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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Con impunidad, jamás cerrará la grieta

En mi libro “Justicia y poder en tiempos de cólera”, publicado en 2014, expliqué detalladamente la metodología kirchnerista para conformar una justicia adicta en Santa Cruz, modelo que luego se replicó en la nación. A pesar de muchos jueces rectos y honrados, el sistema arraigado en nuestro país favorece la impunidad y genera la incredulidad social.

Por Jorge Eduardo Simonetti

jorgesimonetti.com

Especial para El Litoral

“A quién va usted a creer, ¿a mí o a sus propios ojos”.

Groucho Marx

Con el discurso del 9 de julio, volvió Alberto Fernández a parecerse a él mismo con esa manera de no hacerle asco al cambio permanente de mensaje, tal como su devenir político lo señala.

Adaptativo como siempre, el jueves pasado efectuó una convocatoria a la concordia, dijo que vino “a terminar con los odiadores seriales” y le arrojó un “amigo” a Rodríguez Larreta.            

Se olvidó de que pocos días antes trató de “¡canallas! y ¡miserables!” a la oposición cuando sintió que las miradas de la sociedad casi automáticamente convergían en su gobierno, con motivo del asesinato del ex secretario presidencial de Cristina, Fabián Gutiérrez.

Tampoco el Instituto Patria, propiedad de la actual vicepresidenta, pudo sacudirse las incómodas miradas de la gente, y se colocó el sayo casi naturalmente, al considerar que la actitud opositora de sospecha hacia el poder, “sobrepasa todos los límites de la dignidad humana”, como si su mentora no hubiera traspuesto una y otra vez esos confines.

Con actuada ingenuidad, complejo doloso e hipocresía pura, interpretaron un “acting” de indignación, pretendiendo no advertir que la reacción social fue absolutamente lógica, ante la muerte violenta de un testigo que declaró en contra de una persona poderosa en la causa Cuadernos, comprometiéndola en la sustracción impúdica de montañas del dinero público. Casi el calco del caso Nisman.  

Todas las hipótesis son válidas para esclarecer un delito, aunque después se descarten en el camino. La primera pregunta de libro es: ¿a quién beneficia la muerte del devenido multimillonario Gutiérrez? Y mal que le pese al gobierno y a Cristina, es la vicepresidenta la principal beneficiada con la muerte de quien testificó en su contra y luego debía hacerlo en el juicio oral. Lo que resulte después, es harina de otro costal.

En mi libro “Justicia y poder en tiempos de cólera”, publicado en 2014, explico con lujo de detalles cómo se conformó la justicia adicta de Santa Cruz en tiempos de Néstor Kirchner, y también la manera en que se replicó el modelo en la Nación cuando él fue electo presidente. Allí se encontrarán muchas respuestas.

Poco creíble el presidente, muy poco creíble, al convocar a cerrar la grieta, lo condenan su mutante genética personal y su pertenencia a un movimiento político, el kirchnerismo, que se construyera a partir de cimientos de odio, de confrontación, de descalificación del adversario y de discurso único. Para colmo, detrás de la figura presidencial aparece inmanente ese rostro tallado con el cincel filoso del rencor, Cristina, que hizo de la confrontación un método de gobierno y que busca afanosamente la impunidad.

Nada es gratuito en esta vida, menos aún en política. “Quien a hierro mata, a hierro muere”, dice el refrán. Y quienes mataron con la confrontación permanente, quienes hicieron regresar los años setenta para dividir y castigar, no pueden pretender ahora olvido y perdón sin más.

El juicio y castigo a los militares involucrados en el terrorismo de estado, que fue reactualizado por Néstor Kirchner ni bien asumiera la presidencia fue visto por gran parte de la sociedad como un desequilibrio respecto al tratamiento que se les dio a la guerrilla setentista, cuyos integrantes fueron anmistiados e indemnizados con fondos del Estado. Pero se siguió adelante, contra viento y marea.

El terminar con los odiadores seriales a que se refiere el presidente es, hoy, hacerlo a costa de la impunidad y el olvido de las innumerables causas penales contra los que saquearon el Estado. Y así como el “ni olvido, ni perdón” que instrumentara el kirchnerismo contra los represores ilegales fue el “leit motiv” de su gobierno, el lema se reactualiza en este instante de la historia argentina,  como reclamo social contras ellos mismos y sus fechorías.

Podrá debatirse el distinto nivel jurídico, si lo tienen, entre los crímenes de lesa humanidad y el masivo saqueo del erario público, pero lo que no está en cuestión es la obligación de un estado de derecho de actuar contra los que cometieron esos crímenes, aún cuando muchos de ellos estén nuevamente en el poder.

Y el cierre de la grieta, entonces, no podrá construirse nunca sobre la impunidad, no sólo porque jurídicamente es improcedente, sino porque socialmente es inviable. La sociedad no olvida e irá por más en su reclamo por los juicios pendientes.

Hoy mismo, desde el escenario o detrás del telón, se continúa con la tarea de esmerilar periodistas, amedrentar jueces, atropellar la propiedad privada, liberar detenidos y construir un escudo de impunidad. Tendrá que lidiar Alberto, entonces, con la carga que supone su fama de pastorcillo mentiroso y la de “odiadora serial” de su mentora.

Nunca apuntaron hacia donde apuntan los que se creen inocentes, que es hacia las pruebas de su inocencia. Tal vez no lo intentaron, porque es harto difícil hacer creer que honradamente se hicieron multimillonarios en la función pública, junto con sus choferes, sus cocineras, sus jardineros, sus secretarios, sus amigos empresarios. La estrategia defensiva kirchnerista siempre fue elusiva. Primero fue la teoría del “lawfare”, un enunciado teórico de una presunta persecución político-judicial, de alta inverosimilitud, aún cuando contara con la bendición papal.

Luego, al pretender equiparar los platillos de la balanza judicial con acusaciones hacia Macri, como si los delitos de terceros gobernantes justificaran o hicieran desaparecer los propios, construyeron dos juicios penales.

El uno en 2018, a través de un conocido extorsionador y lavador de dinero del narcotráfico Marcelo D’allessio. 

El otro, hace unos días, con un narco llamado Sergio Rodríguez, alias “Verdura”, que se entrega a la justicia “porque estaba cansado de huir” según él, se hace cargo de un atentado por el que nadie lo culpaba y revela, sin que nadie le haya preguntado, una red de espionaje presuntamente organizada por el gobierno de Macri contra políticos varios, presentando como prueba un celular donde los integrantes de la red dejaron todos sus dedos marcados.

La estrategia kirchnerista sólo tiene posibilidades de éxito en los vericuetos insondables de una poco confiable justicia argentina. Si esto sucediera en nuestro vecino, Brasil, las rejas serían ya el lugar seguro para la mayoría.

En un país en el que los encargados de cuidar a los testigos protegidos son los propios acusados, que nadie se indigne porque todos miren al zorro cuando aparece una gallina muerta.

Que tampoco se sorprendan cuando comprueben que la grieta no se cerrará sobre la base de la impunidad, tal cual sucedió con los hechos de los setenta.

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