✒️ | Hace un año escribí la primer nota de opinión sobre neurociencia y como nace la necesidad de un disciplina correcta que deberá regularse.
Durante mucho tiempo creímos que la frontera de los derechos humanos estaba en el cuerpo: la tortura, la censura, la represión, la prisión arbitraria. Hoy esa frontera se ha desplazado hacia un territorio más profundo y silencioso: el cerebro humano. Allí donde nacen las emociones, se forman las decisiones, se construye la ilusión y la esperanza .
La neurociencia demostró algo decisivo para la política contemporánea: no decidimos solo con la razón. El cerebro funciona como un sistema integrado donde las emociones cumplen un rol central en la toma de decisiones. Miedo, enojo, pertenencia, deseo y recompensa preceden muchas veces a la reflexión racional. Rodolfo Llinás lo explicó con claridad: la conciencia y la voluntad no son entidades abstractas, sino el resultado de complejas dinámicas neuronales que operan, en gran medida, fuera del control consciente.
Este conocimiento, en sí mismo, no es negativo. El problema aparece cuando la neurociencia se combina con big data, inteligencia artificial y plataformas digitales masivas, y entra de lleno en el campo del poder. Allí ya no se trata de comprender cómo decidimos, sino de orientar esas decisiones.
Giuliano da Empoli lo describe con crudeza en su libro El ingeniero del caos. El Brexit fue un punto de inflexión, no se ganó con un mensaje político único ni con un debate racional, sino mediante una ingeniería emocional segmentada. A partir de datos extraídos de redes sociales, se construyeron perfiles psicológicos de millones de ciudadanos y se los bombardeó con mensajes distintos según sus miedos, resentimientos o ansiedades. No hubo un solo Brexit: hubo miles, diseñados a medida de cada cerebro.
Da Empoli advierte que el votante creyó decidir libremente, cuando en realidad lo hizo dentro de una arquitectura cognitiva previamente diseñada. No se prohibieron ideas ni se impuso censura. Se administraron emociones. El libre albedrío no fue eliminado, pero sí condicionado de manera invisible.
Estados Unidos y China muestran dos caminos distintos hacia un mismo riesgo. En el modelo estadounidense, el mercado algorítmico utiliza datos conductuales y emocionales para diseñar mensajes políticos hiperpersonalizados. No se obliga ni se prohíbe, se configura el entorno emocional para que ciertas opciones aparezcan como naturales y otras como impensables. El ciudadano vota, pero lo hace dentro de un marco cognitivo inducido por plataformas privadas sin control democrático.
China, en cambio, integra neurociencia, inteligencia artificial y vigilancia estatal en un modelo explícito de control social. Allí el objetivo no es persuadir, sino moldear conductas y emociones. Sistemas de monitoreo y puntuación social buscan producir ciudadanos previsibles, adaptados a los fines del poder. En un caso, la manipulación es privada; en el otro, estatal. El resultado converge: la captura de la voluntad.
Aquí surge una pregunta incómoda para los sistemas democráticos : ¿qué valor tiene el voto si la formación de la voluntad está condicionada por estímulos emocionales diseñados desde el poder? La democracia no es solo el acto de votar, sino la libertad real de decidir.
Frente a este escenario emerge una nueva disciplina jurídica: el neuroderecho. No busca frenar la ciencia, sino crear reglas que pongan límites constitucionales al uso del conocimiento sobre el cerebro. Así como el derecho del siglo XX respondió a los abusos del poder físico, el derecho del siglo XXI debe responder a los abusos del poder cognitivo.
Juristas como Marcello Ienca y Roberto Andorno proponen reconocer nuevos derechos fundamentales: la libertad cognitiva, la privacidad mental, la integridad psíquica y el derecho a no ser manipulado neurotecnológicamente. Chile fue pionero al incorporar estos principios en su Constitución, anticipando un debate que el resto del mundo aún posterga.
La cuestión es de fondo: sin libertad interior no hay ciudadanía libre. Manipular emociones sin conciencia no es persuasión legítima; es una forma moderna de dominación. Como advierte Da Empoli, el mayor peligro no es el autoritarismo clásico, sino un poder que gobierna sin mostrarse, que no ordena ni reprime, sino que induce.
El desafío del siglo XXI será evitar que la neurociencia, aliada con la tecnología y el poder, se desnaturalice y se convierta en un instrumento de control invisible incompatible con principios de respeto a la libertad. Porque cuando el cerebro deja de ser un ámbito protegido, la democracia se vacía desde adentro, aunque conserve sus rituales externos.
La defensa de la libertad ya no se juega solo en las calles o en los tribunales. Se juega, cada vez más, en la intimidad de la mente.
Noel Breard - Presidente de la Comisión de DDHH del Senado de Corrientes.