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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

De playas y cárceles

Por Emilio Zola

Especial para El Litoral

El dilema del verano correntino corrió el eje de la discusión pública local, que en medio del contexto económico de crisis y de la reinstalada controversia por la muerte del fiscal Alberto Nisman, viró hacia un clamoroso reclamo de protección de las playas capitalinas incluyendo el escrache a los empresarios que instalaron paradores en Arazaty.

Como nunca, los balnearios de la costa correntina estuvieron en el centro de la escena a raíz de una decisión municipal que en otro contexto hubiera pasado como un dato más en el devenir institucional de una ciudad que procura atraer al turismo, apoyada en atracciones naturales y culturales muy valoradas.

Esta vez fue distinto a pesar de que los paradores se instalaron donde ya funcionaban puestos dedicados a prestar servicios a los bañistas años atrás. Por alguna razón generaron un llamativo nivel de resistencia que se hizo palpable en las redes sociales, ese espacio virtual donde todos opinan en función de perspectivas que muchas veces están cimentadas en intereses particulares, bajo el direccionamiento de la persuasión o la inducción.

Basta con que un par de “influencers” locales publiquen en Facebook que “las playas no se venden” para que el inconsciente colectivo reaccione con demostraciones de repudio contra un hecho que no es tal. Especialmente en este caso, donde no se registra transacción inmobiliaria alguna (algo que por otra parte sería contrario a la ley), sino concesiones precarias a empresarios conocidos por pertenecer desde hace años al rubro de la organización de eventos, el esparcimiento nocturno y la gastronomía.

Quizás faltó información más precisa por parte del municipio a la comunidad. Puede que para el futuro resulte más apropiado un proceso licitatorio (con todo el preparativo previo que este mecanismo demanda), pero el objetivo fue proporcionar a la ciudad servicios básicos para que el visitante que decide pasar su tiempo más preciado (el de las vacaciones de verano) en las playas de Corrientes cuente con un espacio donde poder comer y beber algo sin abandonar por completo el contexto paisajístico que ha venido a buscar.

Fuentes altamente calificadas revelaron a quien esto escribe que la decisión de otorgar permisos precarios que se agotan en la temporada apuntó a no condicionar a las administraciones futuras con acuerdos de largo plazo. La decisión se tomó en función de una demanda concreta, registrada en las oficinas de información turística. El objetivo: que los vacacionistas que toman a Corrientes como un lugar de paso hacia otros destinos más conocidos y mejor armados en materia de infraestructura tuvieran motivos para quedarse más tiempo.

En especial cuando se trata de compaginar dos grandes eventos culturales de la provincia como la Fiesta del Chamamé y los Carnavales Oficiales, acontecimientos que atraen turistas de distintos puntos del país cuyas agendas se agotaban en la actividad nocturna, sin demasiadas opciones para pasar el tiempo en la porción diurna de una estadía que ahora se puede completar con un día de playa, a la altura de las posibilidades que cualquier persona encuentra en la mayoría de las playas del mundo.

Basta hacer un repaso por los balnearios más importantes del planeta para observar que los paradores ubicados contra la vereda de una rambla o costanera ofrecen la posibilidad de sentarse a una mesa con vista al mar (o al río) para disfrutar de algún platillo típico, en un local que por lo general está ubicado de forma tal que no se interrumpa el tránsito sobre la arena. Ocurre en Miami, en Río de Janeiro y en California, pero también en destinos más exóticos como pueden ser las playas Roro y Heljsmminde de Dinamarca, o en Bodrum y Mamaris, en las costas de Turquía.

En todos los casos, y eso incluye a países de alta concentración turística como Inglaterra, España y Grecia, las playas ofrecen puestos de venta de comidas y bebidas de cara al mar, incluso con la oportunidad de disfrutar de recitales de música en vivo. Todo esto sin dejar las ojotas y en una ubicación que permite a los comensales pagar la cuenta y volver al agua sin más prolegómeno que la ducha previa.

Entonces, ¿qué pasa en Corrientes? ¿Por qué la resistencia a los paradores? Uno de los argumentos es que los empresarios a cargo de estos espacios son “siempre los mismos”. Es verdad que aparecen nombres repetidos, pero el punto es que no hay muchos más. El rubro de los servicios gastronómicos de temporada y los eventos destinados al esparcimiento no se caracteriza por la numerosidad de los inversores en una zona geográfica donde el clima se volvió impredecible y una tormenta puede arruinar cualquier ecuación financiera.

Otro argumento esgrimido por quienes se oponen a la presencia de estos puestos habla del impacto ambiental negativo que producen al generar residuos y contaminar la visual. En el plano de la basura es exactamente al revés, ya que los paradores ofrecen sus platos y bebidas en recipientes que no se descartan, sino que se vuelven a lavar y a utilizar. Todo lo contrario a la venta ambulante que entrega botellas de plástico, bolsitas de polietileno y bandejas de telgopor que aparecen flotando en el Paraná, para desazón de muchos bañistas capaces de abandonar el lugar ante el primer contacto con este tipo de objetos abandonados desaprensivamente.

El razonamiento que critica la visual obstaculizada por los paradores tiene más lógica. Por supuesto que es mejor contemplar una playa totalmente despojada de instalaciones comerciales. Mejor aún sería disfrutar de un atardecer en un horizonte absolutamente libre de tergiversación humana, pero si el objetivo es crecer en la industria turística el camino es otro y para alcanzarlo hay que convivir con el lado “B” de las playas urbanas, que necesariamente deben ofrecer servicios para que las orillas no se transformen en lo que venían siendo en los últimos tiempos.

Sin los paradores, Arazaty mostraba tumulto de personas aglomeradas junto al agua, en silletas o mantas ubicadas bajo sombrillas, sin poder pisar la arena ardiente y con la alternativa del vendedor de churros o de helados como única opción alimenticia para pasar el rato sin desfallecer en el intento. La otra alternativa (que no está prohibida por supuesto), es la de una conservadora propia en la que se guarda comida y bebida adquiridas previamente, una opción que obliga a desplazarse con equipaje pesado y una logística inaccesible para el turista que por lo general ha llegado de lejos sin tales equipamientos.

Corrientes tiene playas y esas playas están rodeadas por una ciudad que sigue sin recibir de brazos abiertos al visitante. Los comercios abiertos durante las 24 horas son escasos y los city tours inexistentes. En los últimos tiempos se incorporó un paseo en barco que parte desde la Costanera General San Martín, pero resulta insuficiente y carece de la promoción adecuada en las redes sociales, de forma que muchas personas pasan por estas latitudes sin enterarse de esa posibilidad. 

Hay mucho por hacer en una ciudad que podría mejorar la calidad de vida de sus habitantes si estuviera mejor equipada para la industria sin chimeneas. Para ello deberá resolver el conflicto interno de aceptar un progreso que indefectiblemente importa el costo de alterar la fisonomía consuetudinaria de una comarca de cuño conservador, que desde hace lustros da la bienvenida a los viajeros con una postal presidida por la cárcel.

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