n El aire se enfría. El día se apaga, aunque después va a volver. Las luces automáticas de las casas, los estacionamientos y los estadios se encienden. La gente mantiene la vista clavada en el cielo. Hay un silencio que parece durar apenas un instante, pero se estira, y, después, desaparece en aplausos, bocinazos, y gritos de asombro. La Luna tapa al Sol, devenido en un anillo perfecto, y el cielo se pinta de naranja en el horizonte como si fuera la hora del atardecer, aunque recién empieza la tarde. Es un momento efímero, pero queda bordado en la retina.
“No creo que alguna vez vaya a dejar de pensar en esto”, dice Eshaan Joshi, 20 años, con las sensaciones del eclipse solar total todavía frescas, mientras el día vuelve a su normalidad.
“En el momento previo, mirás hacia arriba, pero no podés mirar al sol, siempre querés intentarlo, pero no podés. Y de repente, en tan sólo un breve segundo, te sacás los anteojos y ves este anillo de luz, como un halo alrededor de la Luna. ¡Y podés mirar el Sol! Y todo está oscuro. Y hay tonos anaranjados”, describe. “Y durante ese breve momento –termina–, creo que nunca me sentí más conectado con el universo.”
Por un día, Estados Unidos dejó todo de lado para mirar al cielo. El eclipse solar total que recorrió al país desde Texas hasta Maine se transformó en una experiencia compartida por millones de personas, que pusieron pausa para experimentar un fenómeno que solo ocurre unas pocas veces en la vida de una persona.