viaje a las estrellas. No sucede igual con nuestros muertos; nunca olvidan a nuestra tierra madre. Nosotros somos parte de la tierra y la tierra es parte de nosotros.
Las flores que perfuman el aire son nuestras hermanas. El venado, el caballo y el águila también son nuestros hermanos. Los desfiladeros, los pastizales húmedos, el calor del cuerpo del caballo o del nuestro forman un todo único. Por lo antes dicho, creo que el jefe de los carapálidas pide demasiado al querer comprarnos nuestras tierras. No podemos aceptar su oferta porque para nosotros esta tierra es sagrada. El agua que circula por los ríos y los arroyos de nuestro territorio no es sólo agua, es también la sangre de nuestros ancestros. Si les vendiéramos nuestra tierra, deberían tratarla como sagrada, y esto mismo tendrían que enseñar a sus hijos.
Cada cosa que se refleja en las aguas cristalinas de los lagos habla de los sucesos pasados de nuestro pueblo. La voz del padre de mi padre está en el murmullo de las aguas que corren. Estamos hermanados con los ríos que sacian nuestra sed...”.
¡Hasta mañana!

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Tierra nuestra

Por José Ceschi

 ¡Buen día!  Tal vez usted conozca una larga carta del jefe piel roja See-yat al, dirigida en 1854 al presidente norteamericano Franklin Pierce, quien le había solicitado comprarle tierras. Por si no la conoce, le acerco una muestra:
“¿Cómo se puede comprar el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extravagante. Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que ustedes propongan comprarlos?
Mi pueblo considera que cada elemento de este territorio es sagrado. Cada pino brillante que nace, cada grano de arena en las playas de los ríos, cada arroyo, cada gota de rocío entre las sombras de los bosques, cada colina y hasta el sonido de los insectos son cosas sagradas para la mentalidad y las tradiciones de mi pueblo.
La savia circula dentro de los árboles llevando consigo la memoria de los pieles rojas. Los carapálidas olvidan su nación cuando mueren y emprenden el viaje a las estrellas. No sucede igual con nuestros muertos; nunca olvidan a nuestra tierra madre. Nosotros somos parte de la tierra y la tierra es parte de nosotros.
Las flores que perfuman el aire son nuestras hermanas. El venado, el caballo y el águila también son nuestros hermanos. Los desfiladeros, los pastizales húmedos, el calor del cuerpo del caballo o del nuestro forman un todo único. Por lo antes dicho, creo que el jefe de los carapálidas pide demasiado al querer comprarnos nuestras tierras. No podemos aceptar su oferta porque para nosotros esta tierra es sagrada. El agua que circula por los ríos y los arroyos de nuestro territorio no es sólo agua, es también la sangre de nuestros ancestros. Si les vendiéramos nuestra tierra, deberían tratarla como sagrada, y esto mismo tendrían que enseñar a sus hijos.
Cada cosa que se refleja en las aguas cristalinas de los lagos habla de los sucesos pasados de nuestro pueblo. La voz del padre de mi padre está en el murmullo de las aguas que corren. Estamos hermanados con los ríos que sacian nuestra sed...”.
¡Hasta mañana!