n El 11 de enero de 2018 la vida de Patricia Sosa y su familia cambió para siempre. Empresaria de activa participación en la sociedad correntina, respetada por sus colegas y con gran proyección de futuro sufrió un accidente inexplicable al volante de su camioneta 4x4. Fue rescatada con vida, pero su cuerpo no volvió a ser el mismo como consecuencia de una lesión medular que derivó en una tetraplejia.
Patricia conserva su temple de acero y busca sobreponerse cada día con el apoyo de sus hijos, quienes la acompañaban en aquel viaje fatídico, cuando la SUV Toyota SW4 modelo 2016 se salió de la ruta nacional 12 y dio varios tumbos en cercanías de Jardín América.
Todos llevaban cinturones. Sus tres hijos padecieron lesiones leves y retomaron su vida gracias a un detalle fundamental: funcionaron los airbags laterales del flanco derecho del vehículo. Sin embargo, los mismos dispositivos que la camioneta (de alta gama y considerada uno de los modelos más seguros del mercado nacional) no se activaron en el costado izquierdo ni en la zona frontal izquierda. Es decir que exactamente en el punto donde viajaba Patricia las protecciones inflables la dejaron inerme, sin el escudo acolchonado que pudo haber morigerado las gravísimas heridas que sufrió.
En diálogo con este cronista durante el programa “Combustión Interna” (espacio de El Litoral Radio dedicado a la seguridad vial) Patricia dio un testimonio invaluable. Valiente, desde su silla de ruedas entonó con sus energías inagotables las palabras “injusticia”, “accidente evitable”, “recuperación”, entre otros términos que la definen como una resiliente capaz de continuar dando batalla pese a la discapacidad que acarrea y que hasta ahora no fue resarcida.
Aunque el derecho la asiste y todas las pruebas le otorgan la razón, el pleito tribunalicio lleva ocho años de chicanas motorizadas por los abogados de Toyota, marca que se resistió a reconocer falencias cruciales como consecuencia de las cuales el techo aplastó el cuello de Patricia. La primera de esas fallas fue la manifestada por los airbags, que al no haberse activado dejaron a la conductora (específicamente en ese punto del habitáculo) sin protección en pleno vuelco. La camioneta terminó completamente dañada como consecuencia de la topografía semimontañosa de Misiones. Y de ella fueron rescatados sus cuatro ocupantes (con las precauciones de rigor por los bomberos voluntarios de Jardín América).
Ya en un centro asistencial y una vez en uso de sus facultades plenas, Patricia manifestó sus síntomas. No sentía las extremidades. La pérdida de sensibilidad se extendía por todo su cuerpo, desde el cuello hacia abajo. Estaba claro que nada volvería a ser igual.
Desde entonces su gran meta es ganar la batalla judicial. No solamente porque una indemnización económica le permitiría costear un tratamiento con neurotransmisores en el exterior, sino porque un triunfo jurídico sentaría un precedente histórico para evitar tragedias similares.
“Hoy todavía mucha gente utiliza vehículos de la marca Toyota sin saber que llevan airbags fallados. Es una trampa”, advirtió en los micrófonos de El Litoral Radio. Y su llamado de alerta encuentra el mayor de los asideros en la historia reciente, dado que el proveedor de las bolsas de aire instaladas en su SW4 en la década pasada era Takata, una marca japonesa que se fue a la bancarrota en 2019 por haber ocultado serias deficiencias de funcionamiento.}
Takata llegó a ser la mayor proveedora de airbags a nivel global. En la década pasada uno de cada cinco airbags que se colocaban en los automóviles cero kilómetro era fabricado por esa compañía, que se negó a revelar los defectos de sus productos a pesar de sorpresivos accidentes como -por ejemplo- el estallido de esquirlas metálicas en el rostro de los ocupantes de un vehículo en situación de colisión.
El otro gran déficit de la camioneta que compró en su momento la familia Colombo (Patricia como cónyuge conducía cotidianamente el vehículo) es un cambio drástico del sistema de tracción que el modelo conocido como SW4 experimentó a partir de la nueva línea, lanzada en 2016.
Antes de eso, la Toyota SW4 venía equipada con un tercer diferencial inteligente llamado Torsen, que distribuía y dosificaba torque a las cuatro ruedas en todo momento. Es que en su generación anterior, el modelo ofrecía tracción integral constante no desconectable. Es decir, mayor seguridad en ruta porque las cuatro ruedas eran motrices todo el tiempo.
El nuevo modelo, adquirido en 2016 por la familia de Patricia con la convicción de que se estaban subiendo a un portento de seguridad, perdió el sistema Torsen y recibió tracción convencional. Esto es tracción simple en las ruedas traseras todo el tiempo y 4x4 solamente en situaciones de lluvia, ripio o arena, dado que al perder el dosificador inteligente de torque no se podía conservar el mecanismo de doble tracción permanente.
¿Qué pasó con la camioneta a partir de ese momento? Adquirió los mismos vicios de sobrevirancia que se le achacan a la pick Hilux (su hermana de sangre ya que comparten chasis y mecánica). Sobrevirante quiere decir que un auto tiende a irse de cola en las curvas, con lo cual aumentan las probabilidades de salirse del asfalto en situaciones límite, como la que afrontó Patricia aquel 11 de enero.
Lo cierto es que Toyota sumó asistencias electrónica para corregir vicios de sus vehículos (especialmente los de tracción trasera), pero no informó en sus campañas publicitarias acerca de la involución que representaba la eliminación del sistema Torsen. Los vendedores de las concesionarias tampoco se esmeraron en comunicar este pequeño gran detalle, con lo cual muchos clientes incautos adquirieron el vehículo pensando que iban a bordo igual de seguros que con el modelo anterior.
Solamente la letra chica del manual de usuario señala este cambio de un modelo viejo a un modelo nuevo. La SW4 (conocida como Fortuner para el resto del mercado latinoamericano y de países emergentes) se sigue comercializando a niveles récord, pero no es lo que parece en materia de seguridad dinámica.
Para notarlo es necesario ser un especialista o comprobarlo por cuero propio, como fue el caso de Patricia y su familia. Ellos, para colmo, venían de vender una Hyundai Santa Fe, camioneta de menor porte pero con tracción delantera y un sistema “real time”, es decir que las ruedas traseras se acoplaban en caso de patinamiento de las delanteras. Pasar de una Santa Fe, menos pesada y más estable por su centro de gravedad más bajo, a una SW4, implica la necesidad de reaprender la maniobras conductivas en eventos contingentes.
Patricia no tenía por qué saber que el airbag de su camioneta era Takata. Tampoco tenía elementos para conocer la diferencia técnica entre el modelo antiguo y la nueva generación de SW4. Compró lo que creía era la mejor camioneta para viajar, pero fue víctima de un engaño que le truncó una vida llena de proyectos. Hoy es una sobreviviente y tiene una nueva razón para seguir luchando: que los culpables afronten las responsabilidades.