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Cuento de no acabar

Por Enrique Eduardo Galiana

En respuesta a la publicación titulada “Sobre el coronel Desiderio Sosa y la infausta suerte de doña Toribia de los Santos”, del 3 de octubre.

Estimados lectores, siempre he tratado de brindarles un entretenimiento los días domingos, con el objeto de evadir una realidad dura que nos toca vivir en  pandemia: algunos perdieron la vida en la lucha, otros continuamos hasta ahora.

Sorprendentemente el día domingo 3 de octubre de 2021 el relato, mito o leyenda que debía publicarse se suspendió. Me avisaron con gentileza y corrección desde el Diario El Litoral de Corrientes la razón: un señor que representa a un grupo de individuos cuyos nombres no interesan, llevó un escrito de repudio contra una narración publicada el 30 de mayo de 2021, “La correntina en el Paraguay”.

Se han tomado su tiempo, pues han pasado casi cuatro meses desde entonces. Puede resultar que es muy difícil leer el texto, o vaya uno a saber las causas que produjeron tal retraso.

Desde muy chico me enseñaron que en caso de naufragios, accidentes, cataclismos o situaciones de gravedad, los encargados de ocuparse de la seguridad de las personas gritan: “Los niños, las mujeres y los ancianos primero”. En el escrito que contesto, lo hago por esta única vez y cierro el debate para siempre, pensé, pienso y seguiré pensando que el pobre (era pobre económicamente) Desiderio Sosa se equivocó totalmente al abandonar a su suerte a su esposa e hijos. Tuvo oportunidad de llevarlos consigo, como lo hicieron cientos de correntinos que fueron al interior a refugiarse de las garras del invasor. Sabía además, porque era muy inteligente, que buscarían venganza dada su actuación en la defensa de los barcos surtos en el puerto de Corrientes, se habrá lamentado muchas veces, cuáles fueron las razones que lo impulsaron a obrar así, nunca lo sabremos, huyó solo, dejando a su familia en el gran campo de concentración en que se convirtió la ciudad. Todos eran prisioneros, salvo los partidarios de los paraguayos. Su esposa debió concurrir a fiestas y bailes que organizaban los paraguayos, obligatoriamente, nadie llora, todos cantan, fiestas en casas de familia y en las calles y plaza 25 de Mayo con la banda de Humaitá, para agravar tenían la presencia en la ciudad de las Kiguá Verá, mujeres libres guaraníes que tenían libertad sexual que sorprendía a propios y extraños. Por casualidad, las cinco mujeres, víctimas todas ellas coincidente con igual situación, al no tener maridos debían bailar con el enemigo. Pregunto, estimado lector, ¿usted huiría ante una situación así dejando a sus seres queridos en un desastre como el vivido? No se apure, seguro que no. Es por eso que sostuve, en esa ocasión,  que el hermano masón Desiderio Sosa en el Valle de Corrientes, de la  Augusta Constante Unión N° 23 de Corrientes, fundada por Berón de Astrada en 1834 (Ver. Federico Rainiero) que nucleaba a los masones correntinos, no se sintió a gusto nunca con su conducta, pero lo hecho, hecho está. Se ofenden porque sostuve que era hijo natural, lo era. Lo crío su tía Clara en San Cosme, la lápida de esta generosa mujer aún se conserva en el cementerio histórico. La clasificación de los hijos, según su condición en esa época, impedía el acceso a algunos, en muchos lugares y círculos sociales, situación que hasta muy entrado el siglo XX se mantenía, con prohibición de ingresar a las Escuelas Normales, Colegios Militares, etc. Vélez Sarsfield, autor del Código Civil en 1871 los clasificó en matrimoniales, sacrílegos, incestuosos, adulterinos, naturales, etc. Esas máculas quedaban grabadas a fuego en los documentos de la época, pasará mucho tiempo para ir atemperándola. Él era Desiderio ¿Qué tiene que ver Corrales? Si no lo reconoció. Mantenía contacto con Tórtora (Toribia de los Santos) cuando ella se encontraba en el Paraguay, como lo dice un autor prestigioso que escribió su biografía, citado en el libelo que respondo. A la distancia por supuesto. No dudo de su patriotismo y valentía, ni de sus méritos posteriores y anteriores. Posiblemente, por casualidad, no puedo probar salvo la tradición y los dichos de una anciana, doña Benedicta, quien tuvo hijos varones, Evaristo Sosa, Nicolás Tolentino, Nene, Enrique, etc., se emparentaron con mi familia. Los dos primeros se casaron con dos señoras, Manuela Galiana y Antonia Galiana, respectivamente. El primero, Evaristo, prominente miembro de la Constante Unión 23 del Valle de Corrientes, Nicolás “Colá” exhibía en cuanta fiesta había o reunión un retrato enmarcado de una foto o cuadro de Desiderio Sosa, orgulloso de su ancestro. Mi padre lo tildaba de mentiroso. Pues a él lo llamaban “el Negro Sosa”.

Rechazo los bonitos  ditirambos (alabanzas excesivas) vertidos por las personas firmantes, porque creo entender que son diatribas (crítica ácida extrema). Mi pluma, señores de la muchitanga, tiene varias lecturas. Como abogado escribo de una forma, estricta, que me dio muchas satisfacciones, como triunfar ante la Corte Suprema varias veces; como profesor universitario, con obras que fueron citadas en el mundo, con solo entrar a internet se puede ver, les doy una pista, Bolonia Italia; y, por último, la de narrador o escribidor (Vargas Llosa) esta faceta no tiene el rigor científico de la ciencia histórica, reproduce mitos, leyendas, que se pasan de generación en generación, me cuentan o las observo. Jamás en mi vida pensé en ofender a un hombre, ni mancillar su nombre. Su único error, según lo veo yo, fue abandonar a su familia como prenda al enemigo. Mi pluma es sencilla, pero no liviana. Pesa lo de una lapicera, la autoridad detrás de ella va con títulos académicos, que los de la mojiganga no pueden empardar, salvo que demuestren lo contrario. Continúo en la vida universitaria con el mismo grado obtenido en muchos concursos,  ganados a otros postulantes, públicamente, sin desmerecer a nadie. 

Contestando lo referido a la señora Toribia Santos de Sosa, he dicho, digo y diré que fue una víctima, desde el comienzo al fin, la honro como a todas las cautivas que no son cinco, como se ha probado fuera de toda duda, me remito a mis obras históricas sobre las Cautivas Correntinas, en dos tomos. Respecto a la escritora Gabriela Saidón acertó con la sexta cautiva y lo saben, incluso uno de los integrantes de esta chirigota habla sobre ella en su trabajo, Carmen Ruiz Moreno de Cobiello, está probado.

¿Quién tiene la autoridad científica de decir estas sí, estas no?  ¿Ustedes?  No se agranden, no lo tienen. ¿Quién los nombró custodios de la verdad del Olimpo de los próceres? Y ahora que me acuerdo, provocaron un papelón nacional cuando atacaron a dos mujeres, una prestigiosa historiadora correntina y a la escritora citada. Tuvieron que esconderse en el baño para escapar de las garras enloquecidas de los valientes y osados caballeros, así demostraron su aguerrida proeza. 

En referencia a lo de damisela liviana, corre por cuenta de los cuerdos sujetos dueños de la verdad, nunca se dijo eso. Lo de la presunta declaración de Bart de Ceballos es falsa como un documento presunto que nunca existió. Hernán Gómez uno de los grandes historiadores de Corrientes tiene sus equívocos como todos.  

Con referencia a la señora Toribia, que se presenta espiritualmente ante determinados abogados, es un caso que ocurrió, se puede creer o no, la licencia literaria lo permite. ¿Por qué apareció allí?  Sería una buena pregunta, también me la hago, probablemente el nigromante que tenía capacidad de convocarla, no sé quién es, la hizo aparecer. En lo del domicilio pudo haber existido un error, admisible porque no se trata de un trabajo histórico y me lo contó un amigo muy querido que partió hacia el otro barrio. Lo demás es historia, no probada, construida como mito, y se hallan convencidos de su honorabilidad y verdad. 

Sí me llama poderosamente la atención que personas que se presumen educadas utilicen un vocabulario propio de gente sin formación alguna. En la ciencia se discute con altura, respeto. Sobre los ejes no se grita, no se agrede, como los conozco, no están acostumbrados. Usan la palabra tilingos, podrá ser, pero no agredimos a mujeres, ni sacamos huesos de los muertos (ni en la paz la tumba creo) para tomarnos fotografías de horrible gusto, para eso sí que hay que estar locos.

En cuanto al duelo propuesto, es posible que haya ocurrido en otros tiempos, nosotros somos reencarnados; sin embargo, con Desiderio probablemente razonáramos, era un hombre inteligente. Pero posiblemente Desiderio jamás se hubiese puesto de acuerdo con personas como las que dicen defenderlo, era masón, aprendió respeto. Les guste o no, soy un caballero, forjé mi propia historia, con aciertos y errores, no me pongo debajo de ningún árbol genealógico, porque algunas ramas solo sirvan para colgarse, como aseveraba Sarmiento. En mi cierre hago saber que nunca disparé de un combate, sufrí ataques de todo tipo, denuncias falsas de grupúsculos malignos, me las banqué. Dejo aclarado que con esto doy por cerrado este triste capítulo, no contestaré nada más de estos individuos desconocidos.      

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