“Hay un solo límite a mis poderes globales: mi propia moralidad, mi propia mente. Es lo único que puede, detenerme. No necesito el derecho internacional.”
Donald Trump, entrevista de The New York Times
Si meditáramos pacientemente acerca de la actualidad en geopolítica global, seguramente estaríamos de acuerdo con que el mundo está retrocediendo aceleradamente a épocas pasadas dónde la ley del más fuerte se imponía a los países débiles.
El mundo bipolar de la guerra fría, dónde los países se alineaban con Estados Unidos o la Unión Soviética, arsenal nuclear mediante, parece volver en forma tripartita con China como nuevo y poderoso actor.
Digo más. Tanto es el retroceso geopolítico conceptual que el sistema actual, aún con muchas falencias y subes y bajas, está siendo decididamente reemplazado por “la ley del más fuerte”, que comienza a imponerse a cara descubierta y con lenguaje explícito.
No es casualidad la estratégica posición de “medias tintas” de Rusia y China, ante la operación militar de Estados Unidos en Venezuela.
Es que pareciera, existe un acuerdo “sotto voce” entre el zar Vladimir Putin y su pretensión de anexar Ucrania a la “madre Rusia” y Donald Trump con su avance sobre Latinoamérica, a la que considera su “patio trasero”. Para cada potencia, su zona de influencia, y todos callados y contentos.
“El nuevo orden mundial privilegia la fuerza sobre el derecho internacional, debilita alianzas y premia la obediencia incondicional”.
El mundo asiste a una mutación acelerada del sistema internacional. No es una transición negociada ni el fruto de consensos multilaterales, sino un proceso impuesto a golpes, donde la fuerza vuelve a ocupar el centro de la escena.
Donald Trump encarna esa lógica con una claridad brutal: su política exterior no disimula el retorno del imperialismo descarnado, guiado por el ego, el narcisismo y la convicción de que el poder no necesita justificación moral cuando se ejerce sin resistencia.
Latinoamérica aparece como formando parte del hemisferio del que Trump se siente dueño y con derecho a imponer sus políticas a como dé lugar, con el sólo límite de “su” moralidad (¿cuál?). En Venezuela quedó demostrado.
En ese contexto, se alinean detrás del republicano nueve gobiernos americanos: Nasry Asfura en Honduras, José Antonio Kast en Chile, Rodrigo Paz en Bolivia, Nayib Bukele de El Salvador, José Raúl Mulino de Panamá, Daniel Noboa de Eduador, José Jerí de Perú y Santiago Peña de Paraguay. Obviamente, también Javier Milei de Argentina.
El libertario aspira a constituirse en el capataz de ese noneto. Su adhesión canina a Trump, su admiración, su incondicionalidad, lo hacen propicio para constituirse en “primus inter pares” en el conjunto de aduladores.
La Argentina, lejos de mantener una posición prudente o autónoma, optó por un realineamiento incondicional. Javier Milei no solo expresó su respaldo a Trump, sino que abrazó su cosmovisión del mundo como un mercado jerárquico, donde los fuertes imponen reglas y los débiles deben adaptarse.
“Javier Milei aspira a ser primus inter pares entre los nueve países americanos que apoyan la política de Donald Trump. Méritos no le faltan: obediencia a ciegas, admiración celebratoria y una común cosmovisión”.
Ese alineamiento no es estratégico: es ideológico y, por momentos, celebratorio. En nombre de un supuesto pragmatismo, la política exterior argentina resigna márgenes de soberanía simbólica y material, aceptando un rol subordinado en un tablero que no controla.
Quiénes intentan mantener cierta independencia, los casos de México y Colombia por ejemplo, ya fueron “avisados” por el nuevo estilo diplomático, en el que la lógica es la amenaza. Sheinbaum y Petro hicieron una retirada estratégica, ante la conciencia de estar verdaderamente en peligro. Lula, con gran muñeca, pretende mantener cierta independencia, sin ha
El mensaje es claro: la cooperación se exige, no se negocia. La diplomacia es reemplazada por el ultimátum, y la política exterior se reduce a una relación de mando y obediencia. En ese contexto, los Estados que resisten son señalados como obstáculos; los que aplauden, premiados.
El nuevo orden no se limita a América Latina. Groenlandia revela otra dimensión del nuevo orden: la reapropiación territorial como instrumento de poder global. Comprar -o forzar la cesión- de un territorio estratégico en el Ártico no es una excentricidad, sino una jugada central en la disputa por recursos, rutas comerciales y control militar, en un mundo que se recalienta tanto en lo climático como en lo geopolítico.
“El nuevo orden global que se está instalando en el mundo, dónde los realineamientos significan la sumisión del débil al fuerte, someten al orbe a tensiones propias de un tiempo de preguerra”
Esta lógica erosiona incluso las alianzas tradicionales. Las disidencias de Trump con la OTAN no responden a una vocación pacifista, sino a una concepción transaccional de la seguridad: quien no paga, no merece protección. El multilateralismo defensivo cede frente a una visión empresarial de la guerra y la paz, donde los compromisos colectivos son vistos como lastres y no como garantías de estabilidad.
Igualmente, Trump no abandona la condición estadunidense de gendarme global. Está a un “tris” de intervenir directamente en las masacres que la dictadura teocrática de los Ayatollah están produciendo en Irán.
El nuevo orden global que emerge no se parece al mundo de reglas imperfectas surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Es un sistema más rudo, más vertical y menos previsible, donde el derecho internacional pierde peso frente a la correlación de fuerzas. Las instituciones multilaterales sobreviven, pero debilitadas; las normas existen, pero se aplican selectivamente. En ese contexto, los liderazgos ególatras prosperan, porque ofrecen certezas simples en un mundo complejo: mando, obediencia y castigo.
En este nuevo capítulo de la historia, la soberanía de los pueblos -y con ella la dignidad política de los Estados- corre el riesgo de convertirse en moneda de cambio de ambiciones desmedidas y egos desatados.
El mundo que imaginamos como plaza de intercambios y cooperación se parece cada vez más a un tablero donde los golpes de martillo definen alianzas, fronteras y prioridades.