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El árbol blanco

Domingo, 17 de septiembre de 2023 a las 01:00

Por Enrique Eduardo Galiana
Moglia Ediciones Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Como se ha dicho muchas veces, los tesoros tienen sus custodios. Almas en pena que no encuentran el camino para marcharse a la eternidad, están apegadas a los bienes materiales que les sirven -para su desgracia- de anclas, no pueden partir porque en el mundo paralelo en el que existen el oro, la plata y las joyas de nada le sirven, pero no quieren entender, son obstinados. 
Se suma a su desgracia el olvido de sus deudos, ni una vela encendida, una misa de limosna o acto litúrgico de otro tipo si no fuera cristiano, pero que lo recuerden, de allí que la desmemoria les impide, en tiempos en que vivos y muertos se encuentran, poder comunicarse con aquellos que les debían conmemorar, aunque más no fuera por los bienes, muchos o pocos, que recibieron de herencia. 
En un campo que llamaré Caá Cupé, pasando San Luis del Palmar existe una extensa arboleda que brinda una exquisita vista, deleita su hermosura, que invita a darle música y pintarla al óleo con acorde de guitarras y acordeonas. 
En las noches, en ciertas oportunidades, suele apreciarse una llamarada debajo de un lapacho antiguo y basante extraño, porque no es muy común, es lapacho blanco, el Araguaney. 
Ese extraño suceso a la mayoría de los que trabajan en el establecimiento les inspira miedo; terminada la jornada evitan transitar por el lugar al caer la tarde, en varias ocasiones tienen que dar una vuelta de gran distancia para evitar pasar cerca del árbol blanco, como le dicen al pobre lapacho. 
Cercanos a esos lugares se desarrollaron batallas y matanzas por guerras civiles o políticas, lugar propicio y bravío que en otros tiempos fue escenario de brutales enfrentamientos, que la memoria escrita ocultó y la humana olvidó. 
El comentario corrió por el pueblo cercano Las Lomas, así que entre tantos asustados aparece el que se arma de coraje y logra juntar a sus seguidores, que sin su presencia jamás se atreverían, esa es la capacidad del líder de arrastrar a los debiluchos al frente de batalla, o como ésta a desafiar el insondable secreto del más allá. 
Un día ni frío ni caluroso -templado nomás, dijo uno de los de la partida. Montaron sus pingos con destino al árbol blanco, munidos de palas, picos y otros elementos para desentrañar el secreto de la llamarada. Todos pensaban: un tesoro, y creo razonable coincidir con dicho criterio, sólo me queda preguntar qué tipo de tesoro, porque para algunos es el amor, para otros la felicidad y así podemos seguir alargando la lista de objetivos que el ser humano persigue en su vida. 
Tenían autorización del patrón para hacer el trabajo, porque al mismo le interesaba desentrañar el misterio, lo que encontraran no era de su interés les había aclarado fehacientemente, por dimes y diretes sabía de la maldición de los tesoros y no tenía ningún interés en incorporar a su patrimonio desdichas y otras yerbas. 
El grupo dotado de lámparas y linternas de cuatro elementos, más algunas velas en sus paquetes y faroles para el efecto, comenzó la tarea de realizar pozos, unos hacían un cardinal y otros en otro, el viejo árbol robusto y de grandes raíces resistía estoico los hachazos que recibían sus entrañas metidas en la tierra, nada hacía disminuir el ritmo de trabajo ni siquiera el ñatiú (mosquito) más voraz, que se hacía su festín con tanta sangre fresca para chupar 
Como la profundidad era importante el jefe de la cuadrilla ordenó suspender la tarea. “Hay que refrescarse”, dijo con autoridad. Luego caminó unos metros dirigiéndose al casco de la estancia y se ubicó en la dirección de la galería desde donde se apreciaban los destellos y sombras raras, lentamente volvió caminando hacia el lugar, desde las casas se sabían observados. 
“Le estamos errando, chamigo” -dijo en voz alta- “por acá vamos a cavar todos”. Se ubicaron en uno de los cardinales que no habían trabajado. Comenzaron con nuevos bríos meta pala y pico, hachazos a las raíces, de pronto una brillante luz salió desde las profundidades y todos con estupor se vieron iluminados, al mismo tiempo escucharon quejidos humanos de dolor, gemían y lloraban, al instante la tarea cesó. El miedo les calaba los huesos, pero el líder empalagado ya de codicia con la misma autoridad inicial, a pesar del julepe que él mismo tenía, alentó a su hueste a seguir cavando. 
De pronto, una pala dio contra algo duro, era de metal, arremetieron con mayor énfasis a la tarea y poco a poco fueron sacando huesos humanos, cubiertos de cal, sables viejos, cuchillos herrumbrados y carcomidos por el tiempo, botones de antiguos uniformes por el diseño, trapos que resistieron el tiempo. La luz brotaba y se apagaba de la fosa en que se encontraban los expedicionarios, los gemidos aumentaban con sollozos, ni una moneda o cobre aparecía entre los restos hallados, eran muchos, contaron hasta 30 cráneos y si continuaban con el pozo probablemente hubiera otros. La cal pegada a los restos les daba formas extrañas. Esos no era un tesoro, aventuró el jefe del grupo, era una fosa común, un cementerio improvisado por algún grupo militar. Entre los restos hallaron una libreta envuelta en cuero y papel grasoso, cubierta de caliza datada en 1871 escrita en sus páginas que al batallón les había pillado la fiebre amarilla, la fosa común era de los muertos y no muy muertos que fueron cubiertos de tiza por orden del médico que los acompañaba, venían de regreso del Chaco, después de la guerra de la Triple Alianza, eran los últimos que quedaban de las tropas argentinas. 
Los buscadores de tesoros se persignaban y encendieron velas según sus creencias, otros se arrodillaban ante el descubrimiento, la luz parpadeaba, los gemidos y sombras bailaban alrededor de los asustados expedicionarios, de pronto se escuchó una carcajada que rompió los nervios de los allí presentes, venía de las profundidades de la tierra misma, risa y llanto la describieron los expedicionarios. 
Inmediatamente comenzaron la tarea de devolver los restos al lugar, mientras realizaban la tarea rezaban lo poco o mucho que sabían, otros le pedían perdón al árbol para que no les maldiga, decían. 
Terminada la tarea buscaron dos troncos bastante grandes y confeccionaron una cruz, ayudados por sus farolas y la luz que brotaba del lugar, sombras extrañas que no eran de este mundo rodeaban el pozo, en él clavaron una cruz y ante ella encendieron los cirios, otros dejaron sus lámparas a vela, pedían perdón a los muertos por haberlos molestado. 
Se retiraron del lugar con parsimonia, escuchaban los gemidos a sus espaldas, gemidos que los acompañaron el resto de sus días. 
Al jefe del grupo de pronto se le apareció un fantasma con uniforme militar antiguo, simplemente susurró como si hablara dentro de un pozo de balde, “gracias chamigo”. 
Al día siguiente, el dueño de la estancia preguntó al pasar: “¿Y cómo les fue, chamigos?” Todos contestaban sacándose el sombrero, cosa que le llamó la atención al propietario: “Bien, patrón. Descansan en paz los muertos del árbol blanco”.

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