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Yatay, sus aparecidos

Domingo, 11 de junio de 2023 a las 01:00

Por Enrique Eduardo Galiana
Moglia Ediciones
Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Esta es una de las batallas más sangrientas de la Guerra del Paraguay, iniciada en 1865. El poderoso ejército paraguayo, dividido en dos columnas al mando de Duarte y Barrios, avanzaba por territorio argentino y brasilero causando estragos. Reguera y Payba los hostigaban como buenos correntinos, con guerra de guerrillas. Les sustraían alimentos, robaban los caballos y a las columnas solitarias las despedazaban. Detrás de ellos los paraguayos dejaban soledad, incendios, saqueos y violaciones, muy propio de la guerra de antes, de hoy y de siempre. Dejará como consecuencia mujeres cautivas que fueran, en los primeros combates, arrastradas al Paraguay. Serán las cautivas iteva (verdaderas), esas que lucharon contra el invasor. 
Poco a poco el Ejército Nacional y los brasileños fueron sellando la suerte del enemigo. Los soldados argentinos y brasileños le hicieron una encerrona a los paraguayos. Su suerte estaba echada: debían morir en combate o triunfar, porque volver derrotados no pasaba por su cabeza. Sabían de antemano que el cherubichá (jefe) los mandaría a degollar o lancear sin piedad alguna. Sus familias estaban condenadas a engrosar los campos de concentración de su país; sus bienes serían confiscados. Sumado a ello la mácula sobre sus personas y descendencia era una realidad. Se encontraban aislados lejos de sus bases, atrás los perseguía el odio de los pueblos desdichados que ellos fueron sembrando con su fanatismo y sin razón. Las soldaderas paraguayas prudentemente habían vuelto con el festín de los atracos y violencia, gozaban con el sufrimiento de sus cherapichá (hermanas, amigas, conocidas) correntinas, como lo habían hecho con las brasileñas en Mato Grosso. Era la hora de rendir cuentas. 
Barrios quedó encerrado en Uruguayana y Duarte solo en Paso de los Libres esperó en vano el traspaso del río que le había pedido a su compatriota. Ahora estaba en la franja de la tierra roja correntina, de piedras que cortaban el pie de sus descalzos soldados, el frío les calaba y el hambre los consumía. A la vera del arroyo Yatay esperaban su suerte, la muerte volaba sobre ellos mostrando su peor imagen, como gozando de antemano la gran cosecha que se avecinaba. 
Llegaron los argentinos, sumados a uruguayos y tanta otra gente enlazada y esclavizada en la gleba de la guerra. Apellidos ilustres figuraban en los listados que no estaban presentes, para eso servían los alquilones o esclavos que tomaron su lugar. Carne de cañón los llamaban, porque estaban obligados a pegar la primera carga contra la boca de los pocos y viejos artefactos paraguayos; pero que venían con metralla nadie lo dudaba. Cadenas con bolas de hierro en los extremos partían huesos y carne por doquier, pero siendo pobres y del montón debían cumplir con la patria. 
Ese era el escenario del Yatay, en que el arroyo testigo de esta coreografía huía espantado con sus aguas a esconderse en el río de los pájaros. Comenzó la batalla con la sangre corriendo a raudales, los gritos llenaban todos los huecos vacíos del silencio. Unos de gloria, los más de dolor por ser el que recibe la herida y otros por producirla, duele a uno y a otro. Se definió la batalla a favor de las tropas aliadas, derrotados los paraguayos vendieron caro el triunfo enemigo. Vencidos ya la mayoría fue rematada con degüellos, otros enlazados y metidos en corrales; los más esclavizados, lo único que cambió en su destino era de dueño. Vinieron esclavos y continuaban siéndolo, de un país esclavista a otro, del Paraguay esclavista al Brasil esclavista. Tenían suerte si los argentinos los incorporaban a sus batallones. 
El dolor y los gritos pobló el aire del Yatay, la sangre derramada tiñó el arroyo que despavorido aceleraba su curso rumbo a su desembocadura. 
Los muertos del triunfador tuvieron una tumba común. 
El listado falso y jaez, controlado por los oficiales porteños para evitar que aparezca muerto uno de los caballeros de las elites gobernantes, que pagaron a los pobres infelices que pasaron al más allá con valentía o cobardía, vaya uno a saber. Tumba común, foso donde fueron amontonados previo despojo de vestidos y otros elementos, por ser necesarios, aducían. Con una cruz de madera común para recordarlos, con ellos fueron enterrados los gritos y la sangre. Los espíritus quedaron llorando en el lugar. Peores destinos tuvieron los paraguayos cuyos cuerpos fueron abandonados a las alimañas, con suerte algunos fueron quemados. El terreno libreño de la batalla se convirtió en un osario, donde la muerte bailaba de contenta con su inmensa guadaña ensangrentada. 
Durante mucho tiempo los lugareños no se atrevían a pasar por el lugar. Lo rodeaban con prudencia y temor, porque afirmaban que se veían sombras y espíritus rondando por esos lares. Tiempo después se animaron a realizar ceremonias religiosas a los muertos por la Patria; de rebote ligaban los paraguayos. Otros, más piadosos, se aventuraron a enterrar los esqueletos blanquecinos que ornaban el lugar dándole un aspecto tétrico. Recibieron una cruz piadosa que los recodaba. 
Pero es sabido por los que conocemos Paso de los Libres por diversos motivos, que nadie se aventura al lugar al caer la tarde. Los quejidos y los gritos de toda laya de pronto se desatan. Ruidos y estampidos siguen sonando en el espacio, las sombras danzan en grotescas figuras; niños que lloran, mujeres que llaman a sus hijos, sonido de clarín tintineando a retirada. Los árboles que otrora fueran arbustos, sirven de escondite a espectros que arrastran armas con quejidos espantosos. Todo es lúgubre en el Yatay, hasta el arroyo al caer la tarde cambia el sonido de sus aguas cantarinas por un murmullo triste que se arrastra por su lecho de piedra. 
Los que se atrevieron a llevar a sus hogares restos arqueológicos de aquella matanza, las devolvieron cuando los fantasmas visitaron sus casas. Balas y bayonetas volvieron al lugar. 
Algunos macabros recogieron huesos, sus visitas fueron mucho más graves. Muchos no pudieron reponerse de su aventura, los atrapó el terror, con solo mencionarles Yatay tiemblan. Siguen aseverando que sus casas están embrujadas y saben que fueron ellos los que acarrearon los huesos y sus espíritus. A no quejarse, quien juega con lo macabro ingresa a espacios destinados a los muertos y éstos tienen por costumbre defenderse como saben. 
Son varios los historiadores profesionales que mencionan lo que ocurre en el Yatay. En mi caso lo viví una tarde, nunca más volví.  

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