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Los pocos que soportan

Por El Litoral

Domingo, 14 de mayo de 2023 a las 01:00

La Argentina, si por algo se ha caracterizado, es por ser siempre una potencia, pero en expectativa. El potencial de una riqueza u otra siempre estimula ese despegue que nunca llega.
Sin embargo hay una explicación de por qué no se produce la salida: hay mucho por soportar y pocos que hacen fuerza.
Como se sabe, la Argentina es –o aspira a ser– una potencia mundial. Pero en sentido aristotélico: solo en potencia, no en acto. Para concretar sus aptitudes y hacerlas realidad, se necesita una visión compartida que suscite entusiasmo colectivo como motor de transformación y pasar así del discurso a la realidad. Ese tránsito jamás podrá concretarse si se concibe al país como apéndice austral de la pobreza latinoamericana e incapaz de revertir ese destino con un cambio de paradigma.
Tanto nos hemos habituado al modelo extractivo, donde pocos producen en forma competitiva para mantener a quienes no lo son, que parece normal recorrer el mundo mendigando ayuda cuando la sequía desarticula ese perverso mecanismo. Tan habituados estamos que pocos conciben la nación con todo su potencial en marcha, capaz de duplicar sus exportaciones y aumentar sus importaciones, sin brecha cambiaria, sin enclaves de privilegio, sin mafias sindicales, sin reservas de mercado, sin impuestos distorsivos, ni chicos fuera de las escuelas.
Por eso, la pregunta que más acucia a quienes pedimos dinero, a quienes rogamos que inviertan, a quienes se esfuerzan cada día es si será esta la oportunidad del cambio. ¿Se lograrán consensos para encarar una transformación de fondo? ¿O la Argentina ha bajado los brazos, conformándose con administrar la pobreza y dar negocios a los amigos del poder?
En el extremo más retrógrado hay quienes consideran que en nuestra tierra el capitalismo ha llegado a su límite, pues el mercado, por sí solo, ya no puede aumentar la demanda de empleo. 
Lo único que podría solucionar ese fracaso sería la economía popular, con un “Estado presente” que ponga los fondos necesarios para incorporar a cuatro millones de excluidos al mundo laboral de los planes y los punteros.
Serían entonces los cuentapropistas, las desnaturalizadas cooperativas, los vendedores ambulantes, los recuperadores urbanos, los auxiliares de merenderos, los emprendedores familiares, las empresas recuperadas y la creciente legión de postergados los pilares del futuro desarrollo nacional y los sólidos puntales del bienestar colectivo.
Sin embargo, esas organizaciones sin patrones tienen otros, que son peores. Los intermediarios que negocian con funcionarios, quienes, a su vez, los utilizan para hacer política partidaria. La economía popular es otra forma de gasto público y, como tal, un peso adicional agregado al Estado, ya de por sí incapaz de sostener sus crecientes erogaciones por derechos ampliados y deberes achicados.
El único pilar para satisfacer las necesidades colectivas es la economía privada, que, a través del empleo formal, los aportes laborales y el pago de impuestos, mantiene toda la estructura del Estado, sus escuelas y hospitales, sus tribunales y comisarías, sus múltiples legisladores, ministerios, jueces y empleados, incluyendo a los millones de integrantes de la economía popular.
En el otro extremo, al igual que los lideres de la economía popular, muchos dirigentes que proclaman su fe en el capitalismo también reivindican al Estado como impulsor estratégico del sector privado, para “poner en marcha el aparato productivo”. En la actual crisis, esa propuesta semeja una coartada oportunista para evitar hablar de reformas que incomodan al discurso político.
Como ocurre con los anuncios de moratorias, de blanqueos o de devaluaciones, todos los interesados se paralizan a la espera de que esos eventos ocurran. De igual manera, si la Argentina no se encarrila por el camino de la apertura, la recuperación de la moneda y la búsqueda de competitividad, ni los pequeños empresarios, ni los ahorristas, ni los inversores se pondrán en marcha, ni utilizarán sus ahorros, ni ingresarán sus capitales en la expectativa de que una nueva crisis obligue a realizar las transformaciones siempre anunciadas y nunca cumplidas.
Se quedarán mirando desde afuera, sin arriesgar un centavo, a este insólito país obsesionado por un estatismo incapaz de soñar una revolución productiva que haga realidad su potencial, abandonando el capitalismo de amigos y dando empleos dignos.

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