Por Juan Carlos Raffo
Especial para El Litoral
Esta mentira del 20 de noviembre es soberanía para Buenos Aires, para Rosas y su grupito de socios y testaferros. Otra gran farsa del tirano y una mentira oficial escrita falazmente. Nuestro solemne y patriótico 9 de Julio nos impone ser soberanos todo el año.
Y el hecho de que además sea feriado, determinado por el gobierno de Cristina Kirchner en el año 2010, Decreto Nº 1584/2010, es una afrenta a nuestra historia.
Los “populistas” de nuestro tiempo actual lo concretaron con la intención de agrandar la mentira que le vendió el revisionista José María Rosa en 1950 a Perón y a la presidenta Isabel Perón en 1974.
El historiador correntino que no esté de acuerdo que se dedique a la caza o a la pesca. Hago mías estas palabras del gran historiador argentino Luis Alberto Romero.
Se transformó la derrota en victoria. Una soberana mentira. Los 20 de noviembre reafirmamos los argentinos nuestro desconocimiento sobre la historia de nuestra patria El relato que envuelve a esta supuesta actitud y acción de Juan Manuel de Rosas, en defensa de nuestro territorio, contrasta con la realidad del año 1845, considerando que Argentina no era una Nación, ya que el capricho del jefe de la Mazorca, fue tajante y favorable a sus intereses particulares y a los de sus amigos: siempre se opuso Rosas a sancionar una Constitución nacional, pues ella sería el modo civilizado de someterse al rigor de la ley y los pertinentes controles a través de un Poder Judicial y el parlamento.
Este falso homenaje nace de un grupo de revisionistas que le presentan un proyecto de ley en 1974 a la presidente de la Nación, María Estela M. de Perón, quien lo remite al Congreso y se define el 20 de noviembre como día de la Soberanía Nacional. (Sanción: 26 de septiembre 1974; promulgación: 3 octubre 1974; publicación: BO 16/10/74).
En el año 1845 lo que se produjo fue la teatralización de una parodia de combate naval en las cercanía de San Pedro, sobre el río Paraná.
Más respeto debemos tener por nuestra historia. Sin una base cierta y sólida, seguiremos al garete en busca de un rumbo. “La verdad a medias es más falaz que la mentira”, dijo Séneca. Y agrega el filósofo: “Cuando un hombre no sabe hacia dónde navega, ningún viento le es favorable”.
Desde aquel año 1974 los sucesivos gobiernos, ignorantes de nuestra historia y en algunos casos cómplices de esta mentira, continúan anunciando la celebración de un aniversario de la Vuelta de Obligado, en la que el 20 de noviembre de 1845, las tropas de Juan Manuel de Rosas intentaron, sin éxito, bloquear el acceso de la flota anglo francesa por el río Paraná. Los europeos pretendían establecer relaciones comerciales directas entre Gran Bretaña y Francia con las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, sin pasar por Buenos Aires ni reconocer la autoridad de Rosas como encargado de las relaciones exteriores de la Confederación.
La flota anglo-francesa —integrada por 22 barcos de guerra y 92 buques mercantes— fue interceptada por tropas argentinas, al mando del cuñado de Rosas general Lucio Norberto Mansilla. Los europeos disponían de 418 cañones y 880 soldados, contra seis barcos mercantes y 60 cañones de escaso calibre que les opuso Rosas. Paralelamente, los escritores revisionistas baten el parche y despiertan sentimientos e imaginarios de un nacionalismo hondamente arraigado en nuestra sociedad.
En realidad, el episodio de la Vuelta de Obligado puede ser leído en casi cualquier libro que se ocupe del período. Historiadores serios han dicho todo lo que necesitamos saber acerca de este capítulo de la historia.
Rompieron el bloqueo y llegaron con sus barcos a Corrientes, donde la sociedad local admiró los nuevos barcos de vapor y la provincia reactivó su alicaída economía.
En rigor, en 1845 dice Luis Romero, el Estado nacional argentino todavía estaba en construcción; toda la Cuenca del Plata era un hervidero, y ni siquiera estaba claro qué parte de ella —¿el Uruguay o el Paraguay?— correspondería en el futuro a la Argentina. Muchos conflictos estaban pendientes de resolución y era difícil saber cómo terminaría la historia, y en consecuencia, cuál de los intereses en pugna sería el "nacional".
Es seguro que Rosas, bloqueando el Paraná e impidiendo la libre navegación de los ríos, sostuvo los intereses de Buenos Aires, una provincia que, bueno es recordarlo, hasta 1862 vaciló entre integrar el nuevo Estado o conformar un Estado autónomo.
Rosas lo que defendió Rosas con energía fue el monopolio portuario porteño, de cuyas rentas no compartidas, vivía la provincia más grande del país. Contra Rosas estaban quienes creían que la libre navegación de los ríos los beneficiaría. El conflicto se dirimió luego de Caseros. El Pacto de San Nicolás en 1852 y la Constitución Nacional en 1853, abrieron el camino a la libre navegación. Los neo revisionistas hablan del triunfo de los intereses antinacionales. Eso los llevaría a ubicar a nuestra Constitución en el campo antinacional. A los que vemos en la Constitución el fundamento de nuestro orden institucional nos resulta imposible acompañarlos en esa posición.
Los escritores neo revisionistas —confieso que me cuesta llamarlos historiadores— dice Luis Alberto Romero, pulsan esa sensibilidad, la refuerzan, y adicionalmente la convierten en un buen negocio: bien publicitado, el nacionalismo patológico vende bien.
Digo nacionalismo patológico porque hay, en mi opinión, otro nacionalismo, al que prefiero llamar patriotismo sano, virtuoso e indispensable para vivir en una nación. Ese nacionalismo malsano constituye un mito notablemente plástico, capaz de adaptarse a situaciones diversas. Así, nuestro actual gobierno puede hacer uso de él, resucitar muchos de sus tópicos —tarea en la que ayudan estos escritores neo revisionistas— e incluir en su campaña general contra diversos enemigos.
Famosos y falaces historiadores de hoy comprados por el populismo de estos tiempos no trepidan en mentir sobre este segmento de la historia.
Estos omiten decir, ex profeso, que el llamado Combate de la Vuelta de Obligado fue una masacre de “nativos” típica de su tiempo. Más que un arquetipo del nacionalismo popular, Rosas era un dictador de un Estado-ciudad que, a la vez que supo defender su propio territorio, también deseó siempre una relación cercana y provechosa con los países imperialistas.
Como acota Luis Alberto Romero, aquellos años pertenecieron a la época pre nacional y pre nacionalista de la Argentina. Porque no éramos una nación, ya que Rosas siempre se opuso a sancionar una Constitución nacional y mucho menos que naciera con ella un Poder Judicial y un Congreso nacional que lo controle. Los intelectuales liberales preclaros, como Alberdi y Sarmiento, soñaban con una república consolidada que emulara la pujanza democrática y republicana de los Estados Unidos. Pero en aquella época, año 1845, sus proyectos todavía se hallaban muy lejos del imaginario de la masa popular.
Creo que llegó el momento de pensar en derogar la ley original de Isabel Perón que instituyó el 20 de noviembre como Día de la Soberanía nacional. Si continuamos mintiendo sobre nuestra historia, no tendremos nunca la base firme para lograr el ansiado despegue en procura de ubicarnos nuevamente entre los primeros países del mundo.
La soberanía argentina tiene sus fechas: 25 de mayo y 9 de julio.