Por Enrique Eduardo Galiana
Moglia Ediciones Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”
Lugares de diversión hubo y habrá en Corrientes. El Colmao de Sevilla estaba ubicado en la esquina de San Martín y San Juan, donde actualmente funciona el Correo Argentino. Historias de todo tipo se tejen sobre el lugar, desde borrachos metiendo bullas hasta rufianes explotadores de prostitutas que concurrían a cazar incautos, exponiendo celos baratos a hombres que caían en la trampa del esposo engañado. De todo, como en casa de compraventa.
Frente al Colmao estaba la zapatería más conocida de Corrientes: la Bota Colorada, atendida por sus dueños, exquisitos profesionales del cuero, uno de ellos, don Silvio, un señor a carta cabal.
Debajo del Colmao pasa un túnel o entubamiento, construido donde corre muy serpenteante y alegre el arroyo Salamanca. En la esquina de San Juan y San Martín los más valientes jóvenes de la época se aventuraban a entrar por la boca del desagüe y salían caminando hasta el río. El entubamiento de ladrillos con arcos romanos era la delicia, eso sí, había que tener cuidado porque si llovía imprevistamente era seguro que la vida nadie la conservaba: la fuerza de las aguas hacía saltar la tapa de la alcantarilla.
Contaba don Silvio que una vez finalizadas las fiestas del Colmao, cuando la madrugaba dejaba pasar los primeros rayos del sol y él llegaba a su trabajo, el lugar ya se encontraba cerrado; al mirar hacia esa zona de la calle, veía sombras, como de personas que se agachaban buscando algo. Nunca le dio importancia.
Los mozos y personas del servicio del negocio vecino le contaban, que en los viejos baños se escuchaban ruidos extraños cuando no había tanta clientela, que metía miedo.
Algunos inclusive cruzaban la calle y pedían prestado el baño en la zapatería.
Las chicas que fumaban, “de vida ligera”, como se las denominaba, colgándoles un rótulo y encriptándolas como inferiores, sin saber que ellas dormían y tenían sexo con los esposos de “las decentes” que las criticaban, porque de acuerdo a la moral impuesta en la época, algunas cosas no hacían las mujeres decentes. Inclusive, alguien una vez afirmó que sólo tenía sexo para procrear. En fin, cada uno con lo suyo, para eso está la privacidad, como sostenía doña Chonga, que fue una iniciadora de la juventud correntina en el arte de amar.
Volvemos a nuestro tema. Muchas de ellas, dejaron de ir al Colmao y afirmaban haber visto a personas con ropas parecidas a como se visten los marineros, con palas y picos, que se esfumaban por las paredes, especialmente en la zona de baños.
Llegado el progreso, se construyó uno de los primeros edificios de altura -si no fue el primero-: el Correo ubicado en tal esquina. Derribaron el Colmao, éste pasó a la historia y cimentaron un gran foso que cada vez que llueve se inunda, de ahí los motores para sacar agua que entran a funcionar inmediatamente. Precisamente en ese lugar, en el foso, los que manejaban las retroexcavadoras encontraron varias botijas de barro cocido con zunchos de metal herrumbrado por el tiempo, todas llenas de verdosas monedas de oro y oscuras de plata, a su lado un ancla de barco de río por su peso y forma.
El destino del tesoro desconozco, hasta allí el relato de don Silvio, lo que se sabe es que un abogado vecino de la zona tuvo clientes importantes y mejoró su fortuna, otro vecino desapareció de los lugares conocidos y don Silvio dejó de ver las sombras que buscaban afanosamente algo durante largos años.
En el depósito de agua de baño (esos antiguos de hierro que colgaban de la pared y al tirar la manija escurría), en los típicos inodoros a la turca, al retirarlos encontraron de manera dispersa en su interior monedas de oro españolas de siglos atrás. Explicaría también lo de las sombras y ruidos extraños en esos viejos y olvidados baños.