Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral
Las dos son órdenes explícitas de cambio de acción y actitud. Una que pone término a una celebración argentina de larga data. La otra, más amplia y peyorativa, que pinta de cuerpo entero, el jolgorio indefinido con que tomamos los argentinos la alegría exagerada, desmedida, desmadrada. Que hace de lo insignificante lo importante. Esencia del populismo, la exageración encarnada.
El carnaval eterno con cotillón a gusto, donde cada uno tomaba hasta ahora, toda cosa seria en joda, como por ejemplo la disciplina del orden, el sentido común en su justa medida. Acorde en sus urgentes necesidades personales.
Esa mala costumbre que nos permitió vivir la dulce mentira de la irresponsabilidad.
Siempre tomando en broma o poco serio, problemas realmente delicados, más serios de lo pensado. Siempre con bombo dispuesto a batir más allá de sus propias fuerzas.
Una doble vida que nos dimos el placer inmoral de ejercerla, tratando de reparar las consecuencias de nuestros problemas y no el origen, causa del descrédito que produjo la decadencia del “granero del mundo”.
Ha sido como una compensación, que aliviaba la presión de la realidad, gastando más de la cuenta para tener lo que no podemos.
Un artilugio sedante para evitarnos el dolor de cabeza por no tenerlo; preferible que se transponga límites de bolsillo, porque así nos creemos lo que verdaderamente no somos.
La apariencia, ese estilo de vida de derroche injustificado. Porque aparentar ha sido de siempre el espejo de los argentinos. El falso camino para poder tener lo que no tenemos. O, disfrutar como si la tuviéramos.
Cuando para remarcar una realidad estremecedora, se trajo tres palabras que siempre lo pueden porque detrás de ellas, no queda más nada: no hay plata..!
Fue un golpe certero en la cara, mostrándonos la verdad sin límites, desnudos ante una realidad irrefutable: 44,7% que no llegan a fin de mes aunque expriman esperanzas ya agotadas.
Recién comenzamos hacer mea culpa como una oración fuera de tiempo y lugar. Pero esa doble personalidad aún persiste, pudo mucho más la costumbre antes que “doblegarnos” a permitirnos ser pobres. Acaso existe mayor afrenta ante la careta que desfigura tan solo por un tiempo, la realidad pelada.
Tratando de ignorar que la pobreza libra su batalla en el 44,7%, y que el porcentaje del ajuste es de 63,5%. Más aún, como siempre la que lo pagará será la gente y no la casta, que es la que disfruta realmente de las mieles del poder, ajena a todo desguace, salvo que se pase “a degüello” sin coronitas que valgan, para que alguna vez las cosas se emparejen y realmente construyan justicia social verdadera.
La semana que pasó, segunda de la “motosierra,” los precios volaron, ante cada góndola o vidriera; parecíamos agentes de bolsa, haciendo nuestros propios cálculos, libreta, lapicera y calculadora en mano.
Los más avezados e insobornables “carnívoros”, deliberando si este año se llevarán asado, o bien como la gente fuera de sistema, en silencio y defraudada, los pobres, repite sin cesar: otro año será.
O, sea, todos. Ya sin caretas, mostrando quiénes somos ante nuestros pares, sufriendo en cada precio la extinción de un país que supo serlo, pero justamente no por buenos, hace rato lo perdimos.
En la “joda,” caben todas las cosas inauditas que sin medir consecuencias siempre hemos cometido. El desborde de la transgresión permanente. Las bravuconadas. Las promesas incumplidas.
Preocupan opiniones avezadas, claro que hacer pronósticos en Argentina es quedarnos siempre cortos. Por ejemplo, el economista De Pablo, preciso y sin anestesia como siempre expresó: “Sangre, sudor y lágrimas no es un programa de gobierno.”
La famosa frase de Winston Churchil, arengando a su pueblo el anticipo de lo que sería la guerra. Sin eufemismos, directo al hueso.
O, la predicción de un especialista, como el periodista Ismael Bermúdez, al vaticinar: “Se estima 2,8 millones más de pobres.”
Uno trata de potenciar bríos nuevos, porque por fin el recato, la austeridad, el orden, la disciplina y los miles de gestos por corregir el mal camino desandado, y por supuesto que ante tanto despilfarro el ajuste no es una simple sierra, son miles de sierras que al unísono como una escuadra de infantería viene cortando cabezas.
Lo que preocupa de verdad es que siempre siguen siendo los pobres los más afectados, nunca al revés. Un intercambio de clases que aunque breve permita comprobar la dureza, tal vez el cine que todo lo puede sería un puente de alternancia que lleva casi de 100 años inconmovible; solo segundos servirían de escarmiento por comprobar desde el pan mismo de los hijos, al liviano cocido negro de dieta cuando Dios lo permita.
Imaginarnos que al dolor le aplican fomento de más dolor, es valorar mucho más a esa fuerza de “choque” preparada contra toda prueba de “tortura.”
La cirugía tiene que ser perfecta, crítica para saber qué sirve y qué no, mientras la vida no se detiene ni aplaca angustia.
Por eso, hoy más que nunca: paren la fiesta, se terminó la joda. Porque al cabo de una vida, Argentina siempre cayó en el mismo pozo, buscando un plan económico alternativo salvador.
Lo que no se previó, que la causa de todos los males, somos nosotros mismos. Y, por haber seguido incondicionales a “salvadores” de palabras encendidas, promesas fáciles, amantes del aplauso, caímos en las consecuencias y no en la causa.