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Las relaciones maduras entre los países

El Presidente argentino recientemente mantuvo encuentros con líderes mundiales y no perdió ocasión para manifestarse en cada oportunidad que tuvo. Sus dichos dieron de qué hablar y tal vez merezcan un análisis más profundo.
 

Lunes, 14 de febrero de 2022 a las 01:00

Quizás valga la pena empezar por lo más básico para entender lo que está pasando. Las naciones están llamadas a desarrollar junto con sus pares de cualquier lugar del globo, vínculos de carácter estrictamente institucional. Después de todo, los países no son el equivalente a las personas que la conforman y vale la pena diferenciar entonces también a los pueblos de sus respectivos gobiernos, ya que unos no son lo mismo que los otros.
De hecho, en la inmensa mayoría de los conflictos bélicos o hasta diplomáticos entre diversos territorios emergen disputas de gobernantes y no siempre esta escalada involucra a sus ciudadanos. No menos cierto es que las naciones tienen intereses, en muchos casos estratégicos, íntimamente asociados a sus riquezas naturales, a su crecimiento económico o también a su ubicación geopolítica, y en ese contexto tienen que defenderse por cuestiones eminentemente prácticas.
Nadie podría estar en desacuerdo con la idea de que los países deben intentar cooperar pacíficamente, dialogar buscando acuerdos y confluyendo con aquello que resulte conveniente a todas las partes. Para eso se requiere, efectivamente, de prudencia, cordura, moderación y sabiduría. Sin embargo, la política exterior por estas latitudes suele bailar al ritmo de las cambiantes circunstancias electorales domésticas. Cuando unos ganan terminan aliados con los afines y a la inversa se alejan de aquellos que desprecian o con los que no comparten visiones.
Se confunden entonces los vínculos entre pueblos priorizando las simpatías ideológicas particulares. Se buscan socios eventuales según el color político del mandatario de turno a cada instante y se especula con los resultados que podrían arrojar las urnas en cada elección local. Con el cronograma en la mano, se juegan cartas apoyando sin mucho pudor ni disimulo a unos y dando la espalda a otros como si esto se tratara de sumar adeptos en un imaginario tablero planetario.
Claro que se pueden entender a la perfección la existencia de preferencias personales y sesgos doctrinarios. Eso es esencialmente humano y sería poco razonable creer que estas posturas pueden ser eliminadas con simplicidad.
Pero no se puede olvidar tampoco que cuando una persona lidera un país, cuando un partido o una coalición fue votada para administrar los destinos de una comunidad, eso ha sido así sólo por un tiempo limitado, ajustado a las leyes y a lo que dispone la constitución vigente. Al menos por ahora, no se ungen monarcas repletos de potestades discrecionales que se convierten en propietarios del poder y de la gente, sino sólo un puñado de individuos que tienen enormes responsabilidades para hacer lo mejor posible durante un limitado lapso y luego ocuparse de pasarle la posta al siguiente.
Si se entiende acabadamente que cuando un gobierno asume el timón lo hace en representación de todos los habitantes y no sólo de sus partidarios, todo debería funcionar de un modo diferente a esta dinámica tan superficial, poco ecuánime y marcadamente irrespetuosa con la voluntad cívica
Cuando un Presidente visita a otro, lo hace en nombre de sus mandantes. No se está representando a sí mismo, por lo tanto, no caben referencias personalísimas o comentarios que involucren elogios desproporcionados o citas absolutamente fuera de lugar alabando al caudillo.
El encuentro no es entre dos “amigotes” de andanzas, ni siquiera es entre dos dirigentes. Para que eso sucediera los contribuyentes no deberían financiar con su esfuerzo viáticos, ni pasajes en avión, a esas numerosas comitivas siempre difíciles de justificar de la que participan personajes que hacen turismo sin desempeñar una función útil a la sociedad.
Tal vez la política mediocre de esta parte del mundo debiera reflexionar un poco más, dejar de dilapidar recursos que no abundan, conectarse con la gente y atenerse a cumplir su rol de una manera más digna.
Atraer inversiones genuinas, generar acuerdos bilaterales, construir una sólida cooperación en todos los ámbitos siempre es una acción bienvenida y se sabe que una visita protocolar bien planteada puede lograr esos avances. Lo que no parece atinado, y mucho menos en momentos tan complejos como los actuales es utilizar estas herramientas valiosas para “jugar” a la diplomacia como si se fuera un experto en el asunto, cosa que ya ha quedado tristemente en evidencia.
Las improvisaciones se suceden a diario y este despliegue reciente no es más que otro capítulo de una secuencia de imprudentes declaraciones que terminan siendo el producto de una verborragia incontenible, de una escasa profesionalidad y una muestra de altanería típica de quienes no tienen la más mínima idea de lo que están haciendo, pero sienten que están en eje.
Argentina vive una coyuntura muy delicada. La población atraviesa por penurias y angustias de todo tipo y merece no sólo mejores respuestas sino un mínimo de respeto por su rica historia y su anhelada tradición.
Esta pantomima que se suma a otras tantas anteriores plagadas de comentarios desubicados y una vulgaridad inaceptable por parte de quienes tienen el deber de hablar en nombre de los habitantes de esta bendita tierra tiene que retomar el cauce y para eso se precisa de sensatez y madurez, virtudes que por estas horas parecen estar más que ausentes.

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