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Cine Graf: el niño duende

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”.

Sabado, 28 de febrero de 2026 a las 18:38

Conocida es en la ciudad la manzana llamada Villa Basura, integrado con los habitantes de dos lugares que el gobierno necesitó limpiar para construir las viviendas del barrio Yapeyú y del Berón de Astrada, se halla ubicada entre Roca y Brasil, Ferré y Rivadavia. 
A partir de la década de 1950 en adelante hubo salas cinematográficas en Corrientes; por supuesto el Cine Rex, el Colón, el Itatí frente a la plaza Libertad, el Teatro Juan de Vera, y el San Martín. Pare de contar mi amigo porque no había más. 
Como es de suponer las entradas no estaban al alcance de las clases populares, debían conformarse con escuchar radio, que eran pocas como es de suponer, se escuchaban las de los vecinos. Emisoras radiales había sólo dos en la región, LT7 Radio Provincia de Corrientes y LT5 Radio Provincia del Chaco. A la noche gracias a la inteligencia de los vecinos se colocaba una tacuara con alambre que hacía de antena, se podía captar a ratos Radio Belgrano, Radio El Mundo y Radio Nacional Buenos Aires. 
Las diversiones eran jugar a la pelota, a las balitas, trompos, chanta, etc. Además estaban los narradores, esas personas lectoras que se sentaban en las esquinas sin luz y contaban historias de todo tipo, el que iba al cine narraba la película, sana diversión de los lugares periféricos.  
No se imaginen siquiera una máquina cinematográfica súper 8, eso era de los pudientes, como el tenis, etc. 
Y de pronto se hizo la magia, el padre del Japo y del Gringo vino de Buenos Aires con una gran novedad, una máquina de lata, con una lente dos rodillos, un foco que proyectaba en una sábana figuras, nada más, figuras con letras, alcanzaba para pasar el tiempo. 
Vinieron sólo dos películas, así que pronto la concurrencia se aburrió y dejó de concurrir al cine de pobres gatos en la casa del Japo y el Gringo. 
“Eureka –dijo el Japo, súper inteligente- el papel es vegetal con tinta china podemos dibujar y fabricar nuestras películas. Así comenzó la producción de series copiadas o inventadas de las revistas que circulaban, el Tony, Misterix, D’Artagñan, Patoruzú e Isidorito etc. 
Casi nadie en el barrio compraba esas revistas, nuestros padres se daban ese lujo, quizá el único que podían. 
Tomando como base esa literatura además de los libros de texto de la escuela, el Japo en largas tiras pegadas de papel vegetal se las ingeniaba para los estrenos, volvieron los clientes, con aportes de monedas para sostener el emprendimiento, se coloreaban con acuarelas. 
Varias veces vino un niño de unos seis o siete años, se paraba, como no tenía monedas nos miraba con esa cara de, déjame entrar que no tengo ni para comer, era educado, extraño a la vez, se paraba detrás y no conversaba con nadie, sólo miraba, gritaba, se reía como todos. Como en la casa no había sillas cada uno se muñía de un banco, silleta, lata o lo que fuera, luego las llevaban. Posteriormente el espectáculo se trasladó enfrente a la casa de don Alonso, el que adquirió una máquina de mayor tamaño, cerró un trato con el Gringo de las entradas 70 por ciento para él y 30 para el mencionado Gringo. 
A la hora de la función al caer la tarde cuando la luz se va escondiendo al oeste, se colocaba un telón blanco cuyo soporte travesaño era una tacuara maciza, abundaban en el barrio, era una mejora. Algunos seguían trayendo sus bancos, otros en el nuevo escenario tenían bancos largos de madera herencia de don Francisco Alarcón, abuelo de la esposa del nuevo socio. 
El niño morochito se presentó en la boletería, se quedó mirando con tristeza la algarabía de los niños que sí podían pagar la moneda, eran centavos de peso. Ante tal situación, el Gringo autorizó que ingresara, se le descontaría de sus ganancias, el chiquillo agradeció y se ubicó sentado sobre un pequeño macetero que tenía una planta de mburucuyá, aplaudía y reía con todos. 
Pasado un tiempo fuimos creciendo, la sociedad se disolvió, el cine Graf perdió importancia ante la aparición de los libros de historia, aventuras, o poesías de todo tipo, la escuela cumplía su rol: amar el conocimiento. Cada uno leía una parte de un libro, salvo el que pasaba porque no estaba seguro de su lectura o era haragán, estaba permitido hacer correcciones. Después sin desistir de la lectura apareció el ajedrez, la madre del emprendedor (Gringo) les enseñó a sus hijos a jugar al ajedrez, lo que es más, les regalaron un juego que atesoraban, pero compartían. Casi todos los jóvenes jugaban al ajedrez, a la mañana cuando estaban de vacaciones en la esquina opuesta al baldío bajo la sombra de un frondoso paraíso, de noche ni por broma allí había poras (gnomos, duendes etc.) gentes ajenas al barrio miraban con asombro a los harapientos retozando el juego de los reyes, a la tarde las leídas. 
El niño apareció dos o tres veces a la rueda de chicos en el sitio baldío en la esquina de Rivadavia y Brasil, sólo lo hacía al atardecer, cayendo la noche. La luz recientemente instalada, gracias a la gestión de un señor Parras que compró el baldío, les permitía leer al anochecer para alegría del barrio entero, desaparecieron las bocas de lobo de noches sin luna.  
La señora de Cambá Gutiérrez maestra de la Escuela San Francisco, Moreno y Perú al ver el interés de los niños donó unos textos, el bibliotecario sería el Japo por su ordenado obrar, así que los horizontes se ampliaron, luego aparecieron otros textos, al fin fue un tiempo de disfrute inolvidable. 
El chaval nunca aceptó leer, expresó con voz extraña como si no estuviera en el lugar. “No fui a la escuela, no sé leer, perdonen”. A los unísonos todos dijeron “no hay nada que perdonar, te vamos a enseñar”. Él sonrió con tristeza infinita contagiando la misma al grupo, como una onda de pesar nos abrumó de pronto.  
Como era obligación concurrir a la escuela les contamos a nuestros padres, estos a su vez hablaron con el tío Wadí el almacenero del barrio que conocía a todos los de la villa.  
“Me extraña –comenzó diciendo el tío– la madre del niño lleva a sus hijos a la Escuela N°7 ubicada en Brasil y Lavalle, es una mujer muy trabajadora y responsable, ejerce de enfermera. Voy a averiguar”, concluyó. 
Pasó una semana más o menos, imprevistamente se presentó en nuestra casa, una señora con ropas que exhibían su pobreza, más limpieza impecable, su cabello arreglado con un rodete, nosotros la conocíamos de vista o porque en varias oportunidades nos aplicó inyecciones de esas que se hervían delante de la víctima del pinchazo, de vidrio o cristal. Pidió hablar con mamá, sólo con ella afirmó. 
Matilde como buena socialista, gran mujer, la hizo pasar, no quería al principio por vergüenza. Nuestra madre le contestó: “Vergüenza hay que tener para robar, chamiga, adelante”. 
Se pusieron a conversar, mamá le convidó como era su costumbre al atardecer una copa de anís, con unos bizcochitos con te o mate cocido, no recuerdo. 
La señora sacó de su bolso sin advertencia alguna una fotografía en blanco y negro y le expresó: “De este niño me preguntó don Wadí, es sobre él que sus hijos y otros niños preguntan”.  
Nuestra madre nos llamó: “Observen. ¿Este es el niño que ustedes dicen?”, interrogó, sin ninguna chance. 
Los tres al unísono despachamos un sí, estábamos más que seguros. En la fotografía antigua se notaba una sonrisa hermosa y cautivadora. 
Matilde al ver el rostro de la visitante, nos ordenó que fuéramos a otro lado y no escucháramos la conversación de los mayores. 
La señora Felipa, así se llamaba se echó a llorar desconsoladamente, mamá trataba de calmarla, le trajo un vaso de agua y un Geniol. Luego de beber y tragarse la pastilla expresó: “Ese niño doña Matilde murió con la peste de la parálisis infantil, era mi hijo mayor, se llamaba Carlos, la Municipalidad con el cisco que se produjo se negó a retirar el cuerpo y darle sepultura, los vecinos escondieron a sus hijos, las funerarias directamente respondieron no, todos vivíamos asustados. ¿Se acuerda usted las bolsitas de alcanfor que colgaban de sus pechos en bolsitas de tela? A él no le sirvió. Lo velamos solos, mi esposo y yo, doña Margarita la curandera fue la encargada de rezar la novena, nosotros no dijimos nada. Mi esposo hombre trabajador cavó en la parte del fondo del rancho una tumba, envolvió el cadáver con una sábana como mortaja, echó cal viva en el lugar colocó el cuerpo, lo tapó con cal, la tierra vino después. Juntos le hicimos una cruz de madera dura que aún se encuentra en el lugar señalando su sueño hasta el fin de los tiempos”. 
Mamá la miraba con los ojos llenos de lágrimas, no podía creen tanta inhumanidad. -¿Doña Felipa, cómo podemos ayudarla, comprendemos su dolor? -Doña Matilde, no sé, sólo le pido que cuando aparece, yo también lo veo siempre, que lo reciban como hasta ahora, no hace daño ni pretende asustar, no encuentra su camino, sólo que lo dejen estar. Dice ñá Margarita que va encontrar su camino y él les va avisar. 
Concluida la conversación Matilde acompañó hasta la portada a Felipa, se despidieron no sin antes pedirle permiso para visitar la tumba, lo que fue concedido. Pasaron dos días, cuando mamá, papá, el tío Wadí, 
Cambá, Tía Ana (esposa de Wadí) y otros fuimos a lo de Felipa, llevamos comida, bebidas, silletas era un domingo placentero, se sorprendió la señora Felipa, entramos por los callejones sinuosos de la Villa, los vecinos sorprendidos vieron pasar la delegación. El humilde rancho rodeado de pequeñas zanjas de aguas servidas no nos sorprendía, los teníamos frente a nuestras casas. Felipa puso una mesa de sauce frente al alero del rancho de barro y paja.  
La reunión fue animada, observamos la tumba del joven, cado uno con un cirio, lo colocó sobre una madera utilizada al efecto, los huraños vecinos comenzaron a acercarse, algunos lloraban, otros ocultaban sus rostros de vergüenza. Tía Ana y mamá, conocedoras de estos asuntos rezaron oraciones a los muertos, para ayudar al difunto a cruzar el portal, poco a poco aparecieron cirios entre el alambrado pobre que rodeaba el rancho, los arrepentidos rezaban oraciones que la tarde fue consumiendo en la oscuridad. La jornada terminó cuando el esposo de Felipa, nos guió con una linterna de cuatro elementos, esta vez fuimos nosotros los que le visitamos a Carlos. 
Narra Felipa que días después Carlos se presentó para decirle adiós. “Gracias mamá por lo que hiciste, me iluminaste el camino como la linterna de papá. Dale saludo a los chicos, los quiero”. La voz espectral terminó apabullando a los padres y hermanos, se diluyó para siempre dejando una luminosidad que se apagó lentamente. 
El espectro doliente partió a su destino final, el portal se abrió. 
El cuerpo, con la colaboración de todos los vecinos, fue enterrado en el cementerio San Juan Bautista en un terreno municipal cedido por la misma, nunca pidieron disculpas los que debieron intervenir desde el Estado, lo hicieron los vecinos como se ha visto, algunos con carga de conciencia muy pesada que les recuerda la cobardía, falta de solidaridad y empatía, el miedo nubló sus conciencias, al grito de sálvese quien pueda hasta el más valiente suele arrugar.  
Nunca olvidamos al espíritu del niño que compartió con nosotros la agrupación del Cine Graf, las lecturas, algunas jugadas de ajedrez al atardecer bajo el tristón rayo de luz de la esquina arrabalera, de un barrio periférico olvidado por gobernantes que sólo aparecían cuando necesitaban votos. ¿Cosa de fantasmas no?

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